Antes de la guerra…la crisis humanitaria

Sanjuana Martínez

MADRID.- El burka, o velo de seda color azul, delicadamente bordado, se ha convertido en el símbolo del dolor de las mujeres afganas a quienes los talibanes han prohibido el acceso a la educación, a la salud y al trabajo.

La rejilla es la pequeña ventana por donde las mujeres pueden ver el mundo que las rodea. Éste, sin embargo, es igualmente desalentador: un pueblo con 22 años de guerras, tres de sequía y seis de represión y terror talibán.

Su fanatismo se traduce en “normas” fanáticas, como la prohibición del uso de televisiones, la amenaza de golpear a la mujer que no use el burka  o que camine por la calle sin la compañía de un hombre, o los 100 latigazos que reciben los varones  que se rasuran la barba.

Ahora toda la situación se vuelve más aguda ante la posible intervención militar norteamericana, por lo que más de 150 organizaciones no gubernamentales advirtieron que 5 millones de personas se pueden quedar sin comida en una semana si se suspende la ayuda humanitaria.

El éxodo afgano, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), va en aumento: 2 millones en Pakistán, millón y medio en Irán, 100 mil en Rusia, 36 mil en Europa, 29 mil en las Repúblicas de Asia Central, 17 mil en Estados Unidos y Australia y 13 mil en la India.

A estas cifras hay que añadir 1 millón de refugiados internos y otros 2 millones que eran atendidos dentro del país a causa de la sequía y la crisis económica.

“Ya era una catástrofe humana, pero ahora la destrucción es total. Los afganos son rehenes de los talibanes. Si realmente se produce el ataque contra Afganistán, la población civil seguramente será utilizada como escudo, El país se ha convertido en una ratonera mortal con el cierre de las fronteras de Irán y Pakistán”, dice Ana Tortajada, autora del libro El grito silenciado (Mondadori), en el que denuncia las condiciones de pobreza y terror en que vive la población afgana.

Vistiendo el burka, la escritora entró a través de la frontera con Pakistán, luego de apoyar a las refugiadas afganas en una cruzada educativa contra la intransigencia y la cerrazón de los talibanes.

En la primavera del año pasado escuchó en Barcelona en una refugiada de Afganistán que habló sobre la situación de su país, y desde entonces se entregó a la causa mediante asociaciones que gestionan ayuda económica para el pueblo afgano.

“Afganistán y ano puede más, la población esta agotada, la gente está cansada de guerras, está hambrienta después de tres años de sequía total. Los talibanes son un grupo formado cuando mucho por 100 mil individuos, frente a 22 millones de afganos.”

Tortajada se movió libremente por el país con la ayuda de una red de familias: “Las ciudades están absolutamente destruidas; en las plazas todavía se podían observar helicópteros estrellados o avionetas. Después de la guerra no se ha reconstruido ni una banqueta. A los talibanes no les importa el país, su único programa es reprimir y reprimir”.

El Programa de Alimentación Mundial (PAM) de la ONU inicialmente anunció que había suspendido el programa de envío de alimentos, aunque después lo reanudó en el norte y el centro del país a través de las fronteras con las exrepúblicas soviéticas de Tayikistán, Uzgekistán y Turkmenistán.

Tortajada recuerda que los talibanes en 1996 conquistaron la capital Kabul y a partir de allí controlaron 95% del territorio, y “comenzaron a imponer normas que afectan a toda la población. El caso de las mujeres es el más llamativo: se les prohíbe trabajar, acceder a la enseñanza, ni siquiera las niñas pueden ir a la escuela y se les niega la asistencia médica, no pueden hacer ruido al andar, no pueden reírse fuerte, no pueden mostrar su cara en público, el cabello, los ojos, nada…imponen infinidad de prohibiciones”.

Señala que al principio muchas mujeres se revelaron contra el uso del burka como una obligación y una ley: “Sobre todo las mujeres de las ciudades que habían estudiado, trabajado y vestido libremente”.

Muchas han preguntado a los talibanes con el Corán en la mano, dónde dice que ellas tienen que ir con el rostro tapado por la calle: “A fuerza de palizas y asesinatos públicos consiguieron que la gente se calle. Todas las ejecuciones las hacen en los estadios y obligan a la población a asistir; la pena de muerte y la forma depende del delito y de su delirante decisión”.

Afirma que la arbitrariedad de los talibanes tiene el añadido de la impunidad:

“Cualquier patrulla talibán puede detener a las personas en las calles y darles una paliza, y nadie las pide cuentas”.

Explica que desde la frontera con Pakistán hasta Kabul tardó ocho horas en llegar por carretera: “Es un país arrasado, en la carretera no queda asfalto, todos son boquetes de minas y bombas. La gente vive en lo que queda de sus casas. La zona industrial está toda bombardeada, las naves industriales, todo, es una zona desierta.

“Ellos dicen que pretenden convertir al país en ‘lo más puro’, pero las normas que aplican se las saltan cuando les conviene, como la destrucción de los televisores y de la torre de comunicaciones de Kabul, para que llegara de Occidente nada perverso que pudiera corromper a la población. Pero ellos en sus casas si tienen televisor. Ellos no se aplican su propio fanatismo.”

Visitó campamentos de refugiados y comprobó que existe una alta mortalidad entre la población femenina: “Muere por una simple gripe mal curada, muchas en los partos y el resto por enfermedades diversas. Cualquier infección puede ser mortal, porque no hay medicamentos, no hay nada.

“También hay mortalidad infantil, no hay sistemas de vacunación ni nada. Además, como llevan tres años con una sequía brutal, y después de todas las guerras y los bombardeos, no hay trabajo y la gente está pasando una hambruna tremenda.”

Señala que hasta ahora se había silenciado el tema de Afganistán, “ningún organismo internacional ha hecho nada por la población afgana, ni contra la violación permanente de los derechos humanos. A casi nadie le importa la población civil afgana, en la noticias parece que toda la población es talibán y está a favor de Osama Bin Laden, y no es así. A eso se llama manipular”.

Enfática, la escritora cree en una vía pacífica: “La solución tiene que ser política, no violenta, es un disparate pensar en una incursión terrestre. Todo es una pantomima. La comunidad internacional apoya la venganza de Estados Unidos, pero hay leyes internacionales, hay un Estado de derecho en el mundo”.

La terrible sequía

Jordi Raich Curcó, miembro de Médicos sin Fronteras, viajó en cuatro ocasiones a Afganistán y vivió en diferentes ciudades durante tres años.

Sorprendido por el espíritu de lucha del pueblo afgano, Jordi, médico catalán que lo dejó todo en 1986 para dedicarse al servicio humanitario, comenta que el único servicio sanitario que hay en Afganistán es el que proporcionan las ONG.

“Hay dos crisis humanitarias: una por la situación bélica que se vive desde hace más de 20 años, pero que actualmente está muy centrada en el norte del país, donde existe la verdadera guerra que normalmente se da en primavera y verano, porque en invierno todo se detiene. El otro frente que da mucho más trabajo que la propia guerra es la sequía que se sufre desde hace tres años. Ha afectado a 12 millones de personas y desplazado a más de 700 mil dentro del país.

“En los pueblos, a los agricultores se les seca la cosecha por falta de agua, luego dejan morir a los animales y cuando el pozo se seca, es el momento de recoger los bártulos y ponerse a andar para encontrar una ciudad donde haya agua.

“Este tipo de migraciones está produciendo una acumulación de gente en los barrios periféricos, gente que no tiene trabajo y que además está débil porque no tiene qué comer”.

Dice que diariamente recibe mensajes sobre la situación que actualmente se vive allí: “La población tiene mucho miedo ante un posible ataque, mucha gente quiere abandonar las ciudades para volver a sus pueblos, que abandonaron porque no había qué comer. Se encuentran en un dilema: quieren huir de la ciudad porque es posible un bombardeo, pero tampoco pueden irse a una zona rural porque no hay agua”.

Explica que según los informes de Médicos sin Fronteras que mantiene miembros en la zona, hay escasez de comida y se incrementaron los precios, porque al estar cerradas las fronteras –prácticamente toda la comida se importa de Pakistán e Irán-, los alimentos escasean.

Se muestra en contra de la satanización que Estados Unidos y Occidente han hecho de los talibanes y de Bin Laden: “No quieren hacer creer que acabando con él, acabamos con el terrorismo, es una tomadura de pelo. Dicen que han congelado las finanzas de 27 organizaciones terroristas. ¿Por qué no lo hicieron antes?”.

Mercedes Guilera, miembro de la Plataforma Antiguerra de la Universidad Abierta de Cataluña, visitó Afganistán el año pasado en apoyo a los cursos clandestinos de alfabetización a niñas y mujeres promovidos por la asociación Hawca, cuyos fondos proceden de donativos.

Cuando llegó a la primera ciudad, se dio cuenta del abandono total en que se encuentran la población: “Nadie los ha atendido, no hay ayuda, Estados Unidos ya invirtió mucho cuando estaba en guerra, cuando le convenía, y luego le dejó de interesar”.

Afirma que “las viudas de guerra, al sentirse desamparadas, viven en la calle y se dedican a la prostitución y a la mendicidad. Los talibanes las utilizan y no pagan”.

Mónica Bernabé, periodista del diario catalán El Punt visitó Afganistán el año pasado y se dio cuenta del aislamiento total del país y de la poca información que hay sobre lo que sucede en otros puntos del territorio.

Dice que vivió con sorpresa la disponibilidad de la gente que ponía su vida en peligro para que ella pudiera ver lo que sucedía en el país.

Como toda mujer que entra a territorio afgano y prefiere no tener problemas, usó el burka: “Era importante usarlo para confundirme entre la población”.

Visitó escuelas clandestinas en las que se impartían cursos de alfabetización: “Eran casas particulares donde asistían mujeres y niñas; las profesoras son mujeres que antes trabajaban en la enseñanza y dejaron su profesión obligadas por los talibanes y ahora enseñan jugándose la vida, ellas y las alumnas”.