A José Antonio Alcaraz y a Porfirio Miranda, in memoriam
La guerra que, desde los atentados terroristas del 11 de septiembre se ha desatado sobre Afganistán, ha sido vista por algunos analistas políticos como el choque de dos civilizaciones.
Esto, en cierta forma es verdad, Nos enfrentamos a la Huecha entre la civilización de la técnica y la civilización de la tradición. Sin embargo, debajo de ella se pueden percibir la rearticulación de formas de totalitarismo que parecían haberse extinguido con la desaparición del fascismo y del comunismo. Trataré de aproximarme a ellas.
Desde su nacimiento en Occidente, el liberalismo ha tenido un doble rostro: el económico, que nació a finales del siglo XVIII con los economistas burgueses y la revolución industrial; y el político, que nació con la revolución de 1789, el Contrato Social y el asesinato, en 1793, de Luis XVI bajo la cuchilla de la guillotina.
A partir de entonces, la sociedad occidental fundó la prosperidad del bien común en los intereses egoístas de los hombres que buscan su propio bien y en la voluntad general expresada en gobiernos representativos que permiten la libertad y la igualdad de oportunidades dentro de ese nuevo mundo económico.
En apariencia, este doble rostro del liberalismo le ha parecido a los occidentales la encarnación de la realidad real de la humanidad: la soberanía popular, basada en las democracias representativas, y la “mano invisible” de la economía, se han presentado desde su aparición como el movimiento de una lógica de la razón y de al naturaleza que, libre de Dios y de la teocracia de los reyes, fundaría la prosperidad.
Fue evidente, sin embargo, que desde la aparición de esta nueva religión, hija degenerada del cristianismo, las cosas no se compusieron. El nuevo evangelio de la libertad y la razón fundó una época de terrible tiranía; bajo la diosa economía, un pueblo de míseros, desposeídos de sus formas tradicionales de producción y de vida, gemía oprimido por la explotación de las industrias; bajo el triunfo de los ideales revolucionarios, el pueblo, liberado de la presión de la realeza, quedó sometido a los principios policiacos de un Estado convertido en Leviatán soberano y salvaguardado por el terror y la guillotina.
La justicia, la razón y la verdad, no se habían encarnado, brillaban aún fijas en el cielo económico y jacobino. Eran todavía puntos de referencia.
El pensamiento alemán del siglo XIX, en particular Hegel, intentó continuar la obra nacida en el siglo XVIII suprimiendo las causas de su fracaso. Hegel, refiriéndose a la Revolución Francesa, discernió que el terror estaba contenido anticipadamente en las abstracciones de los principios jacobinos. Una libertad absoluta y abstracta sólo puede desembocar en el terrorismo: todo partido del derecho absoluto termina por coincidir con el de la opresión. Para sobrepasar esta contradicción era preciso querer una sociedad concreta vivificada por un principio en el que la libertad estuviese conciliada con la necesidad. Hegel y el pensamiento alemán terminaron así por sustituir la razón universal, pero abstracta, pero también más ambigua: lo universal concreto que es la historia. “La razón, hasta aquí –escribe Albert Camus-, planeaba sobre los fenómenos que se referían a ella. Hela aquí de ahora en adelante incorporada al río de los acontecimientos históricos, a los cuales ella ilumina, al mismo tiempo que ellos le dan”: la justicia, la igualdad, la verdad, se encarnarían en el porvenir.
Por mucho tiempo, gracias al fascismo y al comunismo que se desprendieron de la interpretación de Hegel y que, de alguna forma incurrieron en el mismo error en el que incurrió el régimen que emanó de la Revolución Francesa, se pensó que el liberalismo en su expresión capitalista era la antítesis de lo que yo llamó los liberalismos totalitarios. No era así. La lógica liberal y económica, tocada por los principios hegelianos es, como lo he tratado de mostrar en algunos de mis artículos, expansiva y destructora de la naturaleza y de las diversidades culturales. Hija de la Razón universal, del desarrollo de la técnica y de la “mano invisible”, no conoce el límite. Su lógica es la de la libertad sin puntos de referencia y la de la destrucción y la producción sin límites que se expresa lo mismo en la Shoah que en Hiroshima y Nagasaki, en los gulag que en los regímenes militares latinoamericanos, en el desarrollo industrial y la colonización que en la producción artificial de tipos humanos mediante la clonación y la manipulación genética; lo mismo en MacDonald’s que en la producción de armas químicas y biológicas (la caída del muro de Berlín, de la Unión Soviética y de los regímenes del este; y el desarrollo del capitalismo en su fase neoliberal y globalizadora, han hecho cada vez más evidente este rostro totalitario que los análisis de Jacques Ellul y de Iván Illich había ya desenmascarado).
Ya desde el siglo XIX, su lógica estaba desencadenada. El mundo de la libertad, de la razón Universal, de la técnica y del Mercado, en nombre de la “civilización”, había penetrado el mundo islámico. Ese mundo no era entonces los Estados nacionales que hoy conocemos, sino una pluralidad de tribus de profundas culturas arraigados en las enseñanzas del Profeta y con medios de producción propios. El proceso civilizador, no sólo empezó la destrucción de sus formas ancestrales de producción, sino que comenzó a minar sus bases culturales que generaron un nacionalismo árabe que se articuló en los Estados que hoy conocemos: un mundo híbrido al mismo tiempo occidental e islámico, bajo el cual grupos radicales, que retomaban los elementos más superficiales del Islam para exacerbar el nacionalismo árabe y construir una teocracia islámica, emergían.
Hasta antes de la Segunda Guerra, aquellos grupos no representaban una gran fuerza. Soterrados bajo el híbrido nacionalismo árabe, comenzaban, sin embargo, como lo hicieron los anarquistas rusos del XIX antes de la Revolución de Octubre, a invadir el alma del pueblo. Con el fin de la Segunda Guerra mundial, la creación del Estado de Israel y, finalmente, con la caída del muro de Berlín, globalización y la expansión salvaje del mundo liberal, estos grupos se convirtieron en un bastión fundamental de la defensa del mundo islámico tradicional. Frente al totalitarismo de rostro afable del mundo liberal, estos grupos, que tenían sus antecedentes en los snussistas de la Argelia de finales del siglo XIX y principios del XX, logaron, con los talibanes, concentrarse y generar un fundamentalismo teocrático o, para hablar en términos modernos, un totalitarismo de rostro duro, arraigado en las partes más brutales y menos frinas de su tradición. Delante de un mundo sin rostro, cuya lógica es la expansión sus límites, ajena a cualquier moral la tradición islámica, que se siente inerme y desprotegida, ha respondido con la dureza del fundamentalismo. Pues un totalitarismo expansivo, como el que ha generado el mundo liberal, que no deja vivir lo vernáculo, engendra el horror de lo despótico.
Nos encontramos así frente a la corrupción de dos grandes tradiciones: la cristiana y la islámica, frente a sus rostros totalitarios y malignos. Cualquiera que sea el vocablo con el que queramos designar esta guerra, estos mundos que se enfrentan son excreencias del cristianismo y el islamismo. En tanto deben su existencia a la revelación de sus respectivas tradiciones son, por decirlo así, su complemento invertido, el negativo de los dones divinos o, en otras palabras, lo demoniaco y, por lo mismo, son absolutamente refractarios a la crítica filosófica y ética. Delante de la Shoah, de Hiroshima y Nagasaki, del uso de armas químicas y biológicas, de la manipulación genética; delante de la destrucción de los budas de la compasión, de los actos terroristas del 11 de septiembre, de la humillación de lo femenino del mundo talibán, de la respuesta armada de Estados Unidos y del mundo liberal, de la construcción tecnológica de un universo virtual y ajeno a los límites no se puede discutir con argumentos éticos. Cualquier investigación enguanto a lo justo o a lo injusto, al bien o al mal que hay en todo esto banaliza el estatuto del horror indecible.
Estamos frente al Mal puro. Frente a la búsqueda del parecer absoluto. De la conquista del prestigio universal y del poder que sólo se cumple con el exterminio del otro. Estamos, pues, ante tiempos apocalípticos en los que el mundo, como lo dice el poema de Los hombres huecos de Eliot, se va acabando, “no con una explosión, sino con un gemido”.
Frente al horror del Mal sólo encuentro como respuesta los gestos magníficos, imperceptibles y, en medio del desastre, aparentemente ineficientes de la fe, la esperanza y la caridad. Una anécdota de Lutero lo sintetiza muy bien.
Se cuenta que un día el padre de la Reforma caminaba por el jardín llevando un árbol. Al verlo, un discípulo lo detuvo: “¿A dónde vas, padre Martín?” “Voy a sembrar este árbol”, respondió Lutero. “Dime una cosa, si en este momento apareciera el Ángel del Señor y te dijera que en unos minutos sobrevendría el fin del mundo, ¿qué harías?”. Lutero miró con ternura a su discípulo y respondió: “Sembraría el árbol”.
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés y liberar a los zapatistas presos.








