El hambre

Pascal Beltrán del Río

PESHAWAR, PAKISTÁN.- Cuando el mulláh Mohamed Omar terminó de hablar por la radio, Morad Iqbal supo que ésa sería su última noche en Kabul. Muy temprano reunió a su esposa y a sus tres hijos, subió las pocas pertenencias que cabían en su destartalado vehículo japonés y tomó el camino hacia la frontera.

Más de un día tardó la familia en recorrer los 215 kilómetros hasta Torkham, la puerta de Pakistán, en el histórico Paso de Khayber. La lentitud del viaje se debió no sólo a la destrozada carretera –luego de más de dos décadas de guerra continua-, sino a su encuentro desafortunado con un retén de policías talibanes, quienes despojaron a los miembros de la familia de todos sus bienes al sospechar que huían del país.

Lo que había dicho por la radio oficial el mulláh Omar, máximo dirigente político, religioso y militar del régimen Talibán, sonó a maldición, pues en las horas siguientes miles de personas comenzaron a desalojar Kabul y otras ciudades del país.

“Osama Bin Laden será el último en salir de Afganistán”, sentenció el dirigente, respondiendo así a la exigencia de Estados Unidos de que los talibanes entreguen al presunto autor intelectual de los atentados del 11 de septiembre.

Palabra de profeta: Miles se le adelantaron a Bin Laden.

Y es que la mayoría de los afganos parece tener las implicaciones para su país de los ataques en Nueva York y Washington. Pese a que los talibanes han decretado que es ilegal poseer una televisión, los afganos se enteran de las noticias por el servicio en idioma pashto de la BBC, cadena que cubrió ampliamente los hechos del 11 de septiembre y las reacciones que suscitaron.

Las perspectivas de un ataque estadunidense contra su país no es lo único que ha propiciado este masivo deseo de emigrar en los afganos: 22 años de guerra civil y una sequía sin precedentes también han contribuido decididamente a crear la urgencia de salir.

Sin embargo, la oleada de refugiados que comenzó pocos después de los taques terroristas contra las Torres Gemelas y el Pentágono es, sin duda el movimiento de personas más importante en Afganistán desde la ocupación soviética de 1979-1989, cuando salieron del país más de 6 millones de afganos.

Iqbal y ano se puede dar los pequeños lujos que le permitían los ingresos de su tienda en Kabul, muy superiores a los de la mayoría de los afganos, tan desprovista de todo que aprovecha incluso la basura. Ahora él y su familia viven arrimados con su hermano, un refugiado que llegó aquí hace años, en una pequeña choza de adobe del campamento de Nasir Bagh, en esta ciudad.

Aun así, se siente afortunado de haber llegado aquí, y no ser uno de los miles que actualmente esperan amontonados en el otro lado de la frontera, una oportunidad de salir, antes de que los alcance la sombra creciente del hambre y la guerra.

“Que Alá se compadezca de los que no pudieron salir de Afganistán”, dice Iqbal a través de un intérprete. “Mi país ya no tiene remedio. Si no es Estados Unidos serán los talibanes o la falta de agua, pero alguien va a acabar matando a todos”.

Muerte por inanición

No es nueva ni sencilla la historia de los refugiados afganos. Es, en pocas palabras la población de refugiados más grande del mundo, repartida desde Norteamérica hasta Australia.

De las cerca de 22 millones de personas en esa condición que hay en todo el mundo (cifra que incluye tanto a refugiados, asilados, solicitantes de asilo y desplazados internos), más de 4.6 millones eran afganos, al 1 de enero de este año, de acuerdo con cifras del Alto Comisionado de Naciones Unidas por los Refugiados (ACNUR). A finales de 1999, los países que más se le acercaban eran Burundi e Irak, con unos 520 mil refugiados cada uno.

De esos 4.6 millones de afganos refugiados, 3.6 millones viven en distintos países, aunque principalmente en Pakistán e Irán. El millón restante vive refugiado en su propio país.

Todo eso era antes del 11 de septiembre. Desde entonces, ACNUR estima que se ha incrementado en 100 mil la cifra de desplazados internos, y en un monto no calculable el número que ha huido del país.

Y el número de refugiados podría seguir creciendo, incluso dramáticamente, si ocurre un ataque importante de Estados Unidos y sus aliados, o si se recrudece la guerra civil entre el régimen Talibán y la oposición armada de la llamada Alianza del Norte.

La semana pasada, la ONU declaró a Afganistán epicentro de una gravísima crisis humanitaria, que podría provocar la muerte por inanición de entre 6 y 8 millones de personas  y hasta 1.5 millones de nuevos refugiados.

Desde el 11 de septiembre, varios miles de afganos han salido de su país, aunque la política de fronteras cerradas que están aplicando las naciones vecinas –particularmente Pakistán e Irán- estaba cansado, al cierre de esta edición, grandes concentraciones de refugiados en puestos fronterizos, como el de Chaman, en el sur de Afganistán, así como la multiplicación de cruces ilegales.

Según Yusuf Hassan, vocero regional de ACNUR, la migración descontrolada estaba “dificultando enormemente la labor de las organizaciones internacionales de ayuda”.

Ante el llamado desesperado de Korn Annan, secretario general de la ONU, para que los países vecinos abran sus fronteras a los refugiados afganos, los gobiernos de Teherán e Islamabad han respondido que no tienen la capacidad financiera para recibirlos.

Ambos países dan actualmente alojamiento en su territorio a un número importante de repudiados afganos, 1.5 millones y 2 millones, respectivamente. Sin embargo, en ambos casos el gesto ha sido manchado por denuncias de repatriaciones forzadas.

De acuerdo con un plan de contingencia anunciado por la ACNUR la semana pasada, se creará un centenar de nuevos campamentos a lo largo de la frontera entre Pakistán y Afganistán, a fin de enfrentar  el nuevo flujo de refugiados, aunque el gobierno pakistaní ha insistido en que los campamentos deben ubicarse cerca de la frontera, para evitar, dijo, la infiltración de agentes talibanes.

“No hay un plan para abrir la frontera pero podríamos considerar la entrada de afganos por razones humanitarias en caso de ataques de Estados Unidos”, puntualizó el miércoles 26 el ministro federal para Regiones Fronterizas, Abbas Sargaraz Khan, quien pidió a la comunidad internacional 122 millones de dólares para cubrir los gastos de 1 millón de nuevos refugiados durante un mes.

Los “afortunados”

Pese a un gran número, que hace parecer que están por todos lados, los refugiados afganos no son fáciles de entrevistar. La mayoría habla sólo pashto o dari, y resulta necesario un intérprete.

Además, el gobierno de Pakistán prohibió la semana pasada la entrada de periodista extranjeros a los campamentos, para evitar –alegó- que sufran alguna agresión, supuestamente por el sentimiento antioccidental que campea entre los refugiados. Desde entonces, la policía vigila estrictamente el acceso a los campamentos.

Y aunque es aún posible  conseguir la entrada mediante la invitación de alguna de las organizaciones no gubernamentales que trabaja con los refugiados, el trámite puede ser muy lento. Sin dicho permiso, sólo queda entrevistarlos a las afueras de los campamentos, cuando salen o llegan de trabajar o de hacer compras.

Otra complicación es la gran cantidad de refugiados que se acercan a presenciar las entrevistas –grupos de hasta 50, que se empujan unos a otros para poder escuchar mejor-, aunque en la experiencia de este enviado, esto ocurre sin agresión alguna.

La “University Street” corre desde el centro de estudios superiores de Peshawar hasta la salida de la ciudad, donde empieza la carretera al puesto fronterizo de Torkman, a 53 kilómetros de ahí. Podría llamarse la avenida de los afganos, pues está bordeada por pequeños comercios propiedad de los refugiados y por la primera hilera de casa de los campamentos de Nasir Bagh y Katcha Garhi, dos de los más grandes de la zona, con más de 70 mil habitantes cada una.

Ciudades en sí mismos, estos campamentos son apenas dos de los 203 centros de refugio que puntean la frontera de Pakistán.

Las casas están precariamente construidas, casi todas con adobes. Los pisos de las viviendas y los estrechos pasillos que dividen las manzanas  son de tierra. El polvo es una constante. Un riachuelo de agua maloliente zigzaguea a un costado de la avenida.

Por todos lados hay niños que juegan descalzos entre montones de desechos. Mujeres, vestidas con la tradicional burka afgana, de color azul cielo, que las cubre completamente. Hombres que van cargando paquetes pesados, que luchan por subirse a transportes rebosantes de pasajeros, que atienden carritos de comida o simplemente ven pasar la vida, sentados en grupo.

Y pensar que éstos son los afortunados. En Jalosai, a pocos kilómetros de aquí, los refugiados todavía viven en carpas. Como se trata de un sitio de refugio temporal, Jalosai y su gemelo Jalosai II no están considerados oficialmente como campamentos. Entre los dos congregan a más de 100 mil personas.

E incluso los que ahí tienen suerte. El colmo del drama que se abate sobre Afganistán es que, en muchas zonas rurales del norte y el oeste del país, miles de personas pasan sus últimos días de vida comiendo un “pan” hecho con un poco de harina, hierbas silvestres y las langostas que acabaron con sus cultivos. Y las hierbas tienen toxinas que provocan deformaciones. Esto lo cuenta Khaled Mansour, del Programa Mundial para la Alimentación, de la ONU, quien visitaba Afganistán por lo menos una vez al mes, hasta que los talibanes decidieron que los extranjeros se tenían que ir del país.

A un costado de la “University Street”, el refugiado Ahmed Doullah vende fruta en un carrito, acompañado de su hijo. De pelo cano y barba abundante, sucia su túnica gris, Doullah saluda con un cordial asalaam alekom (la paz sea contigo) en urdu, la lengua oficial de Pakistán, aunque su lengua natal es el pashto.

Cuenta que dos veces se ha tenido que convertir en refugiado. La primera fue durante la invasión soviética, y el exilio se prolongó 16 años; la segunda, hace apenas cinco días. Doullah fue de los últimos que pudieron entrar en Pakistán, antes de que cerraran la frontera. Viene de Charikar, un pueblo a 75 kilómetros de Kabul. “Todo está muy mal allá”, cuenta, sin expresión en el rostro.

Cree que en los campamentos se vive mejor que en su país, pero no deja de reconocer que no tienen servicios y que “nadie ayuda” a los refugiados. Además de vender fruta que nadie parece comprar, trabaja en un centro para ala atención de casos de malaria. Con lo que gana, dice, apenas puede comprar “unas cuantas verduras” para comer.

Doullah no toma partido en conflictos entre el régimen Talibán y Washington. “Estamos hartos de la guerra”, dice simplemente. 22 años de conflicto armado: la tercera parte de la vida de este hombre que aparente los 70 años. “No te precipites” previene el traductor Paul Yagub al reportero. “Seguro no tiene más de 50”.

El desinterés por las armas no es la única reacción que se encuentra al hablar con los refugiados. No se puede olvidar que muchos talibanes fueron refugiados  durante la ocupación soviética. Formados en las madrazas (escuelas religiosas) que proliferaron en Pakistán en los años ochenta, aplican en el poder lo que aprendieron entonces.

Zia Dastigir es un refugiado de viejo cuño. Llegó hace 18 años, de la aldea de Kowt-e-Ashrow. No asistió a ninguna madraza y no peleó contra los soviéticos. Tampoco aprecia demasiado a los talibanes. Pero no tiene duda: “Si los norteamericanos invaden mi país, tendré que regresar a Afganistán a pelear”.

-¿A pelear por qué?

-Por el Islam.