En los últimos días, los periódicos se han llenado de noticias sobre el aumento de los mexicanos que regresan a su país. El gobierno habla de que el número se ha triplicado y otros dan la cifra de 130 mil. Algunos gobernadores se han manifestado y sobre el fenómeno mostrando preocupación. En Puebla, Jalisco, Oaxaca, Michoacán, las organizaciones campesinas piden ayuda para hacer frente a la contingencia y en Nueva York, la organización local Tepeyac ha pedido ya ayuda al presidente Fox para las connacionales que deseen regresar, mientras Xóchitl Gálvez viaja a la misma ciudad para hacer un diagnóstico sobre la situación de los migrantes indígenas que han expresado su deseo de retornar a sus lugares de origen.
Hasta ahora se han aducido a dos causas: el miedo a nuevos atentados y la resistencia a ser movilizados para ir a pelear en la guerra que se inicia en Afganistán. Pero hay otras, más profundas y duraderas que están actuando ya: la crisis económica, el desempleo, el aumento de la discriminación y el cierre de las fronteras. El número de los desocupados en Estados Unidos alcanza ya los 5 millones y si la economía no se repone el año próximo, es probable que aumente. Entonces, debemos prepararnos al regreso de varios cientos de miles de compatriotas a un país que se encuentra también asolado por la recesión y el desempleo.
Existe un antecedente poco conocido que vale la pena recordar en estos momentos. Entre 1929 y 1939, regresaron a su patria 1 millón de mexicanos. La gran depresión que hizo estragos en toda la población trabajadora, fue particularmente cruel con los inmigrantes mexicanos. La crisis en la agricultura y en la metalurgia así como la quiebra masiva de pequeños negocios de servicios hizo estragos entre nuestros compatriotas. Además fue acompañada de una persistente campaña de discriminación y hostigamiento. Familias enteras, frecuentemente con hijos nacidos en el país del norte, se vieron obligados a emprender el camino de vuelta, en medio de grades presiones y dificultades. Los afectados no sólo eran inmigrantes recientes, sino también personas que habían residido muchos años o incluso varias generaciones en ese país.
Como prueba del carácter utilitario de la política migratoria de nuestro vecino del norte, cuando se inició la Segunda Guerra Mundial, las puertas de Estados Unidos volvieron a abrirse a los trabajadores mexicanos, pero para aquel entonces, muchos de los expulsados no estaban ya en condiciones de regresar. Así se creó en México el problema de los repatriados.
La historia de ese gran éxodo apenas está comenzando a ser estudiada. Recientemente se presentó la tesis de Fernando Raúl Alanis Encizo, El gobierno de México y la repatriación de los mexicanos de los Estados Unidos (1934-1940), que puede ser un buen inicio para el lector interesado.
Algunos meses después del crack de Wall Street, un octubre de 1929, comenzaron ya a notarse movimientos en inusitados en la frontera. Algunos cónsules estadunidenses reportaron la presencia de numerosas familias mexicanas que se dirigían hacia la frontera con sus pertenencias y vehículos. Ya antes de esa fecha, se habían tomado medidas para frenar la entrada desde México y el clima antimexicano estaba en ascenso. Los más previsores iniciaron el regreso desde los primeros meses de la crisis y fueron los que lo hicieron en las mejores condiciones. Frustrados en sus deseos de un buen empleo y sus esperanzas de un futuro mejor, emprendieron el camino del retorno en medio de la indiferencia de los medios y la opinión pública de ambos lados.
Ya en diciembre de ese año, uno 5 mil mexicanos de Texas se reunieron para regresar a su país en caravana. Un año después, varios cónsules reportan que el número de mexicanos que se dirigían hacia el sur aumentaba rápidamente, pero que evitaban registrarse en sus consulados, probablemente porque carecían de papeles y estos tenían un costo. Casi todos habían estado desocupados varios meses y no veían mejoría en el futuro. Para aquellos que no tomaron ese camino, la situación empeoró rápidamente. El gobierno de Estados Unidos inició una vigorosa campaña contra los inmigrantes ilegales, especialmente los de origen mexicano. William Doak, secretario de Trabajo del gobierno de Hoover, propuso expulsar a unos 100 mil extranjeros para crear trabajos para los desocupados estadunidenses. Una intensa campaña de prensa acompañó las operaciones de los agentes de migración. Algunas voces de protesta se hicieron oír, pero fueron ahogadas por el creciente racismo de la opinión pública. En los sectores afectados por la crisis, la idea de que la desocupación tenía como causa la proliferación de extranjeros cundió y se mantuvo durante toda la duración de la depresión, justificando abusos y ejecuciones sin número.
Algunos estadunidenses adinerados pusieron en marcha programas de beneficencia para pagar los gastos del viaje a los mexicanos que estuvieran de acuerdo a repatriarse voluntariamente. Se organizaron trenes especiales y en 1931, en California, 10 mil personas se acogieron a uno de esos programas.
En los consulados mexicanos, se acumularon las solicitudes de ayuda. Algunos funcionarios enviaron a la Secretaría de Relaciones Exteriores voluminosos informes sobre la situación de los mexicanos en vías de retorno. Otros presionaron a las compañías estadunidenses para que cumplieran las cláusulas de expatriación contenidas en los contratos y otras más los convencieron para que proporcionaran ayuda aun cuando esos compromisos no existieran.
Uno de los signos de la gran diferencia que existían en la situación de los dos países fue la política de los gobiernos mexicanos, sobre todo el de Lázaro Cárdenas. Como se sabe, la depresión estadunidense sirvió más bien para estimular la economía mexicana que ya desde 1932 se encontraba en evidente despegue. La Secretaría de Hacienda amplió los permisos de importación para que los repatriados pudiera introducir sus vehículos, instrumentos de trabajo e incluso sus casas móviles. A mediados de 1931, Pascual Ortiz Rubio propuso a los mexicanos residentes en Estados Unidos regresar a la patria para reconstruir los daños de la guerra civil y colonizar las fértiles regiones despobladas. Para facilitar el proceso, suprimió los gastos de documentación en los consulados, asestando un golpe al coyotaje que estaba en su apogeo. La posición del gobierno de Cárdenas fue de cordial bienvenida y acabó por definirse en proyectos modestos pero efectivos que comenzaron a ponerse en marcha sobre todo a partir de 1938. Con una población de 20 millones de habitantes, se esperaba que el regreso de personas que habían vivido y trabajado en el país más desarrollado del mundo, no podía menos impulsar la industria y la formación de una nueva clase media.
Se propuso crear para ellos colonias, dotarlas de créditos y semillas y eximirlas de impuestos durante los primeros años. La Comisión Nacional de Irrigación publicó un extenso documento en el cual se establecían con gran detalle los derechos y condiciones de los futuros colonizadores y en Estados Unidos comenzaron a formarse asociaciones de futuros colonos que buscaron financiamiento para organizar su repatriación. Los hechos rara vez estuvieron a la altura de los estudios y las promesas, pero el impacto de los repatriados en la sociedad mexicana de aquel entonces fue profunda.
Cuando hacia 1938 y después de realizar varios estudios, el gobierno cardenista lanzó abiertamente su campaña de repatriación, las reacciones fueron diversas. Algunos periódicos intentaron minimizar el problema y llegaron incluso a sostener que se trataba de algunos cientos de personas. Otros argumentaron que el país no tenía por qué auxiliarlos ya que se habían ido por su propia voluntad y hubo quien sostuvo que la retórica del gobierno sobre ese tema era pura demagogia, puesto que no habían hechos que la sustentaran. Salvador Novo, acerbo crítico del cardenismo, llegó incluso a sostener que el plan de nada servía ya que la primera oportunidad los repatriados se apresurarían a buscar la manera de volver a cruzar el río que preferían llamar Grande a llamar Bravo”.
La situación es ahora muy diferente. No es probable que el éxodo adquiera las proporciones de hace 70 años, pero sin duda será cuantioso. A diferencia de lo que sucedía entonces, la economía mexicana está férreamente ligada a la de Estados Unidos y se encuentra en una recesión igual o peor que la de sus vecinos. Y, sin embargo, ahora como entonces, México deberá hacer frente al problema de los repatriados.
El gobierno ha comenzado a hacer promesas. El presidente Fox dijo que haría a cada mexicano que desee regresar “un traje a su medida”. Pero no se ve aún una toma de posición clara sobre las medidas que se piensan adoptar para enfrentar el reto.








