María Pallais
WASHINGTON, DC.- Un joven de 23 años disparó un revólver al aire y roció un líquido en un tren que salía de la estación del metro Southern Avenue, en Washington. La histeria se apoderó de los pasajeros. El lugar fue clausurado durante seis horas, y 21 personas fueron aisladas. Las autoridades temían que fuera el inicio de la tan anunciada guerra bioquímica que mantiene a Estados Unidos al borde de un ataque de nervios.
El incidente –ocurrido el martes 9- resultó ser un hecho de poca importancia, sin relación alguna con ataques bioquímicos. El muchacho, Kenneth Ranger Jr., es un delincuente común, y la sustancia que roció, un líquido para limpiar alfombras nada tóxico.
Al día siguiente, el simple olor a gas natural en el metro provocó que miles salieran corriendo despavoridos y que las estaciones Judiciary Square y Gallery Place-Chinatown en Washington fueron evacuadas durante dos horas.
La misma lógica que hizo reaccionar a las autoridades durante dos días consecutivos en el metro de Washington, motivó a quienes examinaron médicamente a un individuo –que optó por no revelar su identidad- el miércoles 10, luego de que el residente del estado de Virginia entró a un hospital, arguyendo que había inhalado ántrax. No fue el caso.
En cambio, el ántrax sí causó la muerte de Robert Stevens, de 63 años, en la Florida, y la intoxicación de tres personas más: dos también en Florida y una en Nueva York. En este último caso –una empleada de la cadena de televisión NBC-, la infección es cutánea y considerada menos grave que la respiratoria, registrada e los tres casos anteriores. Todo ello provocó que el FBI abriera una investigación que –hasta el viernes 12- no ha podido vincular con posibles represalias bioquímicas tras los bombardeos contra Afganistán.
Cuando el 3 de octubre el croata Damir Igric, de 29 años, secuestró un camión Greyhound en el estado de Tennessee, 120 kilómetros al sureste de Nashville, le hizo un corte en el cuello al chofer, provocó la volcadura del autobús y murieron seis pasajeros, la reacción de la gran mayoría de los estadunidenses fue algo así como “más de lo mismo: Bin Laden y sus secuaces…”
Incluso, el Departamento de Estado ha sido víctima de la paranoia que parece haber contagiado a la gran mayoría de los estadunidenses tras los ataques terroristas del 11 de septiembre.
Una escuadra del FBI salió disparada hacia el edificio que alberga una dependencia gubernamental cuando, en la oficina de correo ubicada un piso debajo del despacho del secretario de Estado, Colin Powell, un empleado abrió un sobre y cayó de él un “polvo blanco”. De inmediato, se clausuró el área y se apagó el sistema de ventilación, como medida de precaución. Resultado: otra falsa alarma.
El jueves 11, en el aeropuerto Internacional de Baltimore-Washington, las autoridades clausuraron las puertas de salida y entrada de los vuelos de la línea aérea U.S. Airways durante casi una hora, luego de que fue detectado un objeto que parecía estar conectado a “sospechosos” cables eléctricos. Era un radio común y corriente.
El 1 de octubre, un pasajero transformador, Edward A. Coburn, irrumpió en la cabina de un vuelo de American Airlines. Los otros pasajeros ayudaron al piloto y al copiloto a controlar al individuo, lo que inevitablemente trajo a la mente de todos lo ocurrido en el vuelo de United 93, que se estrelló en Pennsylvania, en el que murieron 45 personas.
Y, cuando un leve temblor sacudió el estado de California el domingo 7, el nerviosismo provocó que muchos, ahora sí sin lógica alguna, culparan a Osama Bin Laden y a sus seguidores.
Vivir con miedo
Estados Unidos inicia este otoño sumido en un clima de intensa paranoia provocado por una combinación de angustia ante lo desconocido, tras los ataques suicidas de hace un mes, y una actitud contradictoria frente a las estrictas medidas de seguridad adoptadas a posteriori.
“Lo que sucede es que la gente está muy vulnerable para volver a sentir el mismo trauma (11 de septiembre), entonces cualquier estímulo que perciben algo similar provoca que la memoria del trauma regrese, como si la tragedia estuviera ocurriendo otra vez”, explica la psicóloga María Rosen, residente en Nueva York y con 15 años de experiencia.
“Más que paranoia, yo diría que se trata de una vulnerabilidad frente al duelo y la angustia de la tragedia, que además ha provocado que la gente sueñe con que otro avión choca contra otro edificio, por ejemplo”, afirma la psicóloga.
“Todas estas conexiones que la gente ha hecho con lo sucedido el 11 de septiembre son como un esfuerzo que hacen para compensar un sentimiento de impotencia”, agrega Rosen, quien insiste en que la preocupación debería dirigirse hacia los niños.
Nada de lo sucedido durante las últimas semanas ha creado el ambiente más propicio para la fiesta de Halloween (Día de Brujas) que se celebra todos los años a finales de octubre, cuando los niños salen a pedir golosinas por el vecindario. Ese año a la gran mayoría de los padres de familia optaron por repartir caramelos en sus hogares o en grupos pequeños, según una encuesta de un canal de televisión de Washington.
“Sin embargo, es importante que los niños sientan que, tras la catástrofe, pueden regresar a la rutina. Por eso, creo importante que los padres de familia no les impidan salir a celebrar el Halloween. Al contrario: hay que insistir en que vayan, acompañados por supuesto”, aconseja la psicóloga.
Pero hay quienes opinan lo contrario Mary Joanne Márquez, funcionaria del Fondo Monetario Internacional, no solamente impedirá que sus hijos salgan el próximo 31 de octubre, sino que ella misma optará por no acercarse ese día a ninguna de las explanadas que abundan en Washington. Márquez circuló la semana pasada por el ciberespacio el siguiente mensaje que ha creado toda una cadena de reacciones: “El pasado 7 de octubre, mi amiga Collen llegó a hacerse un tratamiento facial a un shopping mall (en las cercanías del Distrito de Columbia) al mismo tiempo que agentes del FBI salían de interrogar a una mujer que trabajaba allí, tras recibir información de que ella conocía a otra mujer que salía con un hombre de descendencia árabe, quien al parecer, participó en los ataques del pasado 11.
“Antes de desaparecer el verano pasado este hombre le dejó una nota a su novia que decía algo así como: tengo que irme y no podré verte nunca más. Hazme un favor y no vueles en ningún avión el próximo 11 de septiembre, y no vayas a ningún mall el 31 de octubre…”
Márquez explica que es mejor “estar segura que arrepentida” (better safe than sorry) y que ella, al menos, “tomó el mensaje en serio”. Y agrega: “Por favor, tomen esto en cuenta… ¡Tomemos precauciones! Yo no sé dónde viven ustedes, pero mi casa queda cerca de una calle que colinda con un shopping mall. Estoy pensando dónde trasladarnos el próximo 31 de octubre…”.
“Puede ser que este año el Halloween se trágico”, concluye su mensaje.
Los vulnerables
Más allá del Halloween, muchos padres de familia confiesan que se sienten angustiados por la información a la que sus hijos están expuestos.
El doctor Nathaniel Pitts, padre de Stephie, una niña de siete años residente del estado de Virginia, por ejemplo, se confiesa preocupado por que su hija “cita de manera permanente todo lo que escucha en la televisión” y duda de que eso sea sano para ella. Como medida de precaución, Pitts intenta servir de “traductor y maestro” de las noticias que emanan de las pantallas fuera de su casa, donde sí existe una cierta censura.
“Me he visto obligado a explicarle las diferencias entre las religiones, los grandes filósofos, las diferencias entre los países, la guerra en el Medio Oriente, Bin Laden, las nuevas medidas de seguridad en los aviones…Stephie ha recibido un curso intensivo en asuntos internacionales, como el que yo recibí en la universidad. Esto no estaba dentro de mis planes para estos momentos de su vida…”, agrega Pitts, quien es científico de la Universidad de George Washington.
Como él están preocupados por que las medidas de seguridad adoptadas tras los ataques sean permanentes, o que por lo menos duren un largo tiempo, considerado que el jueves 11, el FBI recomendó tomar “todas las medidas posibles” ante inminentes ataques terroristas en los próximos días.
“Me preocupa que la seguridad se convierta en algo dominante en nuestras vidas y que ello cambie la forma que tenemos de relacionarnos con gente distinta a nosotros, de otras religiones, de otros países, de otras razas, por ejemplo”, afirma.
“El legendario sentimiento de invulnerabilidad americano, eso que nos hacía en extremo optimistas, eso que nos hacía ‘subirnos a cualquier montaña’, ha sido destrozado para siempre”, reflexiona, por su parte, la banquera neoyorquina Nancy Rochford.
Entre las medidas de seguridad adoptadas, se podrían enumerar las siguientes.
-Se habla de crear una tarjeta de identidad universal para que todos los ciudadanos del país la lleven siempre, lo que ha provocado todo un debate sobre el significado de “ser estadunidense” y cómo lograr un balance entre la libertad que siempre ha caracterizado a este país y la nueva necesidad de seguridad.
-Los aeropuertos, las estaciones de trenes y de camiones están siendo vigiladas por un nuevo contingente de policías, algunos armados, otros no, pero todos vestidos de militares, lo que añade una dimensión nueva al panorama de Estados Unidos.
-Funcionarios de la ciudad de Denver, en el estado de Colorado, por ejemplo, decidieron cancelar una celebración de fin de año porque no contaban” con los recursos policíacos suficientes” para asegurar que el evento tendría suficiente protección.
-Cancelaciones de todo tipo de actos, como la entrega de los Premios Grammy, que ha sido postergada ya dos veces.
-Secciones especiales en todos los noticieros sobre qué hacer ante un ataque bioquímico, biológico, e incluso nuclear.
El temor es real. Y lo ilustra el incremento de las ventas de máscaras de gas. Sólo en la ciudad de Washington, la compañía KX vendió en las últimas dos semanas unas 2 mil máscaras que, según autoridades de salud, no servirían para protegerse de un nuevo ataque terrorista, sea éste químico o biológico.
“En caso de un ataque biológico, las máscaras de gas no sirven para nada”, han dicho de manera reiterada funcionarios de salud, expertos en terrorismo bioquímico y/o biológico, incluyendo el secretario de Salud Pública, Tommy Thompson.
Pero hay quienes prefieren prevenir que lamentar.
Los que no han comprado máscaras de gas, compran agua, víveres, tiendas de campaña, antibióticos, comida enlatada. Van al centro comercial y regresan como a la espera de lo desconocido.
“No sabemos qué se nos viene. Pero que algo viene, de eso estamos seguros. Y nada perdemos tomando algunas precauciones”, señaló Jane Sacasa, una ama de casa residente en Nueva York.
En un intento elocuente por explicar la evidente angustia nacional, la columnista Molly Ivins del diario The New York Times escribió que el clima se siente “pegajoso, paranoico, sobre lo que viene después”. Y se preguntó: “¿Cómo combatir enemigos que no podemos ubicar, detectar o eliminar? ¿Quién podría utilizar tácticas y armas contra las que tenemos escasa protección?








