PARÍS.- “Ubicado en el itinerario de la Ruta de la Seda abierta por Marco Polo, Afganistán estuvo siempre en el corazón de las grandes invasiones y de las grandes migraciones de la antigüedad. Desfilaron por sus tierras, entre otros, los soldados de Ciro el Grande, luego los de Alejandro de Macedonia, y, en el silo XIII, las tropas de Gengis Khan…”, escribe François Lafargue en la introducción a la revista geopolítica Cyrene dedicada a ese país.
Prosigue el investigador: “Ubicado en el itinerario de dos imperios, el ruso y el británico. Afganistán se convirtió en el siglo XIX en el terreno de enfrentamiento entre estas dos ambiciones. En último cuarto del siglo XX Estados Unidos reemplazó al Ejército británico y, como él, buscó frenar el avance del imperio ruso, llamado entonces Unión Soviética.
“Hoy en Afganistán, que se ha vuelto el ‘cerrojo’ de Asia Central, es el paso obligatorio de los hidrocarburos de esa región hacia el Océano Índico y China, y está, por lo tanto, en el centro de intereses financieros y petroleros gigantescos. Pero al mismo tiempo es un país miserable, destrozado, trastornado, que parece haber regresado a la Edad Media bajo la férula de los talibanes que multiplican exacciones bárbaras y discursos fanáticos.”
Afganistán se extiende sobre 652 mil 225 kilómetros cuadrados, 40% de su territorio se encuentra a mil 800 metros de altura. Sus macizos montañosos están dominados por el Hindu Kuch que culmina a 7 mil 485 metros en el Nao Chakh. En el sur predominan desiertos que cubren 30% de su superficie. Se estima que su población oscila entre 20 y 22 millones de personas, de las cuales 3 millones viven exiliadas en condiciones muy precarias. La mayoría se amontona en campos de refugiados improvisados en los países limítrofes, Pakistán e Irán sobre todo.
Los 10 años de guerra contra la Unión Soviética provocaron una terrible hemorragia humana: 1 millón 300 mil muertos, 80% de los cuales eran civiles. 5 millones de afganos huyeron de su tierra. Fue uno de los mayores éxodos registrado en el planeta. Por ejemplo, el número de vietnamitas que huyeron del régimen comunista, entre 1977 y 1994, fue de 1 millón 300 mil.
Las fuerzas soviéticas diseminaron 10 millones de minas antipersonales en todo el país. Hoy 5% de la población afgana sufre lesiones provocadas por la explosión de estas minas que siguen haciendo víctimas: entre 20 y 25 heridos al día…
El país cuenta con cuatro “grandes” ciudades: Kabul, la capital que alberga a alrededor de 1 millón 400 mil personas; Kadahar, con cerca de 225 mil habitantes, Herat, con 177 mil y Mazar-i-Charif, 130 mil.
Sus vías de comunicación se reducen a dos carreteras erosionas por las fuertes lluvias que inundan el país en verano y la falta de mantenimiento. Hay una carretera que conecta la capital con las ciudades de Herat y Kadahar y que vuelve a Kabul por el túnel de Salang, construido entre 1964 y 1968 por los soviéticos. Ese túnel atraviesa la montaña a 3 mil 400 metros de altura. El segundo eje permite ir de la ciudad de Herat a Islamabad, capital de Pakistán.
Nunca se construyó línea ferrocarrilera alguna. Los ríos no son navegables. Se usan camiones destartalados, camellos y animales de tiro para transportar las mercancías.
Hundido en la violencia desde hace 20 años, Afganistán está agobiado por la miseria: se calcula que 90% de los niños son analfabetos y 50% de ellos muere antes de los cinco años. La tasa de mortandad infantil es una de las más altas del mundo. La esperanza de vida no excede los 39 años y 60% de la población padece tuberculosis.
El 85% de los afganos son campesinos, trabajan con medios arcaicos, su producción es mínima. Las hambrunas son frecuentes. La más mortífera se produjo en 1971: costó la vida a 100 mil personas. Sin la ayuda internacional se hubiera dado la misma situación en los últimos meses. Pero recientemente los talibanes expulsaron a varias ONG occidentales, las demás salieron por sí mismas, obedeciendo las instrucciones de sus directivos, y los países limítrofes acaban de cerrar sus fronteras. Sólo faltan los primeros bombardeos norteamericanos para agudizar aún más la nueva tragedia humana que ya está en marcha.
Afganistán cuenta con un sector minero embrionario e hidrocarburos. El principal yacimiento de gas se encuentra en la región de Shebergan, concentra 40% de las reservas del país. La casi totalidad de su producción se exporta a Uzbekistán. El subsuelo de Afganistán alberga 4% de las reservas mundiales de carbón, pero no son explotadas. La invasión soviética acabó con todo el potencial industrial del país, que hasta hoy sigue aniquilando.
La única fuente de ingresos es la producción de estupefacientes (opio y heroína). La expansión de los cultivos de amapola se remonta a la guerra contra la Unión Soviética y fue notoria a partir de 1987.
Autor de La droga, el dinero y las armas, libro publicado en Francia en 1991, Alaín Labrousse, quien dirigió durante varios años el Observatorio Internacional de las Drogas, comenta a la corresponsal: “Parte de la resistencia afgana usó el narcotráfico para financiar la compra de armas que necesitaba para combatir al Ejército Rojo. Además, había que nutrir a la población, cuya producción agrícola era sistemáticamente destruida por los soviéticos. Estados Unidos estaba perfectamente al tanto de todo y cerraba los ojos”.
Rompecabezas humano
Por si eso fuera poco, Afganistán es un verdadero mosaico de pueblos antagónicos, con costumbres, historias, lenguas y religiones distintas.
Enfatiza François Lagargue: “Afganistán es un rompecabezas humano que carece de verdadero cemento nacional. El concepto de Estado-Nación no tiene el mínimo sentido en ese país. Lo que define a los individuos es el hecho de pertenecer a una familia, un linaje común llamado Qawn (el clan) o una región. Pero jamás nadie se reivindica como miembro de una hipotética nación afgana. El país es en realidad una constelación de grupos comunitarios unidos por una misma lengua y lazos de sangre o territoriales”.
Existen alrededor de 200 etnias distintas y se hablan cerca de 30 lenguas. Entre los principales pueblos destacan cinco.
Los patshuns, etnia a la que pertenecen los talibanes, representan 40% de la población. Son musulmanes sunitas, dominan el país y ejercen el poder desde el siglo XVIII. Es un pueblo indo-europeo dividido en numerosos grupos y subgrupos, entre los cuales predominan los duranis, que viven en la parte occidental del país en la región de Kandahar y en el valle de Helmand; los ghilzais, instalados en las regiones orientales; varias tribus montañesas, como los khatak, los shinwari o los afridi, que gozan de una cierta autonomía. Todos estos patshuns no siempre tienen buenas relaciones y son odiados por los demás pueblos.
Los tadjiks (28% de la población) son también musulmanes sunitas, viven en el nordeste (provincia de Badkstan, Valle del Panshir y de Laghman). Su lengua es el dari (persa). Ocupan puestos religiosos y administrativos importantes, pero nunca lograron imponerse en la esfera política. El comandante Muhamad Sha Masud, héroe de la resistencia contra los soviéticos, líder de la Coalición del Norte opuesta a los talibanes y que fue asesinado el 8 de septiembre, era tadjik.
Los hazaras (11% de la población), musulmanes chiitas, viven apartados en el centro de Afganistán, en un área que la nieve corta del resto del país, durante meses. Son descendientes de conquistadores mongoles. A lo largo de la historia fueron perseguidos por los patshuns. Durante el invierno de 1997, los talibanes cercaron su región y bombardearon Bamiyan, una de sus ciudades. Un año más tarde, en septiembre de 1998, los talibanes conquistaron la ciudad de Maza-i-Charif y ejecutaron a 10 mil hazaras.
Los turcomanos y los uzbecos (11%) llegaron a Afganistán, después de la Revolución Rusa, huyendo de las persecuciones desatadas en su contra. Son sunitas también.
Los más numerosos son los uzbekos, que ocupan las tierras fértiles del norte.
Entre los pueblos minoritarios están los nuristanis, descendientes de conquistadores indios; y ls Yehudi, judíos de Turkmenistán; los sijh, oriundos de India.
Ésa es la situación de Afganistán, un país devastado, dividido, hambriento, que los aviones norteamericanos se aprestan a asaltar.
En una crónica escrita el domingo 23 de septiembre, Robert Fisk, periodista británico de The Independent, autor de numerosos libros sobre la crisis de Medio Oriente, lanza esta pregunta: “¿Cómo Estados Unidos se atreve a bombardear a ese pueblo trágico?”.








