Patriotismo, propaganda, censura…

Molly Gordy

Hace unas semanas, en Proceso (No. 1300) se planteaban las contradicciones que empezaban a a enfrentar los medios de información estadunidenses ante la inminencia de la guerra. En los días recientes, la situación ha hecho crisis no sólo en Estados Unidos, sino en su aliado más activista, la Gran Bretaña. La prensa y los medios electrónicos de ambos países se mueven entre la censura, el patriotismo y la propaganda.

 

WASHINGTON, DC.- “Los estadunidenses necesitan cuidar bien lo que dicen”, advirtió el vocero de la Casa Blanca, Ari Fleisher, tres días después de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington.

Entonces, los periodistas gritaron su enojo.

La Casa Blanca omitió dicha observación en la transcripción del discurso de Fleischer. Y los periodistas, ofendidos, transformaron los gritos en rugidos.

Pero cuatro semanas más tarde, cuando Estados Unidos inició con los bombardeos contra Afganistán, la prensa de Estados Unidos opuso una resistencia mínima a los esfuerzos del presidente George Bush para no informar ni al Congreso ni a la opinión pública sobre la llamada operación “libertad duradera”.

Bush anunció que compartiría información sobre el progreso de la guerra sólo con ocho de los 535 miembros del Congreso para impedir que los políticos compartieran  información con los reporteros. En vez de protestar, el líder de la oposición, Tom Daschle, estuvo de acuerdo: dijo que la filtración de información del Congreso hacia los medios de comunicación había sido una infamia y era necesario frenarla.

Luego, la consejera para la Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, pidió a todos los medios de televisión que dejaran de transmitir videos con declaraciones de Osama Bin Laden, hasta que el gobierno pudiera  determinar si éstas contienen palabras claves diseñadas para alentar más ataques contra Estados Unidos. Para minimizar la aparente censura, la Casa Blanca solamente pidió a las cadenas que “fueran juiciosas” a la hora de publicar declaraciones del grupo terrorista Al Qaeda, que dirige Bin Laden.

La cadena de televisión CNN –la cual llega a 78 millones de hogares en todo el mundo y ha cubierto cada conflicto desde que comenzó la Guerra del Golfo en 1991- fue la primera en ceder a la petición. “La política de la CNN es evitar todo material que puede facilitar directamente cualquier acto terrorista”, dijo Eason Jordan, el presidente de CNN para las noticias mundiales. Le siguieron luego las otras cadenas.

Pocos estadunidenses se opondrían a esta posición. Y es que, además, coincidió con el anuncio del FBI de que alguien había introducido la altamente venenosa bacteria del ántrax en un cuarto del edificio de la cadena American Media, matando a una persona y exponiendo al menos a dos trabajadores más. La respuesta fue un pánico tan extendido que si alguna cadena hubiera transmitido videos de Bin Laden, se hubiera arriesgado a sufrir un boicot público. El problema con esta lógica es que nadie puede conocer cuál pieza o parte de las noticias pueda ser el detonante de un nuevo ataque. ¿Hasta qué punto están los periodistas cruzando la línea de la prudencia para llegar a la propaganda? ¿Hasta qué punto los medios de comunicación ocultan información que el público debería conocer?

Bush redujo el contacto con el Congreso en respuesta a una nota del diario Washington Post que –citando una fuente con “información secreta de credibilidad”- informó que había 100% de probabilidades de otro ataque terrorista una vez que Estados Unidos bombardeara Afganistán. Presumiblemente, esa noticia interfirió con un plan del FBI para descubrir las identidades de los terroristas antes de que atacaran. Pero ¿qué hubiera ocurrido si el FBI fracasa y  se produce el ataque? ¿Cómo se podría justificar el hecho de que los ciudadanos estadunidenses no tengan la información necesaria para tomar precauciones que sí han tomado sus bien informados representantes en el Congreso?

Las encuestas muestran que la mayoría de los estadunidenses apoyan que se censure cualquier información que pudiera incrementar los riesgos de las tropas estadunidenses. Al mismo tiempo, quieren conocer toda la información que los prepare para las amenazas internas.

Expertos militares extranjeros creen que la posición del gobierno de Bush tuvo como objetivo la propaganda.

“No creo que sea necesario o incluso útil” la transmisión de mensajes secretos a los terroristas por medio de la televisión, dijo a Proceso un antiguo agente de inteligencia de Israel.

Explicó: “Los líderes terroristas tienen medios más efectivos de enviar órdenes de ataque a sus células, que no consisten precisamente en esperar que una estación de televisión se las transmita desde Qatar. El poder real de los videos es causar desmoralización”.

La rabia

Hace muchos años, en su libro On death and dying, Elisabeth Kübler-Ross identificó cinco etapas psicológicas con enfermedades fatales frente a su próxima muerte: Negación, rabia, regateo, depresión y aceptación. Tras la tragedia de las Torres Gemelas y del Pentágono, parece que al público estadunidense le está pasando lo mismo.

En los días siguientes pasó de la etapa de negación (no puede ser que eso suceda en nuestro país), a la de rabia (hay que bombardear cinco o seis naciones musulmanas), al regateo (pero no hay que dañar a los civiles), y a la depresión (nunca antes habíamos sufrido tanta inseguridad).

Y esos saltos en el estado de ánimo de la población se reflejan en los medios de comunicación. Pero con la diferencia de que ellos se quedaron en la segunda etapa, la rabia.

Terminadas las señales de luto, las voces más estridentes de la derecha y de la izquierda están encima de los comentaristas que manifestaron opiniones controvertidas después de los atentados terroristas. Y con igual fuerza, los directores de varios medios han actuado para acallar toda la opinión que se desvía del centro.

Durante la última semana de septiembre muchas estaciones de televisión dejaron de transmitir el programa satírico Politically Incorrect, después de que el conductor Bill Maher comentó: “Hemos sido cobardes al lanzar proyectiles Crucero desde distancias de 2 mil millas, mientras que los terroristas tuvieron el valor de suicidarse por su causa. Quedarse en el avión mientras se el conduce para que choque contra un edificio, sea lo que sea, no es cobardía”.

El periódico Daily Courier, de Oregón, despidió a su columnista Dan Guthrie por haber escrito que el presidente Bush se había “escondido en un agujero en Nebraska” el día de los ataques terroristas. Simultáneamente, el diario Texas City Sun, despidió a su comunista Tom Gutting por haber manifestado: “Bush falla al dirigir a Estados Unidos”. Ambos diarios pidieron perdón a sus lectores por haber publicado esas controvertidas columnas.

Con lo anterior “se probó una vez más que la libertad de prensa pertenece al dueño del medio”, comentó el crítico de medios Howard Kurtz en el Washington Post.

Cyntia Cotts, que desempeña el mismo papel en el semanario The Village Voice, estableció: “Ha desaparecido la Primera Enmienda (que garantiza la liberta de expresión). En su lugar se ha colocado una propaganda nefanda, en la cual todo sentimiento pacifista es oscuro y los comentaristas ultraderechistas denuncian a sus contrapartes de la izquierda como traidores. Según esa línea, el público tiene que escoger: O se deja a un lado el derecho a la libertad de expresión o se tendrá que vivir con el temor a los terroristas para la eternidad. Y puesto que el público está dispuesto a ceder sus libertades civiles, según esta polémica, la prensa debería seguir el mismo camino. Porque en tiempos de guerra, cualquiera que critica al gobierno es traidor, y cualquier periodista con acceso a la inteligencia militar es una amenaza potencial al bienestar público”.

Una semana después, la influyente revista The National Review despidió a su comentarista Ann Coulter por haber manifestado en una columna que se debería invadir a las naciones musulmanes que apoyan a los terroristas, “matar a sus líderes y convertirlos todos al cristianismo”. La decisión disgustó hasta a Víctor Navasky, fundador-redactor del semanario izquierdista The Nation, que la consideró como “censura posterior”.

Kurtz: “Lo que se les olvida a algunos es que la libertad de expresión es un camino en dos sentidos. Maher y Coulter –ambos provocadores profesionales- tienen la libertad completa para decir lo que quieran. Y los demás disfrutamos de la misma libertad (en nuestro sistema no-talibán) a condenarlos”.

El abogado Floyd Abrams –quien representó al New York Times contra el gobierno en el famoso caso de los “papeles del Pentágono” en 1971, y cuyos clientes incluyen los canales CNN, NBC y ABC y las revistas Time, BusinessWeek, Readers Digest y The Nation  -considera que no hay que alarmarse por lo que está sucediendo en los medios de comunicación…al menos por el momento. Pero recomienda estar alertas en el largo plazo.

“Es normal que durante las primeras semanas después de una tragedia de esta magnitud se produzcan algunas reacciones. La destrucción, los miles de muertos y la percepción colectiva de que era un acto de gran maldad, creó el ambiente para que algunos comentaristas escribieran cosas inapropiadas y que, por consecuencia, algunas empresas los despidieran. En ese tiempo de luto, a mucha gente algunas de las cosas escritas les parecen iguales que ponerse a gritar durante un funeral. No sólo es de mal gusto, sino una especie de insulto.”

Explica que el peligro no radica en la probabilidad de que “nos encontremos en esta situación de luchar contra el terrorismo durante muchos años. No podemos acostumbrarnos a despedir impulsivamente a cada escritor que deja caer una fase o dos que nos ofendan sin dañar la libertad de expresión.

La tentación patriótica

Alexandre Lévy y François Bugingo, representantes de la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF), investigación durante un mes el papel de la prensa estadunidense tras los ataques del 11 de septiembre.

Su informe –titulado Entre la tentación patriótica y la autocensura- describe “varios intentos de las autoridades estadunidenses destinados a controlar el trabajo de los medios de comunicación”.

Así, señalan: “Sólo agentes del FBI se presentaron en las sedes de los principales proveedores de acceso a Internet (Hotmail, AOL, Earthlink, etcétera) para recabar información sobre eventuales intercambios por e-mail entre los terroristas. Amparándose en el anonimato, algunos ingenieros que trabajan en esas empresas manifestaron a la revista Wired que los agentes del FBI también querían instalar el servicio de vigilancia electrónica Carnivore (recientemente rebautizado como DCS 1000) en la computadora principal de los proveedores de acceso con base en Estados Unidos (…) Otro ingeniero que trabaja para Hotmail precisó que el  FBI exigió –y consiguió- todas las informaciones de las cuentas cuya dirección incluía la palabra ‘Alá’”.

El sistema Carnivore –que permite registrar y almacenar los datos intercambiados por usuarios de Internet- se instalaba sólo por orden de un juez. El 13 de septiembre (dos días después de los atentados), el Senado aprobó la Combating terrorismo act que libera a los servicios de inteligencia de una orden judicial para instalar el sistema Carnivore. Sin embargo para que dicha medida sea efectiva, falta que el texto sea aprobado por una comisión paritaria del Senado y de la Cámara de Representantes.

Igualmente, dice el informe, las autoridades estadunidenses intentan prohibir la criptología, procedimiento que permite proteger la confidencialidad de los internautas.

Los representantes de RSF señalan que tres el discurso del presidente Bush ante el Congreso el 20 de septiembre, cambió el contenido y el tono de los medios de comunicación de Estados Unidos, particularmente de las cadenas de televisión. “Adoptaron un tono resueltamente patriótico y la información ha empezado a perder en beneficio de la propaganda, dijo el periodista francés Eric Leser.

Después de ese discurso de Bush –dice el informe de la RSF- , “la suerte de las víctimas quedó en segundo plano; los canales de televisión dedicaron todo su tiempo a celebrar a los ‘nuevos héroes’ del país: bomberos, fuerzas de la policía y del Ejército, políticos y, sobre todo, a mostrar la imagen de una nación indivisible y combatiente, dispuesta a librar una guerra contra los que la habían atacado: ‘La nueva guerra de América’ y luego ‘En guerra contra el terror’ (CNN) o ‘América contraataca’ (CBS) han sido las consignas, acompañadas de la hora omnipresente bandera estrellada, impresas en la pequeña pantalla.

“Los programas se convierten en tambor que resuena y bandera que ondea al viento. Ya no se trata de información”, dijo a los representantes de RSF Rachard Hetu, corresponsal del diario canadiense La Presse.

Los “perros guardianes”

El informe habla del debate en la prensa estadunidenses para no difundir las imágenes de los cuerpos rescatados de los escombros de las Torres Gemelas. Así mismo, consigna cómo las autoridades filtran y editan las imágenes de dichos rescates para luego proporcionarlas a los periodistas. Da cuenta de cómo la Guardia Nacional impuso un complicado sistema de acreditación e impide el paso y el trabajo de fotógrafos y reporteros en el área de rescate.

El informe comenta el intento de las autoridades por prohibir la difusión de una entrevista con el jefe supremo de los talibanes, el gullah Mohamed Omar, a través de la emisora radial Voice of America (VOA), que pertenece al Departamento de Estado. El director de información de VOA protestó y más de 150 periodistas firmaron una petición para que se difundiera la entrevista, VOA finalmente lo hizo público el 25 de septiembre.

Los enviados de RSF concluyeron: “La simbiosis que parece operar entre el tono de los principales patrocinadores audivisuales y la política de Estados Unidos puede, al final minimizar el papel de ‘perros guardianes de la democracia’ que, hasta ahora, tenían la mayoría de los medios de comunicación”.

Informando al enemigo

Si un público con  pánico exige la censura, ¿cuánto le molestarán las imágenes de muertos y destrucción en los periódicos y revistas? ¿Y cuánta repulsión tendrán ante escenas que pueda transmitir la televisión en directo desde los campos de batalla?

Estas situaciones exigen el máximo de discreción, explica Eason Jordan, presidente para noticias internacionales de la CNN.

A partir de su experiencia en la cobertura de la Guerra del Golfo –cuando la televisión transmitió por primera vez en vivo y directo la caída de misiles Scud sobre Bagdad- Jordan da a conocer los criterios para cubrir conflictos modernos.

Por ejemplo, cuando las tropas estadunidenses estaban apunto de invadir Kwait desde Arabia Saudita, “sabíamos que iban a entrar por la izquierda para sorprender al enemigo, pero no lo informamos”. En cambio, “si hubiera sucedido la destrucción masiva , pienso que lo hubiéramos reportado todo”.

Aclara que CNN tiene una política muco más agresiva para cubrir la amenaza inédita del terrorismo dentro de Estados Unidos: “Tenemos muy claro de que serios ataques podrían suceder (…) En Osama Bin Laden tenemos a un enemigo que ha llamado a usar armas químicas y nucleares contra Estados Unidos. Creo que sería irresponsable no avisar al público”.

Para luchar contra esas amenazas, el abogado Abrams se declara “a favor de reducir las garantías de privacidad establecidas en la Cuarta Enmienda, lo que permitiría mayor vigilancia”.

Y asegura: “Tenemos que sacrificar libertades personales para tener más seguridad. Pero al mismo tiempo, pienso que necesitamos proteger agresivamente la Primera Enmienda para garantizar la libertad de prensa. Y es que, si damos más poder al gobierno, tenemos que vigilar que no abuse de ese poder”.

A quienes reclaman que el gobierno necesita un mayor apoyo de la prensa para cumplir sus deberes militares, Victor Navasky del semanario The Nation  les recordó el fiasco de Bahía de Cochinos a principios del los sesenta. Según él, “poco antes de la invasión, el presidente Kennedy pidió a algunos medios no publicar notas que confirmaban el entrenamiento de comandos anticastristas en  la base estadunidense de Guantánamo”. La revista conservadora The New Republic accedió. El diario New York Times publicó una breve información en sus últimas páginas. Sólo The Nation le dedicó amplio espacio en primera plana.

Justifica Navasky: “Nuestra posición es siempre: ‘Si la prensa lo sabe, ¿por qué pensar que el enemigo tampoco lo sabe?”

Desde esta óptica, Navasky considera que el New York Times hubiera servido mejor a su país si publicaba los planes para un supuesto ataque sorpresa que en realidad no lo era. Así lo dice, hubiera salvado al gobierno de Estados Unidos del humillante fracaso ante Castro.