Víctor Flores Olea
Una vieja relación con Nueva York, de fascinación y hechizo, ha ido quedando registrada, desde hace años, en una abundante serie fotográfica, algunas de cuyas imágenes son presentadas ahora en Proceso gracias a la generosidad de sus directivos. Si, precisamente ahora la mítica “Gran Manzana” ha quedado herida en uno de sus perfiles paradigmáticos.
¿Pero qué digo? No, la abrumadora fuerza de esa ciudad no reside sólo en la grandeza y dimensión de su estructura monumental –ahora disminuida en dos de sus prototipos gemelos-, sino en la intensidad del paisaje humano, en la riquísima variedad de sus acciones y omisiones, en el torrente también de su vida cultural. Las perlas y los diamantes junto a la miseria y el abandono, como podía esperarse, en una mezcla inagotable, en la Gran Urbe del siglo XX, al menos en su segunda mitad. Es la ciudad hoy, al iniciarse el milenio, posiblemente más intensa del mundo. Salvo que esa intensidad se ve cruzada ahora también por el dolor y la tragedia.
Ciudad cosmopolita en la que han desaparecido compatriotas nuestros y hombres y mujeres provenientes de todos los rincones del mundo, que se aventuraron en ese espacio buscando la realización de sus sueños. Fotografías que quieren expresar el azoro ante el brío de la gran ciudad y que hoy desean ser un mínimo homenaje a los caídos.
Y una muestra de sentida solidaridad a todos los amigos y no amigos de la urbe que han sufrido y sufren por la bárbara adversidad que se abatió sobre ellos.
La fotografía: testimonios del instante. Pero ayuda también de la memoria y aguijón de la vid pasada que se actualiza y vuelve a ser. Muestrario de una existencia que no volverá pero que nos habla de la vida que se abre en sus mil posibilidades futuras, como una flor que no se acaba ni se marchitará jamás. Fotografías que son apenas un indicio pálido del vigor y del caudal inagotable de la imaginación de la especie.








