Las torturas de Nazar Haro

José Domínguez Rodríguez es uno de los seis hermanos que se incorporaron en los años setenta a grupos guerrilleros. Su encarcelamiento, como integrante del grupo “Los Lacandones”, su visión crítica de aquella época en que la guerra sucia desatada por los organismos gubernamentales generó asesinatos, desapariciones y todo tipo de violaciones a los derechos humanos, es relatado en su Testimonio, un texto inédito. Actualmente funcionario público del gobierno federal, Domínguez plantea la necesidad de que se esclarezcan los capítulos oscuros de aquella época. A continuación reproducimos fragmentos del capítulo sobre su encarcelamiento:

Detenciones, vejaciones y cárcel

El 25 de octubre del 72, accidentalmente, mientras realizaban la investigación de una empresa refresquera trasnacional para una expropiación, fueron detenidos dos de los integrantes del grupo Lacandones (Benjamín y José).Cual tragicomedia: el más ingenuo e inexperto de los dos llevaba un carro que no sabía manejar y una pistola al cinto que tampoco sabía cargar y que por diversas causas no pudo dejar en un lugar seguro.

En los primeros cinco días confinados en los sótanos de Tlaxocaque, tuvieron el “honor” de conocer y “disfrutar” el trato personal de algunos de los personajes más famosos del mundo policiaco de aquel entonces, que en los años posteriores ocuparían importantes espacios en las notas ligada a la página roja, primero como héroes, después como villanos.

El Drácula “¿Téllez Girón?”, comandante de los agentes que realizaron las primeras detenciones; Salomón Tanús, jefe mayor de la DIPD; Rocha Cordero, coronel, eficaz continuador del modelo diazordacista en el medio; y por supuesto el más brillante de todos, Nazar Haro, jefe máximo de las operaciones contraguerrilleras y con toda certeza el hombre que más poder tenía, después de Gutiérrez Barrios y de García Paniagua, y que más información tiene de esa guerra que día a día se ensuciará más.

Los golpes que siguieron a la impotente resistencia les parecían caricias comparadas con el derrumbe interno, la derrota, la tragedia, el terror y, ante todo, la responsabilidad que representaba caer en manos del enemigo. Las lecturas de personajes históricos o ficticios que atravesaron situaciones simulares abrumaban el pensamiento y la conciencia de los detenidos; las reglas del clandestinaje establecían con toda claridad:

Aguantar, callar por tres días, dar 72 horas para que los compañeros tomaran las medidas de seguridad correspondientes.

¿Qué es más doloroso, la derrota moral, o los golpes y torturas? Es aún incierto. ¿Qué era más terrorífico: la lucha interna, el sentimiento de la derrota, pensar en la incapacidad de resistir, en cómo cuidar y salvar a los compañeros, a los hermanos, a los amigos, a la familia; o los golpes, las vendas en los brazos, en los ojos, en la cara, por horas, con posiciones que nunca en su vida habría supuesto que aguantaría más de un minuto?

Luego, ser trasladado, en calidad de bulto, en la parte trasera de los carros policíacos bajos los pies de los agentes; aprender a vivir con la zozobra de ser llamado cada mañana, cada tarde, para ser conducido a una sesión de ablandamiento, ser amenazado de que hasta el tono de la voz y su mirada cambiarían después de algunas sesiones de ablandamiento y de pocito, lo cual resultó, hay que decirlo, tenebrosamente cierto.

Ya en el lugar designado para el ablandamiento en forma, las caballerizas del cuerpo de granaderos de atrás de la Villa de Guadalupe, ser desnudado completamente para que no hubiera duda de quién mandaba y en manos de quienes se encontraba; amarrado de pies y manos a unas tablas para someterlo a una vieja terapia psiquiátrica, electrochoques en las parte más sensibles del cuerpo: pezones, testículos, boca, después, el acto cumbre, con las corvas apoyándose en el filo de lo que debería ser un bebedero para caballos, completamente inmovilizado, ser sumergido de espalada con sus codos tocando el fondo de la pileta y él usándolos para impulsarse hacia arriba, en busca de la vida y el aire, contra uno o dos agentes montados encima, una escena digan de Dante, el marques de Sade…

¿Preguntas? Ninguna directamente, simplemente “terapia de ablandamiento”. Luego, la soledad del encierro, la derrota de la voluntad. La búsqueda de una salida; la certeza de que la única digna y la menos dolorosa era la muerte. El intento de abrazarla golpeando la cabeza contra la pared de la celda, la cobardía de no hacerlo con la certeza de no fallar; el reconocimiento de la cobardía que significa querer huir de las manos de los torturadores, aunque sea por la rápida salida del suicidio. Intentar la solución heroica de quitarles armas a los agentes para una muerte digna, la cobardía de no hacerlo bien y ser descubierto. Abrumarse casi hasta la locura, al intuir que el enemigo sabía que hay algo importante oculto y por ello buscar la desesperada huida.

El ablandamiento y la derrota psicológica frente al interrogatorio de Nazar Haro, primero, por intermedio de otros comandantes y, después, con su intervención personal:

“Perdiste una batalla, no la guerra, después de esto podrás seguir luchando”; “De toda la historia que inventaste es cierto hasta que te incorporaste a la lucha armada;  lo anterior, no nos importa, queremos saber, ¿cuál es el grupo?, ¿Quiénes son parte y qué operativos han realizado?”. (Dirigiéndose a los agentes): “Éste es un enemigo de altura, no un delincuente como los que agarran todos los días, trátenlo con respeto y dénle lo que pida”; “la lucha de ustedes es justa, porque hay demasiadas injusticia y desigualdades, pero son inmaduros y con lo que hacen sólo facilitan la intromisión e intervención de los gringos, tenemos que controlarlos nosotros, si no, nos invaden, por eso, yo soy más antiimperialista que ustedes”. Frases dichas con una certidumbre  que a sus 21 años sentía que le habían leído el pensamiento mientras dormía.

El penal de Lecumberri era una reproducción de la sociedad mexicana llevada al extremo de la perversión y el surrealismo, sobre todo en el ejercicio del poder en sus diversas escalas. En esos espacios, los vicios y debilidades humanas se manifestaban a plenitud.

Algunos, la mayoría, les tocó el bautizo carcelario tradicional tratándose de presos especialmente recomendados para romperles el físico, el alma y el espíritu; a otros cuantos (Miguel, Aquiles, Beto…), que por cierto compartieron el suplicio con un guatemalteco, famoso bombero, José María Ortíz Vides, sí les tocó conocer y padecer paisajes infernales que lastimaron sus almas y les dejaron profundos daños.

Decía el general Arcaute –director de la prisión, frustrado militar pelele que dejaba hacer y deshacer al tenebroso teniente coronel E. Gil Cárdenas, organizador y controlador de mafias, amo y señor de vidas, despojo humano, víctima y victimario capaz de golpear un cadáver, como lo hizo con Miguel, cuando su impotencia le impedía infringirle más daño físico y moral, verdadero criminal de guerra, si los hay en México-, cuando alguna comisión de familiares de presos se entrevistaba con ellos para quejarse de agresiones y maltratos: “No se quejen, son novatadas que lo muchachos les hacen a todos los nuevos que llegan, lo mismo le hacen a mi hijo en el colegio militar…”. Novatadas que regularmente hacían aparecer suicidas con múltiples puñaladas y ahorcados; novatadas que le dieron ese trágico final al médico peruano Morán Chiclayo por haber osado involucrarse con los guerrilleros mexicanos; novatadas que llevaron a desaparecer de la propia cárcel, sin importar procedimientos judiciales, papeles en juzgados, responsabilidades públicas ni formalidades, a “Sam”, principal integrante  de la familia José Wenceslao, profesor oaxaqueño, jefe de la Brigada Revolucionaria Emiliano Zapata (BREZ), guerrilla rural de la costa de Guerrero y Oaxaca, detenido (mortalmente herido) en el 75 después de un enfrentamiento a balazos frente al Parque Hundido y sacado muerto hacía el Campo Militar Número Uno, de dónde nunca más se supo de él.

Este suplicio duraba por lo regular tres meses; 100 días que tenían la misma finalidad del esquema de ablandamiento que seguían los agentes policiacos con todos o la mayoría de los detenidos, simplemente “animar” en ellos su “espíritu de colaboración” y establecer desde el principio quién mandaba y hasta dónde era su poder.

Por regla general, después de esos tres meses, cuatro o más, según fuera el ingreso de nuevos grupos, eran trasladados a crujías especiales de presos políticos donde, gracias a las conquistas conseguidas por los presos del 68 y mantenidas aún, las condiciones eran bastante cómodas y favorables. Hasta que la guerra sucia inundó todos los ámbitos se podría decir que excepto por no poder salir a la calle, en esas crujías la vida podía hacerse casi con plena normalidad.

De los casi 15 lacandones que al año de su redención permanecían en prisión, tres murieron en el curso de diversos incidentes (Miguel, Carlitos y Salvador), cinco o seis permanecieron en prisión hasta la amnistía del gobierno de López Portillo. Algunos continuaron su participación en actividades políticas.