Pascal Beltrán del Río
LONDRES.- Tan en serio ha tomado Tony Blair su papel de orquestador de la “coalición internacional contra el terrorismo”, que cuando vio el vide de Osama Bin Laden había dejado grabado para ser transmitido en el momento en que comenzaran los bombardeos sobre Afganistán, inmediatamente pidió ser entrevistado por Al Jazira, la televisora en lengua árabe que difunde los comunicados del hombre más buscado del mundo.
La anterior es sólo una de las muchas formas en que el primer ministro de Gran Bretaña ha irrumpido en la escena internacional a raíz de los atentados del 11 de septiembre.
Mediante constantes viajes al extranjero, en los que ha acumulado tantos kilómetros como una vuelta al mundo, e incesantes pronunciamientos sobre el terrorismo y las relaciones internacionales, Blair ha adquirido un perfil que deja al presidente estadunidense George Bush en un segundo plano, como siempre anunciador de amenazas.
También ha dejado a los británicos sorprendidos con su activismo, que para algunos es un despliegue de sus dotes de estadista y para otros, un protagonismo digno de preocupación.
Hasta ahora la mayoría respalda las acciones de Blair, quien goza de elevados niveles de aceptación. Las encuestas lo muestran como el primer ministro más popular desde Winston Churchill. Incluso los líderes de oposición lo apoyan, al grado de convertirse, como dice el comentarista política Andrew Rawnsley, en meras “cajas de resonancia”.
Sin embargo, los escépticos han encontrado un campo propicio en la prensa –poco adepta a reconocer méritos de reciente adquisición- y ahí han hecho notar, con sarcasmo, que el primer ministro tiene más un estilo presidencial que parlamentario. “Presidente Blair”, le dicen.
Unos y otros han bailado al ritmo que les ha tocado el primer ministro, quien ha sabido combinar el cabildeo diplomático –en que ha aparecido como su propio ministro de Relaciones Exteriores-, con el discurso político profundo -“vamos a reordenar el mundo”, urgió a sus correligionarios laboristas en un reciente congreso del partido-, con el uso de la fuerza militar, simbólica hasta ahora, contra el régimen Talibán.
Y con ello ha logrado cambiar por ahora la discusión en este país, que hasta antes de 11 de septiembre giraba en torno del estado desastroso de los servicios públicos, que algunos –como el diario The Wall Street Journal– han calificado de tercermundistas. Ahora mismo, la quiebra del sistema ferroviario británico parecer haber sido enterrada por el ferviente activismo internacional de Tony Blair.
Y no es que Blair haya necesitado maniobras de distracción para conservar el poder. En junio último, su propuesta política, el Nuevo Laborismo, logró su segunda victoria electoral aplastante.
Blair ha sido hábil en capitalizar aparentes desventajas. La primera de ellas, buscar el poder desde un partido que en los largos años de gobierno conservador parecía destinado a no volver a ser mayoría.
Del rock a la política
Anthony Charles Lynton Blair nació en Escocia, en mayo de 1953, hijo de un padre militante comunista converso al conservadurismo y una madre de fuerte raigambre religiosa protestante.
Su juventud fue caracterizada por la rebeldía, que casi le costó la expulsión de la preparatoria.
Una biografía del primer ministro, escrita por John Rentoul y publicada en marzo pasado, reveló detalles de la juventud de Blair, particularmente el año sabático que se tomó, en 1971, cuando tenía 18 años, antes de estudiar leyes en la Universidad de Oxford.
El retrato de Rentoul hace de Blair es el de un joven de pelo largo, peinado de raya en medio, al que le gustaba vestir camisetas desteñidas e imitar a Mick Jagger, el líder de los Rolling Stones.
Durante un año, Blair se instaló en Londres con la ambición de convertirse en promotor de grupos de rock. Según su amigo y entonces socio Alan Collenette, “sus pertenencias eran una guitarra azul, a la que llamaba Clarence¸ y una vieja maleta que contenía, cuando mucho, ropa para cambiarse una sola vez”.
En una foto de juventud, Blair y Collette aparecen sentados sobre el techo de su camioneta azul destartalada, del estilo que popularizaron los hippies en los años setenta. Descalzo, Blair viste pantalones de mezclilla negros desteñidos y una apretada camisa abierta hasta el abdomen.
Sin experiencia alguna en el negocio musical, Blair y Collenette formaron un grupo de rock y se dedicaron a organizar conciertos en iglesias londinenses que rentaban con la ayuda de la Sección Amarilla. Su acto más ambicioso donde organizaron un concierto con diferentes bandas, que resultó un fracaso.
En Oxford, Blair cambió la música por la política cuando conoció a Peter Thompson, un exsacerdote anglicano de nacionalidad australiana que predicaba una visión socialista del cristianismo. “Es la persona que más me ha influido”, ha dicho el primer ministro.
En discusiones de café interminables, Blair y Thompson hablaban de la relación entre la teología y la política, la dicotomía reforma-revolución y el concepto de comunidad. Sobre su relación con Thompson, Blair ha comentado: “Siempre había creído en Dios, pero me había despegado de él un poco. La idea (de Dios) no tenía sentido para mí, hasta que Peter la hizo relevante, de modo práctico más que teológico. La religión dejó de ser una cuestión personal con Dios y comencé a verla en un contexto social”.
Blair también se inspiró en la obra del filósofo escocés John Macmurray que combatía la idea liberal de los individuos pueden hacer lo que quieran mientras no dañe a los demás y preconizaba que las personas sólo existen en la medida en que se relacionan con otras. “Si realmente quieren entender quién soy, tienen que leer a un tipo llamado John Macmurray”, ha dicho Blair.
Al graduarse de Oxford, en 1975, Blair era lo que su biógrafo John Rentoul llama un “socialista ético”. El viejo Partido Laborista no lo convencía del todo, pero decidió afiliarse a él porque lo veía “como el único vehículo para su interés político”, dice Rentoul.
Ocho años después, Blair llegó al Parlamento, como el miembro más joven de la bancada laborista, elegido por el distrito de Sedgefield. Pronto se colocó como un modernizador del partido, entre muchos políticos de la vieja guardia. Diecisiete meses después de llegar al Parlamento, Blair fue promovido a las primeras filas de la bancada. Sin embargo, eran los años en que los conservadores parecían invencibles en la política británica. Para 1992, los laboristas habían perdido cuatro elecciones consecutivas.
La muerte del dirigente laborista John Smith, en mayo de 1994, abrió la puerta para que Blair se colocara en la antesala del poder. El 21 de junio de ese año, a la edad de 41 años, se convirtió en líder del Partido Laborista, “el más joven y más heterodoxo de los dirigentes laboristas”, escribe Rentoul. Estaba en la antesala del poder.
En las elecciones de 1997, bajo las banderas del “Nuevo Laborismo”, Tony Blair se convirtió en el primer ministro más joven de la Gran Bretaña en 185 años. Como Bill Clinton, con quien comparte características personales y políticas, había conseguido que su partido volviera al poder después de un largo ayuno.
El vocero de Washington
No es la primera vez que Tony Blair emprende una campaña internacional en medio de una guerra. Ya lo hizo durante la crisis de Kosovo. Igual que entonces, Blair se ha elevado por encima de los problemas nacionales.
En una columna en el diario londinense The Times, la comentarista Libby Purves afirmó: “Nuestro primer ministro debiera pasar menos tiempo con el hombro pegado al presidente George Bush y más tiempo empujado la rueda aquí en casa. El frente nacional también necesita atención”.
Prácticamente desde el 11 de septiembre, Blair ha tomado como asunto propio la respuesta al terrorismo, con un aplomo la respuesta al terrorismo, con un aplomo que sólo había demostrado en tiempos de campaña. Ha viajado más de 35 mil kilómetros, según la última cuenta, llevando un mensaje de unidad contra los terroristas lo mismo a Washington que a Moscú que a Islamabad que a El Cairo.
Pero ni siquiera la energía de Blair ha logrado disipar las dudas que hay en el mundo musulmán respecto de la campaña militar contra Afganistán. El primer ministro ha intentado contrarrestar esto mediante enérgicos llamados distinguir el Islam del terrorismo.
En parte, quizá, por su formación religiosa –se dice que ha estudiado el Corán desde hace varios años- se ha reunido con dirigentes islámicos de Gran Bretaña y ha dicho que el Islam es “una región de paz” y que los organizadores de los atentados del 11 de septiembre “no deben ser llamados terroristas islámicos sino terroristas a secas”. Ese mismo argumento lo repitió en la entrevista que concedió a la televisora Al Jazira.
Su alto perfil también le ha valido convertirse en blanco de amenazas. Un dirigente musulmán británico de origen sirio dijo la semana pasada que cualquier mahometano que atente contra Blair sería honrado. La policía esta revisando los comentarios del dirigente, el jeque Omar Bakri, por si puede emprender acción legal contra él. Así mismo, Londres ha estado en alerta desde que comenzaron los bombardeos en Afganistán, con ciertos de policía más patrullando las casas y vigilancia es especial en instalaciones importantes como el aeropuerto y el tren subterráneo.
La alianza de Blair con Estados Unidos no ha venido sin desavenencias. Mientras que Washington parece extender la campaña militar punitiva más allá de Afganistán, el gobierno británico ha exterminado otra posición. En Omán, el propio Blair descartó incluso que Irak pudiera ser el siguiente país que sufra bombardeos.
Es quizá ese aspecto del activismo internacional de Blair, el aparecer como vocero de un esfuerzo primordialmente estadunidense, el que más molesta a los críticos del primer ministro.
En un editorial, el diario The Guardian sintetizó así el reclamo: “El presidencialismo de este tipo no es inteligente ni correcto. No es inteligente porque puede producir malas decisiones porque puede producir malas decisiones, minar la autoridad de otros ministros y, si las cosas salen mal, derrumbar toda la empresa. En la actual crisis, el papel diseñado por Blair es una ilusión postimperial muy británica.
Crea expectativas inalcanzables, especialmente cuando todas las decisiones y las acciones reales van a ser tomadas por los estadunidenses. Pero es también simplemente incorrecto. Un país mayor de edad perece un gobierno maduro, con apertura y decisiones colectivas como sus principios. La manera que Blair está haciendo las cosas ahora causa cierto miedo”.








