La censura y el miedo

Enrique Maza

Los medios de comunicación de Estados Unidos han ido logrando, extendiendo y completando, lo que no ha podido hacer por sí solo su poderío político y económico. La exportación de películas y de equipos de defensa constituye una de las grandes ganancias en su economía y uno de los grandes soportes en su política internacional. Se concibe a los medios como un poder. A través de ellos se afirma y se reafirma y se maquina la superioridad cultural, y se extienden los argumentos políticos. Con ellos se triunfa sobre oponentes y enemigos o se les niega la existencia con sólo excluirlos o negarles el acceso. De ahí que los medios se hayan convertido en una de las armas más importantes de las guerras de Estados Unidos. De ahí también la censura que el presidente Bush ha impuesto a los medios, con el más puro estilo de las dictaduras, en el país que había estado orgulloso de su intocable  libertad de expresión y de prensa.

La libertad de los medios ha ido cambiando poco a poco en Estados Unidos. Ya no depende de los comunicadores o de los periodistas. Ya no se trata de la calidad del periodista, sino de la calidad de las ganancias. El control de los medios de comunicación se concentra cada vez mas en las corporaciones gigantes que los han ido comprando, a las que les importa el dinero, no las noticias. De ahí la facilidad con que los medios se sometieron a la censura de Bush. Las administraciones corporativas hay cambiando el sentido de la información y de la noticia, convertidas en productos enlatados como sopas Campbell. Se rompe el diálogo de la democracia en la tierra que se dice bastión de la libertad de prensa.

La Suprema Corte de Florida: “El derecho del público a conocer todos los aspectos de una controversia y, a partir de esa información, hacer una elección ilustrada, se está poniendo en peligro por la creciente concentración de la propiedad de los medios masivos en menos y menos manos, de lo que resulta una forma de censura privada”. Que hoy, además, se somete sumisamente a la censura pública. Como dijo Carl Berstein del Washington Post, se está formando una “nueva cultura de cosquillas periodísticas” y se está “enseñando a los lectores, radioescuchas y televidentes que lo significativo es lo trivial y que lo sensacionalista y lo estúpido son más importantes que las verdaderas noticias”. Ahora, con la guerra, lo importante es no estar informado, para que no se pongan obstáculos a la guerra, para mantener viva la dosis correcta de miedo y para que siga sin impedimentos la sacrosanta masacre.

Se vienen al recuerdo las leyes de la propaganda de Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Adolf Hitler, impuso en la Alemania nazi. Vale la pena evocar algunas que hoy se cumplen.

La propaganda debe ser planeada y ejecutada por una sola cabeza, que debe dirigir, explicar las directivas, mantener la moral de su grupo y supervisar todas las agencias, Debe lograrse un perfecto control y orientación del material que se dé a conocer. La propaganda contraria efectiva requiere acción inmediata para que no se le permita adquirir prestigio. Es mejor difundir lo propio que refutar al contrario, porque así se inmuniza a la gente contra el ataque. Para determinar si hay que usar o no la censura primero hay que mantener la credibilidad de la gente; pero es uno el que debe siempre proporcionar la información y determinar el ese terreno si se usa o no la censura. La propaganda debe crear un nivel aceptable de ansiedad. Debe alimentar la ansiedad que producen las consecuencias de posible fracaso y debe reducir las demás ansiedades. La propaganda debe disminuir el impacto de la frustración y debe analizar correctamente los deseos de agresión y desplazarlos a objetivos de antemano pensados y sugeridos. O sea, debe proporcionar chivos expiatorios.

Y se impuso la censura. Y aparece el ántrax. Y se mandan sobres con polvos blancos a todos lados, desde Nueva York y Washington hasta Boca Ratón, desde el Senado (al líder demócrata, no al republicano) hasta Detroit, desde Florida hasta la Procuraduría del Distrito Federal, desde Londres hasta la oficina del canciller alemán. Y se alimenta la ansiedad y se produce la psicosis. Pero este tipo de noticias o se censura, sólo se callan los mensajes talibanes –no vaya a ser que están cifrados- y lo que hacen el ejército y los bombardeos en Afganistán, no sea que provoquen horror y protestas internas. En cambio, las dos torres se han caído millares de veces en la pantalla de la televisión.

Son obvias las razones por las que Bush impone la censura imperial. Como son obvias también sus invocaciones a Dios, a su justicia infinita y a su combate contra el mal. Hace ya 10 siglos que, al grito de Deus lo volt, Dios lo quiere, iluminados y penitentes, reyes y comerciantes, lunáticos y pordioseros, nobles y sacerdotes, la flor y nata cristiana de la hidalguía, del misticismo y de la aventura, se lanzaron al combate contra turcos y árabes, contra el mundo de Islam, con la ambición de crear su propio feudo o de participar en la violación y en el pillaje que siguen a la victoria. Crearon reinos y principados, y acabaron miserablemente. Muchos años después de las Cruzadas, viajeros que iban al Medio Oriente veían campos llenos de huesos desparramados, de armaduras oxidadas y de jirones de ropas de aquellos nobles caballeros que fueron a matar musulmanes en el nombre de Dios. Queda un castillo de los cruzados en Jerusalén, para recordar la orgía de la muerte contra aquellos “que nos odian”.

Estamos ahora en la repetición de aquella guerra contra el odio, revestida de guerra religiosa. Pero no es una guerra de civilizaciones o de religiones. Es una guerra de mercado, al grito de Deus lo volt. Bill Clinton: Estados Unidos es la nación más grande de la tierra. Creemos en la libre empresa y en el poder de las fuerzas del mercado. Tenemos que abrir los mercados del mundo, para competir y ganar en el siglo XXI. Como dijo Berlusconi, contra “la incapacidad islámica para ser parte de la modernidad”. Como implicaron los legisladores mexicanos, contra la incapacidad de los indios de ser parte del México moderno. Es la misma lógica.

Hay que hacer la guerra para consolidar el imperio en todo el orbe terráqueo. A eso se reduce la globalización. Pero para eso hacen falta la censura y el fervor religioso, porque todo fervor religioso se nutre de la tensión necesaria entre la realidad que nos duele y el ideal que nos llama, y tiene necesidad del aguijón del mal al que hay que combatir. En consecuencia, hay que emprender la guerra para eliminar el mal y, por eso, la guerra debe llamarse santa. Sólo que toda guerra habla muchos lenguajes, que se oponen unos a otros. La guerra no sólo se pone a otros, sino que necesariamente se opone dentro de sí misma con sus voces contrarias. Hay que hacerla monolítica, centralizada, jerarquizada, para que las voces discordantes no encuentren modo de expresarse. Hay que silenciar a Bin Laden. Hay que eliminar sus mensajes, por si tienen órdenes encriptadas para sus seguidores. Y hay que silenciar las protestas de la sociedad y su posible oposición a la guerra. La lección de Vietnam no se olvida. Las voces discordantes dentro de la sociedad misma fueron un peso decisivo para darle fin a esa guerra absurda. Y vino la censura. Parcialmente impuesta por Bush padre en la guerra del Golfo; impuesta con acentos dictatoriales por Bush hijo en esta guerra. La censura es, por una parte, expresión del miedo y, por otra, necesidad de secreto para la libertad de mando. El poder siempre se esconde en el secreto.

El problema de toda guerra mesiánica es que no piensa, sólo se deja ir, pero cumple una función fundamental, porque la violencia física o espiritual es una respuesta a la angustia. Las guerras son la historia del miedo y muestran a qué grado la humanidad va creciendo en medio de sus terrores y formándose una mentalidad ambigua que es fuente de violencias. Por ejemplo, se quiere el desarrollo de la tecnología, pero se e tiene miedo, porque se sabe que algún día puede aniquilarnos; se tiene orgullo de las construcciones gigantescas, pero se teme que encierren el drama del hombre en un entorno inhumano. Y siempre tenemos que volver a la persona concreta lanzada a este mundo, en e que sufre y está sola en la agonía de su libertad. Se proclaman desde el poder las verdades absolutas del bien y del mal, pero el hombre de hoy ya no cree en una verdad espiritual, objetiva y universal que se pueda imponer como absoluta. Y se siente víctima de temores elementales, como está sucediendo en la sociedad estadunidense, angustiada por su destino personal y colectivo, en busca, ya no de la verdad, sino de valores que ya no existen porque los medios de comunicación y la sociedad del dinero los han destruido. En el último término, surge el miedo metafísico en una sociedad que reza pero que ya no cree.

La guerra no devuelve la confianza y la paz. Pero la censura impide las ansiedades inútiles, el miedo metafísico, para dejar solamente la angustia de una posible derrota del bien ante las fuerzas del mal. Esa es la angustia que el poder político puede controlar a través de la información permitida o prohibida. Es la censura para regular el miedo y encerrarlo en límites admisibles y útiles.