El imperio contra la libertad

Pareciera inconsecuente la afirmación de este título, pero no lo es si consideramos que la libertad y la democracia en nombre de las cuales la potencia se ha movilizado muchas veces, desde el inicio de la Guerra fía, ha sido precisamente devastadora de los principios libertarios y democráticos que dice sostener. Regimenes dictatoriales y tiránicos han sido impuestos en muchos lugares en nombre de la libertad y la democracia, de un “mundo libre” y de una democracia que, al servicio de los aparatos de la fuerza del Imperio, se han trastocado en sus contrarios, en conceptos torcidos e ideológicos: en categorías que encubren intereses más que expresar los ideales de ese “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” que propusieron los Padres Fundadores.

¿Qué tipo de guerra emprenderán los gobernantes de Estados Unidos? ¿Podrá limitarse a castigar los culpables y eventualmente a los gobiernos que los apoyan? ¿O será una guerra indiscriminada que siga la ruta criminal de los atentados del 11 de septiembre? Por el despliegue bélico que se ha efectuado hasta el momento –pese a ciertos ambiguos deslindamientos- todo indicaría que la reacción al horror podrá ser una sobrerreacción de dimensiones también aterradoras, sin ninguna contención de carácter ético o legal.

En todo caso, el carácter unilateral de la reacción y sus dimensiones anunciadas ponen ya en seria duda la voluntad de respeto al orden internacional por parte de la superpotencia. Los organismos multilaterales que han declarado prácticamente su incondicional apoyo: Unión Europea, OEA, y en medida más restringida la ONU, lo han hecho bajo presión y exigencia. Más claramente ha ocurrido con la OTAN, atendiendo la demanda del primero de sus asociados. El unilateralismo con que actúa la potencia simplemente busca convalidar post facto sus acciones. Desde luego, no hay ni asomo de propósito de consultar al Congreso de Seguridad de las Naciones Unidas, el único organismo facultado para decidir sobre la paz o la guerra y sobre la seguridad internacional.

Los primeros efectos del “nuevo” belicismo estadunidense no podrá ser más perniciosos: queriéndolo o no se han desatado ya en ese país y en muchos otros la xenofobia  y las sospechas de carácter racial o religioso. Se consigna no sólo en Estados Unidos, sino en países europeos el endurecimiento policiaco y social en  acoso y otros “parecidos”. Restricciones sobre la circulación de las personas y sobre los derechos de reunión y asociación  están siendo aplicadas. El procurador John Ashcroft exigió  ya al Congreso de Estados Unidos que se simplifiquen los procedimientos para escuchar llamadas telefónicas, también en celulares, y vigilar, detener y deportar sumariamente a extranjeros sospechosos.

Sin mencionar la “tremenda” manipulación informativa que ejercerán las autoridades estadunidenses, desde luego en materia bélica según consigna el New York Times mencionando a un alto responsable del Pentágono. La sociedad civil indiferenciada vive ya limitaciones a sus derechos y ciertamente vivirá bajo controles más refinados. No es remoto que los disidentes y batalladores antisistémicos, por ejemplo aquellos que luchan contra la globalización neoliberal e inclusive contra el capitalismo, sufran violaciones a sus derechos humanos y civiles, y la “inevitable” restricción de sus libertades. Las redes del espionaje actualizado estarán a la orden del día en dimensión global.

Cuando el objetivo último es el dominio del mundo debe admitirse que los criminales atentados terroristas sobre Nueva York y Washington representan una tentación irresistible para el Imperio de emprenderla contra sus enemigos, sin discriminaciones ni sutilezas. Recordemos que la lista de “Estados-terroristas” elaborada por el Departamento de Estado, incluye por ejemplo a Irak, a Irán, a Siria, a Libia, a Cuba, a Corea del Norte y a Sudán. Por supuesto, de esa lista están excluidos países que han llevado a cabo bombardeos e invasiones militares, embargos de medicinas y comida, ataques a hospitales y clínicas, financiamiento y entrenamiento de escuadrones de al muerte: entonces debería elaborarse una lista bien diferente de naciones culpables y ella estaría encabezada sin duda por Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusa e Israel.

Se trata entonces de una operación  que no castigará exclusivamente a los terroristas sino que está dirigida objetivamente en contra de todos aquellos grupos, organizaciones y personas que eventualmente “difieran” y se “opongan” al dominio del Imperio. Sin excluir a quienes se oponen al poder unilateral de la globalización de las élites. No olvidemos, por lo demás, que desde el fin de la Guerra Fría Estados Unidos busca sustituir el gran enemigo que representó en su tiempo el “Imperio del Mal (encarnado en los regímenes soviéticos desaparecidos) por otro enemigo de grandes dimensiones que se construye ahora y que justifica, por la indignación mundial que provocó, una movilización militar y policiaca planetaria: la Guerra Fría se cambia hoy por la Guerra Anti-Terror, haciéndose al mismo tiempo de un nuevo pretexto para culpar o calumniar a los disidentes y oposicionistas.

Se trata de la afirmación mundial del dominio de los grandes poderes económicos y políticos, que en definitiva promueven un sistema económico global con enormes desigualdades e increíble miseria, que son los mayores y más permanentes enemigos de la libertad y la democracia. Además de que la superpotencia exhibe su arrogancia al rechazar y bloquear el consenso internacional en temas que van desde la protección al medio ambiente a los derechos de la infancia, de la discriminación racial y las minas terrestres a una Corte Penal Internacional y a la militarización del espacio. Desde hace décadas, Estados Unidos ha declarado prácticamente la guerra a los organismos internacionales que no se someten disciplinadamente a sus mandatarios, por supuesto destruyendo entonces principios esenciales del derecho internacional.

Si la razón tiene todavía sentido en las sociedades modernas, es precisamente porque se opone al fanatismo, a las amalgamas, a las condenas colectivas y precipitadas. Sentenciar a pueblos enteros sería precisamente caer en la trampa tendida por los terroristas que destruyeron el World Trade Center y parte del Pentágono: desencadenar un Apocalipsis de mayores proporciones.

En una entrevista reciente decía Noam Chomsky que si Estados Unidos estuviera emprendiendo realmente una lucha contra el terrorismo la llevaría a cabo de una manera muy distinta (por ejemplo buscando el equilibrio y la igualdad en las relaciones internacionales) y no a través de los procedimientos militares masivos de lucha contra un enemigo sin rostro. La vocación de los Imperios para imponer y conquistar, y para restringir libertades en su universo de dominio, resucita ahora con fuerza en Estados Unidos y no hay duda que propiciará más violencia, terrorismo y muerte, en una espiral de golpes y contragolpes cuyo desenlace es imposible de adelantar, pero cuya vía será sangrienta y severamente limitativa de las libertades y la democracia, en todas partes.

La “cruzada” propuesta por la Casa Blanca para combatir el terrorismo podría pues conducir a un mundo mucho menos libre, equitativo y democrático del que hemos vivido en los últimos años. La batalla por la justicia, la paz, la libertad y la democracia es una necesidad mayor que nunca en estos días. Libremos una lucha ahora sí sin regateos de ninguna especie.