Todavía no se asentaba la nube de escombros tras el derribo de las Torres Gemelas de Nueva York, el martes 11 de septiembre, cuando el mundo ya tenía un culpable: Osama Bin Laden. El juez de la causa: las cenas de televisión occidental ha repetido la acusación primero para convencer y después para justificar su nueva “guerra justa”, en una de las mayores operaciones de propaganda jamás vistas.
El avasallamiento mediático de las últimas cinco semanas pareciera responder a los cánones que exhibió el comunicólogo francés Armand Mattelart en su libro La comunicación-mundo: historia de las ideas y de las estrategias, en 1991, justo después de la intervención armada estadunidense en el Golfo Pérsico: “La lógica de la guerra ha hecho florecer los pensamientos simplificadores, las intolerancias y las certezas ciegas en la representación mediática, no sólo de cuantos se oponían a la guerra en el seno mismo de las grandes sociedades occidentales, sino también, y sobre todo, de la otra parte del mundo”.
De algún modo, Mattelart explica en su obra las razones de la complicidad mediática en la guerra, a través de un desmitificador recorrido por el desarrollo de los medios de comunicación y su papel en las sociedades democráticas. De ese libro, publicado en México por Siglo XXI, se extrae una parte de las referencias históricas recopiladas por el investigador europeo en el capítulo que dedica a la relación entre comunicación y guerra, lo mismo que de otros ensayos aquí citados, para reinterpretarlas ante el nuevo acoso mediático desatado particularmente por la televisión.
Y es que, según Mattelart, “la comunicación, para lo que sirve, en primer lugar, es para hacer la guerra”, al punto de llevar al análisis “su alistamiento al servicio de los ejércitos”.
Así, gran parte de la prensa marcha como conscripto.
Guerra psicológica
La difusión de imágenes de la guerra como parte de la oferta de infoentrenamiento en los horarios estelares de la televisión, a la que el mundo pareciera acostumbrado hoy, no de lejos es un fenómeno que haya nacido con la CNN y la globalización de la información. La primera intervención militar filmada fue la invasión a Cuba, en 1898. El reportaje de Vitagraph se llamó Fighting with our boys in Cuba (Combatiendo con nuestros muchachos en Cuba).
La Primera Guerra Mundial alimentó a la teoría de la comunicación con la hipótesis sobre el control de opinión pública. El concepto de propaganda, transformado en guerra psicológica para la Segunda Guerra Mundial, con sus elementos de distorsión, manipulación y desinformación, avanzó largos trechos hasta la guerra del Golfo Pérsico, en 1991, cuando el Ejército estadunidense ejerció el control total de la información, incluso con mayor celo que en Corea (1950-1953) o Vietnam (1961-1975), y perfeccionó técnicas de censura puestas en práctica en invasiones a Granada, en 1983, y a Panamá, en 1989.
Hoy, en Afganistán, la distancia entre información y propaganda se ha estrechado al punto de confundirse aún más, y los servicios de inteligencia occidentales extienden sus tentáculos a la vigilancia de las comunicaciones a través de Internet. El Congreso estadunidense aprobó el 13 de septiembre una directiva para intervenir páginas y correo electrónico, del mismo modo que lo hacía el tristemente célebre Gabinete Negro, una institución que dedicaba a interceptar y vigilar la correspondencia privada en la Francia del siglo XIII, precedente de todo intento de control gubernamental de la información.
La necesidad gubernamental de control de la prensa no es gratuita, dada su capacidad de influencia, tal y como lo entendió el gobierno estadunidense a finales del siglo XIX, cuando una campaña orquestada en los periódicos sensacionalistas de William Randolph Hearst, encabezados por el New York Journal, obligó a la invasión militar de Cuba en 1898. Hearst había enviado a un reportero y a un dibujante a La Habana; éste último, Frederic Remington, telegrafío a su jefe pidiéndole autorización para regresar, pues no había nada que informar. “Todo en calma. No habrá guerra”, le explicó a Hearst. La respuesta del empresario periodístico es célebre: “Ruégole se quede. Proporcione ilustraciones, yo proporcionaré la guerra”.
La relación entre prensa y Ejército en Estados Unidos se estrechó en la Primera Guerra Mundial con la creación del Comité de Información Pública, dependiente directo de la Casa Blanca, en el que participaban los entonces secretarios de Guerra, de Marina y de Estado…y el periodista George Creel. Su función básica fue “vender” la guerra al público estadunidense; la principal herramienta fue el cine. Este organismo, también conocido como el Comité Creel, fue la primera oficina gubernamental, misión que cumplió celosamente a lo largo de la primera gran guerra.
Inglaterra hizo lo propio y creó el ministerio de Información, al frente del cual estaba el dueño del Daily Express, lord Beaverbrook. Ahí trabajaron también el dueño del Times, lord Northcliffe, a cargo de la propaganda en países enemigos, de quien dependía el escritor H.G. Wells, a cargo de la sección alemana.
Francia decretó una ley “sobre las indiscreciones de la prensa en tiempos de guerra”, en 1914. Entonces, igual que hoy, la censura apeló a la “disposición patriótica” de la prensa para no publicar nada que no fuera supervisado previamente por una oficina instalada expresamente en el ministerio de Guerra, según consta en una circular el primer ministro René Viviani.
Al entrar a la Segunda Guerra Mundial, en 1941, Estados Unidos creó la Oficina de Información de Guerra (OWI, por sus siglas en inglés) y la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS). La esencia de ambas agencias sobrevive hasta nuestros días: en 1948, la OWI pasó a ser la Oficina de Información Internacional y luego la USIA (Agencia de Información de Estados Unidos); un año antes, la OSS se convirtió en la Agencia Central de Inteligencia, la CIA. (La capacidad y eficacia de los servicios propaganda de la Alemania nazi y de la Unión Soviética son capítulo aparte; en todo caso, ni una ni otra existen ya.)
En los años cincuenta, las severas restricciones a la prensa en la guerra de Corea contrastaron con algunas de las imágenes que el público estadunidense vio años después por televisión durante la guerra de Vietnam, lo que llevó a las autoridades militares y a científicos sociales a culpar a las cadenas de dividir tanto a las élites como a las masas estadunidenses, como escribió el politólogo Samuel P. Huntington en 1975, quien aseguraba que “el desarrollo del periodismo televisado ha contribuido a minar la autoridad gubernamental”, e incluso el patriotismo, al punto de convertirse en agente de la derrota.
No era así.
Aún sin necesidad de una censura gubernamental, las cadenas de televisión practicaron sin pudor la autocensura, motivadas fundamentalmente por el tipo de relación que ya tenían con el gobierno y con el Ejército, como lo probó el politólogo Daniel C. Hallin en 1986 en su ensayo La guerra sin censura: los medios y Vietnam. El mito de que la guerra televisada pierde el apoyo del público fue resaltado por el mismo autor durante la Guerra del Golfo Pérsico. Ese axioma provocó la censura militar en Irak, lo mismo que lo había hecho en 1982 en la guerra de las Malvinas, entre Inglaterra y Argentina.
Censura y autocensura
Una década antes, en 1972, este tipo de operaciones militares y de inteligencia en diversos campos de al vida civil provocó que el senador estadunidense William F. Fulbrigth, llamara a comparecer a la USIA. En los testimonios recogidos era casi imposible distinguir entre información y propaganda. Un par de años antes, en un ensayo titulado La maquinaria de propaganda del Pentágono, Fulbrigth ya había denunciado la influencia de “las actividades de relaciones públicas del Departamento de Defensa sobre el modo de pensar en la nación”.
Para la Guerra del Golfo Pérsico, en 1991, pareció que nada había quedado de los intentos legislativos de los años setenta para escrutar las prácticas comunicacionales de un nuevo tipo de conflicto, hoy perfeccionadas, y para poner un alto a la manipulación militar de las masas.
La guerra desatada ahora en Afganistán se presenta como una reedición la miniserie que ofrecieron las grandes cadenas de televisión estadunidenses durante la Guerra del Golfo Pérsico, mediante el despliegue de una elaborada musicalización, diseño gráfico y títulos especiales durante los noticiarios, en los que destacaba la manipulación de los símbolos nacionales estadunidenses, algo que ha sido severamente cuestionado en ese país por apenas unas pocas voces críticas, como la de John R. MacArthur, editor de la revista Harper’s y autor de un libro sobre censura y propaganda en la Guerra del Golfo, quien declaró a finales de septiembre: “Les medios de comunicación están actuando como un instrumento del gobierno, de una manera opuesta a lo que se supone que deberían ser: un elemento de independencia y objetividad”.
La misma aplanadora mediática que insiste hoy en justificar la nueva “guerra justa” que ha iniciado Estados Unidos, fue lo que hizo decir a Mattelart, hace casi una década:
“Una de las novedades de esta fusión (prensa-propaganda militar) es su extensión, hecha posible gracias a la connivencia de numerosos periodistas, ingenuos o cínicos.”








