Interés Público
Muerto Porfirio Miranda (así lo prefiero, y no como José Porfirio Miranda y de la Parra), el mas autorizado para hacer su responso en estas páginas es Enrique Maza, su compañero en la Sociedad de Jesús y con quien compartió muchas batallas en defensa de la persona humana, antes de que Miranda resolviera concentrar su energía intelectual en el trabajo académico. Pero me mueve a recordar al jesuita en sus tiempos de justiciero fervoroso la esquela que publicó el FAT.
Tras el epígrafe “aquí espero la resurrección de los muertos”, los firmantes expresan su “gratitud al maestro quien desde su palabra profética dirigida a una generación que intentó escucharlo, denunció la inmoralidad de la moral occidental”. Lo dicen “los trabajadores del Frente Auténtico del Trabajo, sus discípulos y compañeros en la lucha por la democracia y la justicia”.
Aquel Porfirio Miranda escribió una rigurosa, escandalosa requisitoria contra el capitalismo, y contra la Iglesia que le proveía sostén ideológico y moral. Hambre y sed de justicia se llamó aquel libro que lo colocó en la mira del conservadurismo rapaz y convirtió su palabra en aliento para la búsqueda. Fue particularmente oída su prédica en los ambientes universitarios, entre muchachos que no se entusiasmaban con el comunismo pero no podían contentarse con el desorden establecido, como comenzaron a llamar a la situación que vivían, así les fuera materialmente conveniente. La portada del libro, las manos crispadas y sangrantes de Cristo en la cruz, remitía de inmediato a las desazones que esa generación de cristianos jóvenes padecía y que encontraron respuestas en el radicalismo ético de Miranda. También la hallaron sindicalistas que no encontraban oposición entre sus intereses de clase y su fe. No era un teólogo de la liberación. Era un predicador revolucionario. Había sido despedido de la arquidiócesis de Chihuahua, a mediados de los sesenta, acusado de contribuir al fermento que dio lugar al asalto al cuartel de Ciudad Madera.
Se sumó al hervor que en aquel momento vivía un importante sector eclesiástico y de laicos cristianos. Florecían por doquier iniciativas movilizadoras: ya don Pablo Latapí fundaba el Centro de Estudios Educativos; ya Enrique Maza animaba Christus, y con Wilfredo Guinea la tarea más general de la Buena Prensa; ya Luis Valle o Miguel Villoro formaban muchos más allá de su enseñanza en las aulas.
Miranda formado en la profundidad filosófica y teológica alemana, alumbraba cuanto ambiente lo recibía. Enjuto, nervioso, iba y venía, omnipresente. Su mirada, sobre ojeras pronunciadísimas, daba luz al oscuro rostro. Mirada inteligente, había en ella mucho de pasión también, cuyo fulgor menguaba en la conversación cercana, pues entonces se le descubría una serenidad diversa del fuego con el que contagiaba a sus oyentes en clases, cursos, conferencias.
Activo en el apoyo de las brigadas estudiantiles durante la movilización de 1968, contribuyó después no a mitigar la suprema dolencia que dejó la represión, sino a explicar las causas de la agresión de Tlatelolco y a situar en la perspectiva posterior a aquella matanza el papel de los jóvenes, sobre todo de quienes asistían a las universidades, azorados tras la infame sanción de sangre y cárcel:
“Los estudiantes… como clase están libres. El uso mismo de la fuerza bruta y de las ametralladoras por parte del Stablishment demuestra que el sistema no tiene un mecanismo para ponerles los hierros como a todo el resto de la sociedad; el estudiantado se escapa del sistema y desborda al sistema. Esto no significa que la revolución haya de ser hecha por el estudiantado sólo, pero sí que debe empezar en el estudiantado.”
Suponía también, entonces, hace 30 años, que el desorden establecido de descompondría si la Iglesia católica se apartaba de su complicidad con los intereses plutocráticos:
“Potencialmente, la Iglesia es el engranaje más libre de toda la maquinaria. Y con potencialidades liberadoras que constituyen quizá la principal diferencia de Latinoamérica respecto de todo el mundo occidental; en México, el gobierno y los capitalistas no sabrían qué hacer el día que la Iglesia se les volteara; ése es el talón de Aquiles del sistema aparentemente monolítico…La agudización y profundización del problema social está haciendo que salte a la vista la dimensión radicalmente sobrenatural y evangélica del mismo, pues la toma de conciencia de esta dimensión es la que puede hacer que la Iglesia se decida a romper con el sistema y cambiar el rumbo de los acontecimientos.”
En esa línea, participó en la grave decisión jesuita de desclasarse: cerrar el Instituto Patria, en Polanco, y pasar a la atención de los desposeídos, en el punto geográfico que simbolizaba hace tres décadas la pobreza, resultado del abuso, Ciudad Nezahualcóyotl. Un día se historiará ese tránsito, a la postre fallido. Por lo pronto, Miranda trocó entonces su cambio de evangelización fervorosa por el trabajo académico, el celibato por la vida en amorosa compañía. De su condición matrimonial ofrece una clara imagen la dedicatoria de su Hegel tenía razón: “Sin el apoyo de Male, este libro habría sido imposible. Es obra de los dos”.
Lo publicó la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa en 1988. Tres lustros atrás, al ser fundada esa institución, Miranda se había incorporado a ella. En 1991 se le otorgaría el nombramiento de profesor distinguido, una categoría reservada a muy pocos. El abandono de su militancia apostólica no significó la pérdida de su ánimo polemizador. Sus posiciones intelectuales se asumían casi siempre en discusión con otras, en combate de ideas. En su libro sobre Hegel quienes lo hacen inocuo para las ciencias”, “nadie sabe lo que es la ciencia, los unos se remiten a los otros, éstos a los primeros”.
Los lectores de Proceso lo recuerdan así, discutiendo airado contra quienes disintieron de sus tesis sobre la laicidad (equivalente a ateísmo, según su tesis) y sobre el aborto. Su figura reflejaba sus mutaciones interiores. Embarnecido, el profesor había sustituido al apóstol.








