Política de aparador

 Mientras se dispara el desempleo, Vicente Fox se pasea por los pasillos del Palacio Real de Madrid. Mientras se contrae la economía, el presidente intenta expandir su presencia en Europa. Mientras asciende la pobreza, el presidente pasa su tiempo codeándose con la realeza. Mientras crecen las colas en la frontera, Fox se pone el frac. Mientras aumenta la ansiedad en casa, Fox se dedica a desperdigar su energía en el extranjero. Mientras la guerra contra el terrorismo acapara la atención, Fox demuestra nuevamente que no puede evitar la distracción. Apóstol del envoltorio, el presidente se para frente al espejo enfundado en dos botas de charol. La suya es una política de aparador, de escaparate, de forma sin fondo.

El presidente parece ser una víctima frecuente del bad timing y su gira reciente es muestra fehaciente de ello. Los tiempos no están para tonterías transatlánticas y Fox debería saberlo. En el ámbito internacional, preocupa más el presente de Afganistán que el futuro de las inversiones en México.

Preocupa más la depresión de la economía mundial que el papel de México en ella. En el ámbito interno, hay problemas poderosos que requieren la atención del presidente, no su ausencia. Hay reformas  pendientes y TEMS urgentes, denuncias altisonantes y voces discordantes. En vez de atenderlas, Fox se sube al avión.

¿Acaso el presidente no lee el Financial Times? ¿Acaso no lee El País? ¿Acaso no ha cobrado conciencia de los grandes temas y los grandes problemas en Europa? ¿Acaso cree que su presencia en el Palacio de la Zarzuela contribuirá a su discusión o a su resolución? ¿Acaso está tan desconectado de la realidad –interna e internacional- que no puede calibrar cuándo quedarse y cuándo viajar? Y si era indispensable viajar, ¿por qué no hacerlo con la sobriedad que los tiempos exigen?

Los tiempos no están para cenas de gala y vestidos escotados y Rolls Royces negros. Los tiempos no están para ir a platicar con el Papa y pedirle perdón por los pecados y rogarle que conceda audiencias privadas frente a la Academia de la Lengua y tropezarse con ella. Los tiempos no están para aventar ramos y jugar a los novios. El presidente y su esposa parecen vivir envueltos en papel de aluminio, distanciados del mundo y sus avatares.

En Washington, el Capitolio está cerrado. En Nueva York, un bebé de siete meses esta infectado. En Israel, el ministro de Turismo ha sido asesinado. En Palestina, un habitante más acaba de ser baleado. En Afganistán, otro blanco ha sido bombardeado. En la frontera entre India y Pakistán, otro misil ha sido lanzado. En Indonesia, otro admirador de Bin Laden ha sido encarcelado. Estados Unidos –el socio comercial más importante de México y lugar en el cual habitan 18 millones de mexicanos- está en guerra.

¿Qué es lo que el presidente Fox y su esposa no entienden de esta oración?

Si el señor Fox y la señora Sahagún comprendieran a cabalidad lo que le está sucediendo a buena porción de la humanidad, no estarían en la portada de la revista ¡Hola!. No pasarían gran parte de su tiempo posando para las fotos y sonriendo para las cámaras. Entenderían el clima de ansiedad que se respira y el temor que prevalece. Viajarían a Europa  con discreción y se ocuparían tan sólo del objetivo crucial de promover la inversión. No harían bromas sobre las botas de charol ni se ufanarían de usarlas. Volarían a Shangai por motivos de trabajo en vez de visitar ciudades europeas para complacerse a sí mismos y a su entorno. Se comportarían como líderes de un país con dignidad en vez de personajes aparentemente más preocupados por alimentar su vanidad.

México, sin duda, tiene un papel qué jugar en el ámbito internacional. Y por ello, debe cuidar sus bonos y cómo los usa. Debe cuidar su imagen y procurar que camine al compás de los tiempos. Dada la coyuntura  crítica, el presidente no debe viajar para socializar y comer y bailar y platicar y posar. Debe hacerlo tan sólo para cumplir metas claramente trazadas y alcanzar objetivos claramente definidos. La gira a Europa –tal y como se dio, tal y cómo se cubrió- no reúne esos requisitos. Parece un viaje ideado para lucir un nuevo guardarropa y conocer a los reyes. Más que un viaje de Estado formal, parece una luna de miel personal.

Durante la gira, el presidente habla de la mano de obra mexicana, pero el gobierno mexicano no se ha ocupado de los miles de inmigrantes que han perdido el trabajo en Estados Unidos. Durante la gira, Fox habla de la posición privilegiada de México gracias al TLC, pero el gobierno mexicano no ha sabido cómo responder a la cerrazón de la frontera y a su impacto económico en ambos lados de ella. Durante la gira, la señora Sahagún estrena vestidos caros de manera cotidiana, pero el gobierno mexicano se ha rehusado a entregar cheques a las familias de los mexicanos enterrados bajo escombros del World Trade Center. ¿Dónde quedó el autoproclamado “presidente de todos los mexicanos”? Está en España comiendo crema de alcachofa, perdices al estofado y espuma de chocolate con natilla ligera.

Fox no sólo ha estado fuera de lugar, también ha actuado en contra de su propia agenda. A lo largo de su tour europeo, el presidente  desteje allá lo poco que logra hilar acá. Promete dar a conocer la nueva ubicación del aeropuerto y el subsecretario  de Gobernación, Ramón Martín Huerta, se rehúsa a estar “en sincronía para ofrecer una fachada bonita”. Anunciada la reforma fiscal en puerta y el PRI se la cierra en las narices. Declara que será necesario revisar la reforma indígena y los panistas que la aprobaron disienten. Pronuncia un discurso en el cual menciona a “Borgues” y demuestra que nunca lo ha leído. Habla del bien clima de inversión en México, cuando un reporte reciente revela que el país es un desastre educativo a la Afganistán. Desempolva la Comisión de la Verdad y le produce una reacción alérgica a Santiago Creel. Asegura que México es un país seguro el mismo día que se libera a un empresario secuestrado.

Quienes conocen a Vicente Fox dicen que ha perdido la chispa de la vida; que se ha percatado de las dificultades monumentales que entrañará instrumentar incluso los cambios más graduales. Dicen que viajar lo anima, lo alegra, lo hace feliz, lo hace recuperar su amor por México. Pero el país no puede permitir que las giras internacionales sean utilizadas como Prozac presidencial. No puede permitir el despilfarro de recursos y de tiempo con tal de proporcionarle un analgésico al presidente y un guardarropa nuevo a su esposa.

Si el presidente tiene ganas de viajar, que lo haga a su rancho. Que se siente allí a pensar. Que defina lo que verdaderamente cree y por lo cual está dispuesto a pelear.

Que saque sus convicciones del cajón y se las calce cuales botas de charol. Que escriba su propio credo y se atenga a él. Que numere las prioridades de su gobierno a imponga el orden en su gabinete. Llegó la hora de decirle a Francisco Gil Díaz que acalle los rumores persistentes sobre su renuncia…o que se vaya. Llegó la hora de decirle a Creel que produzca resultados a través de la democracia de pactos y de procedimientos…o se atenga a la desilusión con la democracia misma que provocará sino lo hace. Llegó la hora de decirle a Jorge Castañeda que promueva  el nuevo papel de México afuera sin  crear tantas divisiones adentro…o que será aceptada su renuncia. Llegó la hora de decirle a Diego que ate el destino del PAN a la popularidad del presidente… o que se atenga a la caída de las urnas. Llegó la hora de decirle a Marta Sahagún que se comporte con más prudencia…o que se dedique a hornear galletas. Llegó la hora de mostrar para qué quería ser presidente de México, en México.

Visita fatua tras cena frívola, el presidente está construyendo una Presidencia basada en la política de la celebridad; una Presidencia en la que predomina la frase fácil por encima de la decisión difícil, la teatralidad por encima de la habilidad, la actuación por encima de la sabiduría. Vicente Fox ha justificado su maratón Michelin diciendo que “se debe seguir adelante y continuar con el trabajo”. Que trabaje pues. En lo que importa. En lo que las circunstancias extraordinarias que vive el mundo exigen. Un verdadero líder sabe que hay momentos para todo: para viajar y para quedarse en casa, para posponer y para decidir, para evadir y para encarar. Una celebridad sólo sabe distraerse a sí mismo y distraer a los demás.