Víctor Flores Olea
Como anunciado, las armas tienen la palabra. Se ha iniciado ya la “larga y penosa” guerra contra el terrorismo. Incontables proyectiles y bombas han caído sobre suelo afgano y, conforme a los partes de guerra, este ataque ha sido parcialmente exitoso en destruir las defensas (¿?) militares de ese país, aeropuertos e instalaciones de medios de comunicación, cuarteles y campamentos donde entrenan los terroristas de Osama Bin Laden, La más desarrollada tecnología contra uno de los países más pobres de la tierra. Pero “bombas y pan”, se ha cuidado de decir George W. Bush, aludiendo a que es amigo del pueblo afgano y a que seguirá enviando ayuda caritativa a sus grupos desplazados. Esto es lucha por el Bien y en contra del Mal, según lo ha repetido machaconamente el jefe de la Casa Blanca y ha sido profusamente difundido por los medios de comunicación. Si los Demonios actuaron golpeando el corazón de la Gran Potencia ahora han de entender que el Bien tiene plenos derechos, esto es, que el “Impero Contraataca” y toma venganza y ejecuta represalias. Todo en orden, todo previsto y anunciado.
Y sin embargo, la revancha del poderoso parece ya, en esta hora tan temprana, provocar al futuro consecuencias que apenas se vislumbran. Una de elles es precisamente la de multiplicar el terrorismo, ampliándolo y profundizándolo.
El violento desagravio, si bien declaradamente se propone suprimir al terrorismo, parece ya estar causando el efecto contrario: su esparcimiento y radicalización. Y algo más, que Estados Unidos parecía evitar en la superficie: que el conflicto se convirtiera en “guerra de civilizaciones”. Consecuencia previsible porque la parte débil tiene el enorme recurso de agigantar su fuerza llamando a la lucha a más de mil millones de hombres sobre el planeta. De acuerdo, no todos tomarán así el desafío pero una inmensidad lo hará conforme a sus creencias. El contragolpe del Imperio se asemeja a un golpe ciego (o calculado) sobre un panal de abejas.
Ya, a lo largo y ancho del mundo islámico, se universalizan las protestas y se llama al contragolpe. Con resultados preocupantes en el plano político. Los radicales de todas partes se consolidan y van en ascenso: los grupos integristas en Palestina se manifiestan en contra de Yasser Arafat, el régimen de colaboracionista de Paquistán se debilita, los propios talibán, no obstante los golpes recibidos, parecen fortalecerse. La “Guerra Santa” se convierte en política y en una movilización social amplísima de resultados azarosos.
En esa “larga y penosa guerra”. Por supuesto, se manifiestan ya algunas de sus secuelas inevitables: el secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, anuncia que continuarán los bombardeos, sin descartar una ofensiva terrestre, con más grandes o pequeños contingentes especializados, advirtiendo además su país al Consejo de Seguridad de la ONU que la guerra podría extenderse a otros países. Y todavía más: el secretario general de la OTAN, George Robertson, declara que es necesario aumentar los gastos militares de la organización a los niveles de la Guerra Fría, como consecuencia de los atentados del 11 de septiembre. Robertson subraya que los países miembros de la Alianza necesitan dedicar ahora similares esfuerzos económicos en gastos militares a los requeridos en la Guerra Fría, que sirvieron “para garantizar la seguridad de generaciones” pasadas. Y añade: “Una parte significativa de ese gasto debe dedicarse a capacidades militares efectivas porque, si hemos aprendido algo en las últimas semanas, es que no sólo debemos prepararnos para lo que podemos prever sino para lo que no podemos prever”.
Todo pues en regla, como previsto y anunciado.
Salvo que la organización internacional, y con ella el mundo entero, sufre modificaciones esenciales. O expresa ya de manera abierta y en voz en cuello lo que contenía en el fondo de si misma: que vivimos en un mundo unipolar en que una sola potencia, la Gran Potencia, se erige en “guardián” y en policía único y último del planeta. Un mundo globalizado en que se barren en la práctica las normas del derecho internacional, y en que militar y económicamente la comunidad de naciones se encuentra sometida a las decisiones del Supremo Bien.
Iniciativas que no tienen una motivación moral, como pretende la nueva situación del mundo, el “nuevo orden internacional” proclamado por Bush padre y que ahora el hijo lleva a sus últimas consecuencia. Con lucidez, como siempre, Noam Chomsky, desde los días que siguieron al trágico 11 de septiembres, sostuvo que Estados Unidos no emprendía una guerra contra el terrorismo “sino en contra de sus enemigos”, porque si fuera de aquella manera estarían actuando diferentemente y no con la belicosidad indiscriminada que presenciamos.
Es evidente que esa guerra que pasa ante nuestros ojos a todo color y desde el cómo sillón de los hogares está muy lejos de haberse diseñado para combatir al terrorismo, sino que responde mas bien a otras finalidades: la ambición del control geopolítico y estratégico y la primordial satisfacción de los intereses del complejo industrial-militar y del puñado de corporaciones que controlan hoy la globalización neoliberal, precisamente esa globalización que ha propiciado la mayor concentración de riqueza de la historia y también el empobrecimiento de la mayor parte de los pueblos de la sociedad humana, esos terribles contrastes entre los beneficiados y lo excluidos de la globalización en marcha. ¿Cohetes, submarinos, gigantescos portaaviones, enormes bombarderos para combatir a la organización de los criminales suicidas que cometieron su asalto utilizado probablemente pequeñas navajas de escritorio?
Otras finalidades: sobre todo en un tiempo en que la recesión y la crisis han hecho su aparición y comienzan a castigarse severamente las tasas de ganancia del capital, después de 10 años o más de una “economía casino” que ha medrado sin límites y que ahora encuentra sus propios frenos internos, los inmensos gastos militares y en seguridad entran al rescate de la economía maltrecha. A favor de las corporaciones que se aprovecharán de los gigantescos contratos. En un tiempo además en que los desarrollos tecnológicos no necesariamente incrementan la productividad y en que resultan sobrepuestas las inversiones de capital sin fácil recuperación.
Pero, ¿no es entonces paradójico que el “nuevo orden internacional” que proclama la plena libertad de mercado y la eliminación del Estado de la economía se prepare ahora, en una “guerra prolongada”, a efectuar enormes gastos en armamentos y seguridad? ¿No es verdad que por la puerta trasera se confiesan los límites de la “pura” libertad de mercado y se recurre otra vez a la heterodoxia del Estado como factor de desarrollo y como palanca para evitar crisis y recesiones? Factor, por supuesto, y gastos enormes que en la nueva situación están destinados a restituir la “salud” de los grandes consorcios y de ninguna manera a lograr mínimamente, en ningún lado, la redistribución del ingreso a la justicia social.
A la violencia criminal se ha contestado con otra violencia terrible que traerá sobre el mundo consecuencias duraderas: no la eliminación del terrorismo, sino más bien su intensificación. En el cual será cada vez más difícil hablar de “comunidad de naciones” sino más bien de una organización piramidal en cuya cúspide, sin discusión e imponiendo condiciones al resto de las naciones, se encontraría irrefutable la Gran Potencia. La Gran Potencia que en la práctica ha decretado el fin de la soberanía de los Estados.
¿Y el Derecho Internacional y las organizaciones de carácter mundial? Borrados del horizonte y sometidos a una voluntad única. Al Consejo de Seguridad, el máximo organismo de paz y seguridad internacionales, apenas se le “notificará que probablemente serán atacados otros países. El mundo está en contra del terrorismo pero no en los términos en que lo ejecuta la Potencia, que inevitablemente causa innumerables víctimas inocentes en los territorios saturados por bombas.
¿Pero así será siempre? ¿Hasta cuando? Vale la pena recordar que, en definitiva, no se trata de una guerra entre el Sur y el Norte sino entre las fuerzas del statu quo que se oponen al cambio profundo de nuestras sociedades, tanto en el Norte desarrollado como en el Sur empobrecido. No, por debajo de las apariencias no se trata de un “choque entre civilizaciones” sino del conflicto entre la sociedad explotada y empobrecida (que vive en el Sur y en el Norte) y los grupos del poder económico (que también viven en el Sur y en el Norte) y que aprovecha la actual organización explotadora oponiéndose a cualquier transformación. Al terrorismo de los ricos, como siempre, sólo pueden dar fin las propias sociedades, que un día lleguen a imponer democráticamente la satisfacción de sus necesidades. ¿Aún podemos pensar en eso?
Y México, ¿de verdad no tiene otra salida que someterse y avalar política y moralmente una “guerra contra el terrorismo” que no es tal y que resulta violatoria de todos los principios y normas del derecho internacional? ¿Y nuestra historia? ¿O ahora únicamente tiene sentido y valor el más desaforado de los pragmatismos? No es así y las sociedades dirán en toda partes la última palabra.








