“La guera sucia”, tema de su próximo ensayo. Salvador Castañeda y el asalto a Madera

El triunfo de la Revolución Cubana alentó en el México de los años sesenta y setenta el surgimiento de grupos guerrilleros que se lanzaron a la lucha con más ímpetu que organización. Y al no lograr asimilar la experiencia táctica e ideológica, fueron aniquilados fácilmente por el Estado.

Tal es una de las premisas del libro La negación del número (La guerrilla en México, 1965-1996: una aproximación critica), de Salvador Castañeda, fundador en 1968 de desaparecido Movimiento Acción Revolucionaria (MAR).

En exclusiva para Proceso, el escritor, subdirector ahora del Centro Nacional de Información y Promoción de la Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes, adelante el contenido de su libro –aún sin editar-, en el que desmenuza lo errores que condujeron a los grupos armados a enfrascarse en la llamada “guerra sucia”, cuyos verdaderos resultados son hasta la fecha incuantificables.

Así lo plasma en su ensayo, resultado de un proyecto del Centro de Investigaciones Históricas de los Movimientos Armados:

“El pasado no deja mentir, y bastaría para ello; pasar una especia de lista fúnebre de los grupos, de los hombres y mujeres acorralados primero y aniquilados después por las fuerzas regulares reorganizadas. Combatientes sin siquiera haber sentado las bases necesarias para la organización de fuerzas de apoyo; sacrificándose por una idea quebradiza acerca del papel de las masas en la lucha y el individuo en la historia.”

Autor de lanovela Por qué no dijiste todo, en la cual recrea la captura y torturas que padeció a manos de Miguel Nazar Haro, Castañeda evoca sin duda aquellos momentos en los cuales los grupos se recluían en las sierras y montañas, o en casas de seguridad con precauciones tan extremas que los asilaban del resto de la sociedad.

Solos, sin una base real de apoyo en las ciudades, fueron presa fácil de la represión. Recuerda, por ejemplo, que el grupo encabezado por Lucio Cabañas en Guerrero “se jugó todo” en el secuestro del entonces gobernador del estado Rubén Figueroa, pero una vez que las fuerzas oficiales lo localizaron no hubo nadie en el camino que detuviera su persecución.

Como un caso diferente juzga al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), que no está confinado a las montañas, sino que surgió ahí y en ese lugar mantiene sus bases, aunque considera que circunscribir  sus demandas al beneficio de los pueblos indios de Chiapas lo limita:

“Y ya no hablemos de las cuestiones de tipo militar: es un ejército que no guerrea y que se deja matar, cuántos le matan a cada ato porque tiene un acuerdo con el Estado de no disparar; luego va en una mesa de negociaciones de 11 días sin tener apoyo, iban con su verdad y todo lo que quieras, pero en una mesa de negociaciones hay que tener fuerza.”

Habla también de las llamadas FARP, el EPR y el ERPI, “que plantean una liberación para toda la sociedad, especialmente para las de mayor crisis económica o con problemas culturales y de caciquismo.

Advierte, entonces, que la guerra sucia no es parte del pasado, por el contrario, asegura que el Estado se sigue adiestrando para reprimir, y menciona que efectivos de las fuerzas oficiales acaban de regresar de un adiestramiento con los kaibilies guatemaltecos.

El nuevo libro de Castañeda está conformado por 10 capítulos: “Letargo de las utopías”, “Asalto al cuartel”, “El Movimiento Acción Revolucionaria (MAR)”, “El cerco de los mitos”, “El grupo armado”, “La zona de operaciones”, “La Quebrada del Yuro: una reflexión contracorriente”, “El EZ es de LN o grupo de presión”, “El EPR: los no convidados de agosto” y “Peluqueros y sacamuelas o la Guerra de Baja Intensidad (GBI)”, además de una premisa.

Para conmemorar el 38 aniversario del asalto al Cuartel Madera, ocurrido el 23 de septiembre de 1963, en donde perdieron la vida Arturo Gámiz, Pablo Gómez, Antonio Scobell, Miguel Quiñones, Óscar Sandoval, Rafael Martínez Valdivia, Emilio Gámiz y Salomón Gaytán, Proceso reproduce fragmentos del capítulo “Asalto al cuartel”, con autorización del autor.

Asalto frustado

¿22 o 23? De septiembre

Acordamos que uno de los dos llegaran a la casa de un amigo de Juan Antonio para conseguir informes sobre los soldados y si dormían fuera del Cuartel o no. Finalmente se dio una contraorden y nadie fue porque este amigo tenía su casa exactamente frente al Cuartel y los soldados rondaban por el lugar, así que nos devolvimos a los montes de la Boquilla de las Golondrinas donde estábamos. Ahí se decidió que Oscar Sandoval entrara a Madera a conseguir información y que a las nueve de la noche anterior el doctor, Arturo y yo iríamos por él. Nos dijo que escuchó pláticas que decían que habría guerra, que soldados habían subido a la sierra cercana y otros más realizaban prácticas en el Estadio, que con  doscientos. Regresamos a informar y en seguida Martín propuso que ante la circunstancia sólo se implementaría una acción de hostigamiento y retirarse a la sierra. Arturo se opuso argumentando la necesidad de allegarse recursos económicos. Yo opiné que no me gustaba nada la situación porque los soldados andaban fuera del Cuartel y podíamos fracasar; sentí vergüenza porque me pareció que Arturo pensaba que tenía miedo. Quiñones le pidió a Arturo que pensara bien el asunto. Después de todo, por el amor a la lucha, decidimos atacar. Se elaboró el plan: cortar comunicaciones, asaltar el banco, sacar provisiones de la “Mercantil de la Sierra” y tomar la radio local para transmitir una explicación a la gente acerca de lo que hacíamos y para qué. Miguel pidió que si moría en el ataque, lo sepultaran en Arisiachic. Arturo agregó: “este 23 de septiembre será un día grande. Si alguien cae aquí, el pueblo llevará su nombre, si alguno queda herido, lo sacaremos aunque nos cueste la vida”.

El plan para el operativo sería: el Primer Grupo que éramos cuatro golpearíamos por el norte del Cuartel; Salomón, Arturo, Óscar y yo; el Segundo Grupo atacaría por el oriente; Martín, Emilio Gámiz y Jun Antonio Gytán que tenían como parapeto la escuela y la iglesia; el Tercer Grupo lo formaba únicamente Luis que actuaría en la casa de Pacheco que estaba al sur del Cuartel y el Cuarto Grupo golpearía por el poniente; Guadalupe Scobell, Rafael Martínez, Florencio y Miguel Quiñones; por último Matías Fernández en la Antena de Radio.

Así todos encaminamos de acuerdo con lo siguiente: si mirábamos la cosa difícil, saldríamos en retirada, si llegaran soldados por fuera, la orden de retirada la daría Arturo, Salomón o el doctor. El Primer Grupo debería asegurar los primeros disparos y si se defendían, tirarles a dar a todos y lanzarles granadas de mano hasta que se rindieran. El Segundo Grupo quemaría el Cuartel grande y aseguraría a cuanto soldado viera hasta rendirlos; Luis entraría a la casa de Pacheco y si estaba ahí, ajusticiarlo. El Cuarto Grupo acosaría el Cuartel de la Casa Redonda. Dos o más cuidaría la retaguardia: Scobell, Quiñones, Lugo y el profesor Martínez.

Matías Fernández tenía la tarea de cuidar al chofer en la Antena sobre la carretera que va a Cebadilla y esperarnos ahí; si triunfábamos iríamos por él para meternos al pueblo y pagarle a la Mercantil y al Banco y repartir la provisión. La Antena de Radio era el punto de reunión, lo mismo que la Huerta de Castellano y como tercer punto la Torre; éstos eran los puntos de reunión en caso de retirada. Llegó la hora prevista y cada quien se parapetó en su lugar. Antes de esto hicimos el intento de cortar el cable del teléfono pero no pudimos. Nos despedimos de Lupe, de Matías, de Luis y Miguel que estaban dando tiempo a que nosotros llegáramos más adelantito. También nos despedimos del doctor, de Juan Antonio y de Emilio que accionarían por el oriente. Seguimos avanzando Arturo, Rafael, Lugo, Salomón, Óscar y yo. Llegamos cerquita del lugar desde donde actuaríamos y allí nos esperamos a que dieran las 5:45 que era la hora del ataque. Poquito antes se oyó que los soldados silbaron y Arturo exclamó: “ya nos descubrieron, mucha suerte y no se rajen”. Todos corrimos a nuestros lugares pero no era verdad que nos hayan descubierto, sino que hacían su ronda nada más.

A las 5:45 disparó Salo y cayó un soldado. Tiró Óscar y siguieron cayendo, y tiramos todos. Los soldados corrían. Yo estaba parapetado en un carro viejo, los demás se protegían tras el fondo del ferrocarril. A los primeros disparos que hice con una M-1 que traía, se le salió el cerrojo de su lugar. Ahí mismo intenté arreglarla pero no pude y seguí disparando con una pistola. A ratos, la balacera de los soldados paraba para seguir nuevamente, como que estaban dosificando su contraataque. Ya me tenían localizado y apenas me asomaba, me veían y aquello era como una lluvia horizontal de plomo. Luego de un tiempo de combate se escuchó un disparar por todas partes en forma rápida, y es entonces que alguien del grupo lanzó gritos de retirada sin saber si fue Arturo o Salo. En seguida de los gritos, Salomón corrió a protegerse tras el bordo, atrasito pasó Arturo que de pasada me dijo “no te rajes” y Salo exclamó: “Está pesado, ya la chingamos”. Se oían descargas cerradas por el rumbo que ellos llevaban. Me incorporé para ver y eran muchos soldados, y vi a los compañeros caídos. Traté de salir, me vieron y soltaron una descarga; corrí con suerte porque no me dieron.

A la primera descarga me dejé caer y pararon. Luego me levanté y seguí corriendo. Volví a dejarme caer, ahora en unas yerbas. Dejaron de dispararme y escapé por debajo del yerbazal. Corrí rumbo a los maizales cerca del embarcadero. Avancé por entre los surcos. Atravesé el cerco y ya no escuché disparos. Me fui rumbo al Huerto de Castellano. Ahí encontré a Guadalupe y nos fuimos rumbo a la Torre.