“¿Hay guerras justas, maestro? ¿Es lo mismo venganza que defensa propia? ¿En toda guerra hay buenos y malos (y en ésta quiénes son unos y otros)? ¿Cuándo los gobiernos hacen terrorismo quién los castiga? ¿Y podemos hacer algo nosotros por la paz?” Preguntas como éstas se están discutiendo en buena parte de las escuelas del país desde el 11 de septiembre y se han vuelto parte obligatoria del círculo. Según sus edades, alumnas y alumnos plantean sus reflexiones y buscan orientación; según sus capacidades, maestras y maestros aventuran respuestas y se cuestionan a sí mismos. Sin pretenderlo, los educandos están vivificando la rutina cotidiana de sus escuelas; sin haberlo planeado, muchos educadores están descubriendo que la guerra es oportunidad de educar para la paz.
Desde que se estableció la UNESCO en 1946 (“puesto que las guerras se generan en la mente de los hombres, es en su mente donde hay que construir los baluartes de la paz”) la antigua utopía de Comenius (1592-1670) de acabar con las guerras y la violencia mediante la educación ha estado presente en la agenda de los sistemas educativos; educar para la paz, la compresión internacional, las libertades fundamentales, los derechos humanos y la ciudadanía han sido vertientes vivas del pensamiento educativo contemporáneo; ningún currículo de educación básica es hoy ajeno a las virtudes que acompañan la construcción de la paz: la apertura al diálogo, el respeto a los demás, la tolerancia, la capacidad de resolver conflictos mediante la negociación.
Esto no obstante, la realidad no ha cambiado: en los últimos 50 años el mundo ha continuado sus guerras sin interrupción y los hechos recientes muestran que la humanidad sigue expuesta a conflictos bélicos de escala mundial. El amor a la paz quizás haya avanzado en el ámbito inocuo de las aulas escolares, pero los hombres del poder continúan dirimiendo sus conflictos por medio de las armas. Son mundos separados; ¿llegará el primero a imponerse sobre el segundo?
Pocos son los maestros en nuestro medio que se han especializado en la pedagogía de la paz, pero todos podrán aprender lo esencial, con la eficacia a que obligan las situaciones de emergencia, desentrañando las trágicas noticias de cada día; bastará que reflexionen con sus colegas sobre las inquietudes que perciben en sus alumnos, consulten los magníficos materiales producidos por la UNESCO y formulen sus conclusiones, aunque éstas sean precarias.
Las preguntas de los alumnos probablemente se refieran a los acontecimientos inmediatos que resaltan la prensa y la TV, pero pueden ser el punto de partida para trascenderlos y abordar los grandes temas sobre la guerra y la paz, indispensables en la educación contemporánea. Para estimular esta tarea avanzo aquí, en trazos sueltos de un esbozo, siete temas imprescindibles. Ninguno de ellos conduce a conclusiones simples; más bien pretenden ser ocasión para que maestros y alumnos aprendan a “manejar lo complejo” –matizar, ponderar, comprender y tratar de integrar las diversas dimensiones de los hechos-, capacidad hoy indispensable. Así desarrollarán maestros y alumnos sus propios mecanismos de prevención contra las trampas del reduccionismo lógico, del autoengaño interesado, de la propaganda ideologizada o del orgullo siempre presente.
Primero, algunas definiciones. Paz no es la ausencia de guerra o de violencia armada, sino un estado de cosas en el que se respeta la justicia y la dignidad de todos; ¿qué implica, de entrada, aceptar esta definición? Violencia no es sólo armada, también y primero la estructural donde se desata la espiral. Terrorismo requeriría algunas definiciones mínimas, antes de usar tan banalmente el término; y no es sólo el de las Torres Gemelas sino también el del otro lado, aplicado idénticamente centenares de veces. Guerra justa abre también el debate sobre concepciones éticas, jurídicas y teológicas hoy insostenibles: ¿cómo fundamentar hoy criterios para el uso justo de la violencia en las relaciones internacionales? ¿Quién es hoy el árbitro de la justicia?
Segundo: las causas de fondo de las guerras. Discutir las formas modernas, solapadas, de dominación y las políticas económicas internacionales que distribuyen injustamente los beneficios del desarrollo, excluyendo a pueblos y continentes. Las guerras se generan en ambiciones de poder y riqueza de grupos manipuladores, asumidas como destinos manifiestos; en el otro polo, la pobreza, la humillación, la amargura reprimida, la desesperación también conducen a la guerra.
Tercero: el bagaje ideológico que acompaña la promoción de las guerras. Aquí entran las representaciones colectivas del propio país y de los demás, los nacionalismos (que en Estados Unidos creíamos ya depurado tras el trauma de Vietnam), los fanatismos religiosos basados en creer que se posee la verdad absoluta, la necesidad del poderoso de crearse un enemigo, y el fácil maniqueísmo (“nosotros buenos, los demás malos”). Profundizar sobre todo en la construcción del prejuicio y en los procesos educativos para desmantelarlo.
Cuarto: el currículo escolar y sus complicidades con la cultura de la guerra. Hay que “desarmar” la historia, limpiarla de batallas y generales y revisar sus referentes culturales y su objetivo pedagógico. Y como la historia, también las ciencias sociales, la geografía, los civismos y las literaturas: no ayudan a la comprensión de la realidad total ni a la relación recíproca con las culturas y países diferentes. Por arriba de las asignaturas y más importante está el ambiente de la escuela como espacio donde se construye la convivencia entre los diversos. ¿Se fomenta ahí la vivencia ética, basada en la relación con “el otro”, espejo de mí mismo? ¿Se reconoce y se vive en la comunidad escolar el principio de igualdad fundamental de todos? ¿Se ayuda a los alumnos a experimentar la vulnerabilidad común, antídoto de la soberbia? ¿Se promueve la educación intercultural como medio para descubrir la riqueza de la diversidad? ¿Se aprenden lenguas extranjeras no para ser ejecutivos americanizados sino para abrir ventanas en los cercos de nuestro pequeño mundo? ¿Se forma la capacidad de procurar información y de procesarla críticamente? ¿Se desarrolla en los estudiantes la capacidad de interpretación?
Asunto que merece particular discusión en el orden curricular es el aprendizaje de una competitividad que logre hermanarse con la solidaridad. ¿Es la competitividad hoy de moda el nuevo discurso encubridor de la explotación? ¿Es un disfraz tranquilizador del egoísmo? ¿O hay un egoísmo necesario (y si es así qué costos tiene)?
Quinto y muy importante: la violencia-ambiente, la de la TV que evidentemente obedece a un proyecto internacional, la de los juguetes bélicos, la de algunas culturas juveniles, la de la pena de muerte. Puede creerse que la violencia no está genéticamente programada en nuestra especie (como dice el Manifiesto de Sevilla, UNESCO, 1991, p. 22), pero entonces ¿cómo depurar la agresividad humana para convertirla en iniciativa, en arrojo, en impulso a la superación?
Sexto: el papel de la información en las guerras. Análisis de las imágenes que nos llegan y de las que llegan al otro lado; la carga discursiva y justificadora de las cadenas internacionales y las nuevas censuras (que grotescamente acompañan la operación Libertad Perdurable). La acción bélica requiere legitimidad política dentro y fuera de las fronteras y la guerra se gana también conformando imaginarios y prejuicios exitosos; enseñar a los alumnos a perder la inocencia.
Séptimo y no último: los actuales instrumentos para dirimir los conflictos internacionales. Limitaciones de una ONU subordinada y tan mermada en su pretendida representatividad (“un país, un voto”) como mermada es la eficacia de la democracia electoral en la que los votos no alcanzan a afectar el poder decisorio de los grandes intereses (los de las empresas trasnacionales, agencias de información, grupos financieros, organismos como el Banco Mundial y otros); las votaciones importantes ocurren en el cabildeo secreto de los asuntos que son estratégicos para la actual estructura de poder mundial. Y una pregunta sin respuesta: ¿es teórica y prácticamente posible que el país que posee la hegemonía mundial se comporte parcialmente?
Amplia, casi imposible, se torna la agenda de la educación para la paz. Frente a ella parece ridículamente desproporcionado el trabajo hormiga de cada maestro, empeñado en que sus alumnas y alumnos tomen conciencia del destino común de la humanidad, se convenza de la necesidad de políticas internacionales que construyan la justicia entre los pueblos y se acerquen a las oscuridades terribles de la condición humana. El fin del camino está lejano, pero sólo se terminan los caminos que alguna vez se inician. Lejos de desanimarse, el maestro volverá a estas palabras de Jean Piaget: “Lo que requerimos es una nueva actitud intelectual y moral, hecha de comprensión y cooperación, que sin salir de lo relativo alcance la objetividad, relacionando entre sí los diversos puntos de vista particulares”. (L’education morale à l’école, París, Anthropos, 1997, p.85)








