Compañera de cursos de José Antonio Alcaraz en el Conservatorio Nacional de Música y la Facultad de Filosofía y Letras, la historiadora y crítica de arte Teresa del Conde evoca los momentos que compartió también con él en la estación radiofónica XEN:
“Era una estación de música clásica, en el 690. Durante dos años, hicimos la revista de música Selemúsica 690, José Antonio era delgadito, muy agradable, extraordinariamente informado y culto no sólo de música, pero las artes plásticas no le gustaban, les decía ‘las artes plastas’.
“Él hacía los comentarios a control remoto para las funciones de ópera desde Bellas Artes con una agilidad, con un conocimiento de causa y con un sentido del humor notables en un sujeto que tendría 18 o 20 años de edad.”
Recuerda que ella lo llevó a trabajar a la estación, luego de conocerlo en el Conservatorio. Era una época en la que compartían momentos con Eduardo Mata, con quien Alcaraz formó su Grupo Berlioz, y en la que, por intermedio del crítico musical, Del Conde conoció al escritor Carlos Monsiváis.
Cuenta la historiadora que entonces se veían diariamente porque Alcaraz era responsable de la programación y ella se encargaba de medir el tiempo a las sinfonías y de checar que no fueran interrumpidas por algún comercial. Al salir de sus labores solían ir juntos a comprar discos a precios accesibles de las disqueras con la emisora:
“Luego los empeñábamos para tener dinero y entonces comprábamos otros discos más selectos en Margolín, donde ambos conocimos al señor Walter Gruen, viudo de Remedios Varo, que era dueño de Margolín,”
Alcaraz, Del Conde y Mata compartían su tiempo no sólo al planear las transmisiones radiofónicas, también escuchaban juntos los discos comprados:
“Eduardo Mata los dirigía sin orquesta ni nada –dice sonriendo-, y José Antonio y yo éramos sus espectadores.”
Los recuerdos se agolpan en la mente de la historiador a uno tras otro casi sin orden: una merienda en un Sanborns con Alcaraz, quien iba acompañado de su madre; la conversión religiosa que tuvo el crítico musical, y cómo se sintió acosado en una época por el fantasma de Oscar Wilde; las múltiples cartas que se escribieron, perdidas por Del Conde en una de las varias mudanzas que ha tenido; y numerosas veladas en las cuales tarareaban o cantaban arias de ópera.
No hubo un rompimiento entre ellos, pero la vida se encargó de llevarlos por diferentes rumbos. Ella se casó y se fue a vivir a Roma, tuvo luego sus hijos, y señala que aunque Alcaraz conservó siempre un espíritu lúdico, en realidad no soportaba llantos ni asuntos de pañales.
Años más tarde, cuando fue directora de Artes Plásticas en el Instituto Nacional de Bellas Artes, se enojó con ella porque la creyó responsable de haber montado en Veracruz una exposición con reproducciones de Paul Klee:
“Aunque yo no tenía nada qué ver con eso, fue un asunto que nos volvió a reunir.”
La última vez que se encontraron fue hace casi dos años en Casa Lamm, para la realización de un programa de radio:
“Estaba alegre y cariñoso. Nos abrazamos, platicamos mucho y quedamos de vernos.”
Sin embargo, no lograron volver a reunirse, pues pudo más la diabetes galopante que padecía Alcaraz:
“Me duele profundamente que se nos haya ido, lo voy a extrañar en la escritura, voy a extrañar sus críticas acerbas y sus polémicas; es uno de los personajes inolvidables de mi vida y, sobre todo, de mi juventud.”








