George W. Bush, el líder por accidente

Ángel Jaramillo

WASHINGTON, DC.- Semanas después del 11 de septiembre, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, parece un aplicado estudiante de historia. Varios testigos lo han visto salir de sus oficinas con un tomo del libro Abril 1865: el mes que salvó a América,  un best seller acerca de la victoria de Lincoln en la Guerra Civil y de su asesinato en el teatro Ford mientras asistía a la comedia Nuestro primo americano.

Los ataques terroristas han cambiado  no sólo las prioridades del gobierno de Estados Unidos, sino los usos y costumbres en la Casa Blanca. Los funcionarios fatigan a los cafés de la zona con pedidos de libros sobre la historia y la cultura del Islam, quizá demasiado tarde…

Pero el presidente mismo se transformó: de tímido y titubeante, se muestra ahora elocuente; de inexperto en política exterior y con tentaciones aislacionistas, busca ahora ser el líder mundial contra el nuevo enemigo: el terrorismo.

Se trata del mismo hombre que durante su campaña electoral confundió a los talibanes con su grupo de rock y a Eslovenia con Eslovaquia y que hoy se encuentra accidentalmente ante el desafío de comportarse como un estadista cuyo momento ha llegado.

Por lo pronto, las encuestas lo ubican en 90% de popularidad, la prensa ha dejado de reírse de él y –en aras de la unidad nacional- está sacando en el Congreso su agenda de gobierno: durante el último mes, todas las iniciativas de la Casa Blanca o de la bancada republicana fueron llevadas al Congreso con la etiqueta de “seguridad nacional”, sea cual fuere su contenido.

El provincialismo

Los primeros ocho meses del gobierno de Bush fueron un homenaje al minimalismo de Bill Clinton, La política estaba dominada por asesores de imagen: Karl Rove y Karen Hughes tenían controlada la agenda presidencial cuyo objetivo último era conservar los ratings de Bush por arriba de 50%

De hecho, el 10 de septiembre –un día ante de los ataques terroristas-, una encuesta de ABC News y The Washington Post mostraba que la popularidad había caído de 61% a 55% en el último mes. Además, dos de cada tres estadunidenses estaban en desacuerdo con el estado de la economía del país y pensaban que los recortes de impuestos lanzados por Bush estaban dañando las finanzas de la nación.

Incluso, ese mismo día, previo a los ataques en Washington y Nueva York, Bush recibía críticas del sindicato de maestros por sus proyectos de ley en educación, y el senador Joseph Biden se oponía en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado al proyecto del escudo antimisiles.

La política exterior estaba en gran parte definida por los intereses domésticos. El presidente invitó a Vicente Fox a la primera cena de Estado, porque entre otras razones, quería atraer el respaldo y ganar los votos de la comunidad mexicana en Estados Unidos. Antes del día fatídico, la agenda presidencial para el otoño incluía propuestas tan inocuas como la de ayudar a que los abuelos estadunidenses pudiera escribir correos electrónicos a sus nietos o iniciativas insustanciales como la de promover que los medios de comunicación transmitan “buenas” noticias.

Pero los ataques del 11 de septiembre, el inquilino de la Casa Blanca es otro. “El hombre acorralado se vuelve elocuente”, dijo George Steiner. Bush sorprendió hasta a sus más acerbos críticos por la manera tan cuidadosa con la que ha respondido a la catástrofe y han aplaudido la elocuencia de su discurso del 20 de septiembre ante el Congreso.

Desde los tiempos de campaña de Bush, los seleccionistas de errores gramaticales y frases absurdas descubrieron una veta inagotable en el humor involuntario del presidente de Estados Unidos. Uno de los blancos más atendidos por estos escrutadores del “sinsentido era el provincialismo del presidente, su ignorancia acerca de lo que ocurría en el mundo allende las fronteras estadunidenses. Oliver Duhamel, comentarista francés de asuntos exteriores del periódico Le Monde, describió a Bush como un ejemplo de la crétinisation de la política americana.

El provincialismo de Bush es extraño. Fue educado en Andover, Yale y Harvard, cuando volar en una línea aérea internacional era muy barato. Tenía 25 años cuando su padre fue nombrado embajador en las Naciones Unidas y, sin embargo, decidió permanecer en casa. No visitó China sino hasta 1975, cuando su padre era agregado de la embajada en ese país, y el Medio Oriente en 1998, cuando ya pensaba seriamente en lanzar su candidatura a la Presidencia.

La escasa experiencia diplomática de Bush, antes de convertirse en presidente, provenía de su trato con México cuando era gobernador de Texas. De acuerdo con su Asesora de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, “el conocimiento práctico que adquirió Bush al lidiar con México no debe despreciarse, pues es mucho más valioso que si hubiera atendido los seminarios del Council on Foreign Relations en los últimos años”.

Uno de los secretos del éxito de Bush es que siempre sorprende a quienes lo consideran poco dotado para al inteligencia. De acuerdo con sus más cercanos colaboradores, aprende muy rápido. Hace pocos meses, un periodista y el presidente sostuvieron el siguiente intercambio durante una recepción para ayudar a los trabajadores del tercer mundo:

-Dígame, ¿cuál es el peor país en el mundo? –preguntó Bush.

-Congo, señor presidente

-Ok. ¿Cuál es el segundo peor?

-Afganistán, señor presidente.

-Oh, es ahí donde esos lunáticos volaron aquellas estatuas.

Bush se refería a las enormes estatuas de Buda en Bamiyan que el gobierno Talibán destruyó el año pasado. Pero es posible que el interés de Bush por el Islam se deba más a el ecumenismo religioso que a su curiosidad por el Medio Oriente. Frecuentemente, el presidente salpica sus discursos con citas que saca de su propio tomo del Corán, un regalo del iman Muzammil H Siddiqi. Bush, al parecer, continúa con una tradición estadunidense: en tiempos de guerra, los presidentes recurren a la religión; es sabido que, durante la Segunda Guerra Mundial, Franklin Delano Roosevelt leía al filósofo cristiano Soren Kierkegaard.

El elegido

Los ataques terroristas  han transformado de manera capital su visión del mundo. De la tentación aislacionista de los primeros días de su gobierno, el presidente promueve ahora una política exterior mucho más activa y comprometida.

Bush hizo una campaña presidencial basada en la idea de que Estados Unidos debería apartarse de las zonas donde su interés nacional no estuviera en juego. Su primer gesto como presidente electo fue terminar con los recursos canalizados a las organizaciones que apoyaban el aborto en otros países. En el Medio Oriente, el gobierno de Bush abandonó las pláticas de paz que israelíes y palestinos celebraban en Egipto y eliminó el puesto de enviado especial de la Casa Blanca para esa región. Por decisión de Colin Powell, fueron también cesados 55 enviados especiales que la administración Clinton tenía en lugares como Haití, Congo, Chipre y los Balcanes.

En Colombia, Bush desatendió la demanda del presidente Pastrana para que el gobierno estadunidense mandara un observador a las pláticas de paz con las FARC, el grupo guerrillero más grande del país.

Con un ojo puesto en los dilatados espacios texanos, el presidente Bush había preferido ver hacia adentro y rechazar los compromisos del país con la comunidad de naciones, aun en contra de lo que opinaban sus colaboradores.

Cuando el presidente de Corea del Sur, Kim Dae Jung, fue a Washington, Bush se reunió con su equipo de Seguridad Nacional antes de su cita con el coreano. Esa mañana, el secretario de Estado, Colin Powell, había declarado que Bush continuaría con la política de Clinton para normalizar sus relaciones con Corea del Norte. En presencia de Powell, Bush dejó claro que Corea del Norte no era un país en el cual confiar y que no estaba interesado en normalizar la relación bilateral.

Pero esa no ha sido la única vez en que Bush toma iniciativas propias. En una reunión donde se discutía el tema del cambio climático, el primer ministro de Alemania, Gerhard Schroeder, le comentó que su país objetaba la decisión del gobierno estadunidense de no respaldar el protocolo de Kioto. La respuesta de Bush fue una pregunta: “¿De dónde va a obtener Alemania su energía dentro de 20 años?

Para la mayor parte de sus críticos, el presidente Bush no da un paso sin que el vicepresidente Dick Cheney o el secretario de Estado Powel le digan qué hacer. De acuerdo con esta idea, Bush seguiría ciegamente el script diseñado por sus experimentados asesores. Pero como lo muestran sus reuniones con los jefes de Estado de Corea y Alemania, el presidente tiene una gran autonomía.

Pero si Bush no es un cautivo de sus subordinados, sí depende y confía en ellos mucho más que en cualquier presidente anterior a él. Aunque Colin Powell no tiene el poder que tuvo Henry Kissinger en la época  de Richard Nixon, sí tiene una amplia libertad de movimientos. Después de Cheney, Powell es, sin duda, el hombre más influyente en el gobierno de Bush.

Si Powell mira hacia afuera, Condoleezza Rice mira hacia adentro. La asesora de Seguridad Nacional tiene la ventaja de ser amiga íntima del presidente, se conocieron en 1995 en una plática sobre béisbol y es una invitada frecuente los fines de semana que el presidente pasa en Campo David.

Lo que Bush ha definido como la primera guerra del siglo XXI ha transformado la estructura de la Casa Blanca. La política doméstica ha sido reorganizada en un Comité de Consecuencias Domésticas, dirigido por Josh Bolten, quien s también el encargado de rescatar la líneas aéreas y, sobre todo, de la relación con el Congreso.

Por otro lado. Los encargados de la política exterior y de la Seguridad Nacional –Colin Powell, el secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld; el vicepresidente, Dick Cheney, y Condolezza Rice- formaran ahora parte de un Consejo de Guerra que se reúne diariamente con el presidente. Estas dos estructuras gubernamentales son ahora las que formulan y diseñan las políticas del Ejecutivo.

La organización de un gobierno de guerra puede haberle dado a Bush un sentido de misión. Uno de sus asesores de campaña, Mark Mckinnon, señaló que Bush ve en la guerra un destino que le había sido guardado por la historia. De no haber sido por los ataques terroristas, es posible que Bush hubiera pasado a la historia como el presidente de la crisis económica. Si la administración de Herbert Hoover puso fin a la era del jazz y de la gran prosperidad de los años veinte, la administración de Bush parecía condenada a culminar la era del boom del Nasdaq, la bolsa de valores de las empresas dedicadas a la informática, que caracterizó la presidencia de Bill Clinton.

Durante el primer debate que sostuvo con Al Gore en la contienda electoral del año pasado, Bush pareció vislumbrar ese sentido de misión. Así contestó el futuro presidente una pregunta de Jim Lehrer, el famoso comentarista de PBS: “Como gobernador, una de las cosas que tienes que enfrentar son las catástrofes. Ahora recuerdo el fuego sobre Parker County, Texas. Recuerdo las inundaciones en mi estado. Son los momentos en que se prueba el coraje de un hombre (…) Los gobernadores tienen que estar a menudo en la línea del frente durante situaciones catastróficas”.