B. B.

Rodolfo Obregón

 

Para Mariana

La semana pasada anunciamos la reposición (si tal palabra puede aplicarse a una especie de work in progress), en El Foro/Teatro Contemporáneo, del montaje que Ricardo Díaz presentará como muestra de su proceso creativo dentro del ciclo reflexión práctica “El cuerpo escénico”, convocado por el CITRU.

A manera de epígrafe-conferencia, la nueva versión de El vuelo sobre el océano, falsificación de la memoria reconstruida, reconstrucción inútil de un evento escénico (basada, a su vez, en un montaje realizado en la UDLA, en 1998) comienza con una cita de Derrida sobre Artaud y su convicción en la ingenuidad de la mímesis.

De cara a ese escepticismo sobre las posibilidades de representación de un texto dramático cualquiera, el director procede aquí, como la desarticulación del drama brechtiano y de los demás componentes del hecho escénico, para interpretar la recomposición de sus fragmentos (textuales, espaciales, actorales y críticos) en un tejido de planos múltiples que apelan a otras formas de percepción del espectador.

En el caso de El verano que duerme (Proceso 1267) la multiplicidad del discurso de sus posibles interconexiones estaban sustentados en la idea central del gran texto calderoniano del espejo de realidades que representan el sueño y la vigilia. Así la inclusión de fragmentos del proceso de montaje refería a la interrelación de la realidad y el hecho ficticio, mientras que la fragmentación del punto de vista del espectador y su reordenado recorrido espacial obedecía a la dimensión laberíntica de La vida es sueño.

En el caso de Brecht, los  fragmentos  de El vuelo sobre el océano, Pieza didáctica de Baden-Baden y Terror y miserias del Tercer Reich, se intercalan con residuos de la indagación sobre el proceso de la memoria y con la propia reflexión teórica. Incluso, aprovechando la estimulante presencia del crítico de arte José Luis Barrios (su analítico Kurt Weill), Ricardo Díaz ha ido aún más lejos levando a escena (y cumpliendo así con una de las grandes exigencias planteadas por B. B.) el diálogo de su trabajo artístico con los ecos críticos que lo reinventan.

La “dislocada” ficción brechtiana se yuxtapone, entonces, en una atractiva simultaneidad de estímulos sensibles e intelectuales, con la narración radiofónica (otra vez los vestigios de aparatos electrónicos como materialización del bombardeo informativo y, a la vez, como hueco carapacho de un obsoleto afán de comunicación), con el anhelo reconstructivo de la memoria, la reflexión creadora y su consecuente procesos analítico.

Una vez mas, Ricardo Díaz sostiene la vitalidad de su teatro en la asimilación de lo imprevisto como parte medular del espacio creativo, como termómetro de espontaneidad y materia de conflicto; en la síntesis radical de sus imágenes, y en la presencia de un cuerpo actoral no representativo que afirma permanentemente su neutralidad sobre al escena, su capacidad para transitar sin aspavientos (ni recurriendo a préstamos  de códigos artísticos externos) entre su identidad real y aquella otorgada por la escena.

Quizá sea ésta la mayor aportación del presente montaje de El vuelo sobre el océano…; desde luego, junto con la ruptura de una dependencia anecdótica que el Brecht director (demasiado dramaturgo, al fin y al cabo) no puedo evitar.

La libertad alcanzada por este vuelo, sin ataduras en los alardes provocativos  del arte del siglo que se ha ido, apela entonces a una atención abierta acorde a la capacidad del espectador contemporáneo y, tal como lo planteara B. B., a una síntesis que se realiza en su mente y cuyos efectos perceptivos dependen de su propia organización del material y nunca de una imposición anímica del intérprete.

En el caso particular de quien escribe, nunca antes el concepto de priem ostranneija (volver familiar lo extraño y extraño lo que es familiar), que Brecht tomara de Schklovski, cobró tanto sentido.