Los porqué de la tibieza

Primero con incredulidad y después con desilusión y enfado, los estadunidenses han recibido las tibias muestras de solidaridad de su vecino del sur. La frialdad de la respuesta mexicana, tanto de la clase política como de la opinión pública, se hizo más notoria en contraste con la calurosa recepción que la capital de Estados Unidos brindó al presidente Vicente Fox y a su delegación tan sólo cuatro días antes del atentado terrorista.

En contraste con los mexicanos, el pueblo canadiense sintió el ataque en carne propia, como en su propio suelo, y las muestras de solidaridad no dejaron dudas: 100 mil personas asistieron a la ceremonia luctuosa realizada en la colina del parlamento de Ottawa. Mucha solidaridad personal; nada de política.

En pie de guerra, el gobierno del vecino país no ha tenido tiempo de reparar en la respuesta mexicana, que la prensa española e inglesa han tachado de oportunista e incluso mezquina. Pero no cabe duda de que, en el mediano plano, el titubeo mexicano, en especial de la clase política –Poder Ejecutivo, Congreso y partidos políticos- y su incapacidad para solidarizarse en un momento de dolor y crisis con el vecino país, impactará negativamente a la relación bilateral. El embajador de Estados Unidos en México, Jeffrey Davidow, no ha disfrazado su azoro y malestar ante la respuesta mexicana. Por consiguiente, en los próximos meses y probablemente años, no sólo tendremos un vecino distraído, sino, además, resentido.

Tuvieron que pasar más de dos semanas para que la prensa mexicana, embebida en un debate absurdo –en esta esquina, el Congreso, y en la otra, el canciller, amén de las “heroicas” diatribas pacifistas-, se percatará de que la respuesta nacional estaba dejando mucho que desear. Finalmente, Reforma publicó una tabla en su portada del miércoles 26 en la que incluso mi hijo de 10 años notó que México estaba igual que Cuba y sólo un punto arriba de Irak, los enemigos tradicionales y declarados de Washington.

A mis pésames y palabras de aliento a mis amigos estadunidenses, he tenido que agregar alguna explicación del porqué de la tibieza mexicana. A continuación presento cinco de ellas:

Primero, resurgió el nacionalismo o, mejor dicho, antiyanquismo. Desde hace siglo y medio, tras la pérdida de la mitad del territorio a manos de Estados Unidos en 1847, el antiyanquismo ha sido el elemento catalizador del nacionalismo mexicano. Durante la segunda mitad del siglo XIX ese antiyanquismo tuvo su función, pues fue el elemento que permitió amalgamar a una nación dividida y derrotada. Más adelante, el Estado mexicano post-revolucionario, priista, utilizó ese elemento para legitimarse en el poder y como un mecanismo de cohesión social entre los mexicanos. En consecuencia, durante más de 70 años, los niños mexicanos hemos aprendido en las escuelas y hemos escuchado en nuestras casas que Estados Unidos es el enemigo de México; la fuente de todos nuestros males.

Segundo, en México se gobierna hoy con un gabinete a la Montessori. La política exterior centralizada en la Cancillería se había salvado del síndrome del gobierno de Fox de que cada quien va por la libre. Pero el sorpresivo ataque terrorista a Estados Unidos sumió  en el desconcierto a un aparato de política exterior que aún celebraba las glorias de la visita de Estado a Washington.

El canciller Castañeda se precipitó, y al no evocar el derecho internacional, provocó un ataque desmesurado de quienes lo estaban cazando desde hace meses: periodistas y legisladores. Estos últimos, sobre todo los diputados del PRD, no han dejado de pedir la cabeza de Castañeda, sin reparar en el daño que traería al país y a su propio  partido politizar la respuesta nacional, que debía emanar de una política de Estado sin distingos partidistas, a una crisis internacional que no se había vivido en medio siglo.

Entre las varias salidas en falso del presidente Fox –apoyo, pero no empujo- llamó especialmente la atención interna del país, el secretario de Gobernación, Santiago Creel, aparentemente para “corregir” al canciller, con base en la sagrada letra de la Constitución, lo que ha dado lugar a la crítica de la prensa española en la voz de Joaquín Ibartz del diario La Vanguardia: “En México, uno de los países donde más se ha pisoteado la Constitución desde su promulgación en 1917, ahora se alega el texto de la Carta Magna para regatear la solidaridad a Estados Unidos”. Pero la posición de Creel, afín con la de los legisladores perredistas y priistas, más parece una maniobra para tender puentes a esos partidos políticos a fin de sacar adelante sus proyectos legislativos, aunque sea a costa de politizar una crisis internacional.

La inmensa mayoría de los dedos acusatorios respecto de la confusión gubernamental en la respuesta a los ataques terroristas apunta al canciller. No obstante, el responsable final, el encargado de pone orden en su gabinete y sentar la línea, brilló por su ausencia. Varias voces han planteado las interrogantes: ¿dónde quedó el liderazgo de Fox?; ¿dónde quedaron sus instintos de campaña?; ¿dónde quedó el político dispuesto a asumir riesgos?

Tercero, el debate nacional sobre la conveniencia de entrar en un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos pasó de noche. Es decir, la convocatoria del Senado en 1990, a instancias del presidente Carlos Salinas de Gortari, para que la sociedad mexicana se pronunciara sobre nuestra participación en acuerdos de libre comercio fue una tomadura de pelo, como toda consulta popular emanada de un régimen autoritario. Además, durante los siete años de funcionamiento del Tratado de Libre Comercio con América del Norte (TLCAN), sólo los involucrados en la exportación e importación se han percatado de sus implicaciones. Esto se traduce en la desinformación absoluta. Para el público mexicano lo que priva en el comercio con Estados Unidos son las fricciones –por los transportas o la fructuosa- y no el hecho de que el comercio bilateral tras la entrada en vigor del TLCAN se ha casi cuadruplicado, mientras que las disputas comerciales, tanto en número como en intensidad, son menores que en la década pasada. ¿Quién se acuerda de que en 1995 fue el presidente de Estados Unidos quien, tomando en cuenta la nueva sociedad bilateral que estableció el TLCAN, se responsabilizó ante la negativa de su Congreso y le hizo un préstamo de 40 mil millones a México, calmando la tempestad financiera por la que atravesaba el país?

Cuarto, el mito de la hermandad latinoamericana que se reproduce de generación en generación. México no es popular en América Latina ni nunca lo ha sido.

Por ejemplo, Argentina mira hacia Europa y Nueva York, y tiene muy poco interés por nuestro país. La relación con Brasil es fría y compleja, pues para el coloso de Sudamérica, México es un competidor incómodo, con una posición geográfica envidiable. En América Central, México es para Guatemala, El Salvador y Nicaragua lo que Estados Unidos es para México, guardando las debidas proporciones. En Cuba, el punto ciego del nacionalismo mexicano entendido como autonomía frente a Washington, hoy son más populares Estados Unidos, España y hasta Venezuela. Tal vez la excepción que confirma la regla es el caso de Chile, pero también con matices, pues el vínculo existe sobre todo con la izquierda chilena que en la década de los setenta pudo exiliarse en México.

El mito no puede sostenerse, sobre todo cuando se ven los montos del intercambio comercial entre México y sus socios latinoamericanos. Para la muestra, un botón: El valor del comercio entre México y América Latina (ALADI+Centromérica+Panamá) durante el año 2000 sumó 8 mil 813.1 millones de dólares, lo que representa 2.58% del comercio total de México con el mundo, 3.11% del comercio don el TLCAN y 43.27% del comercio con la Unión Europea.

Esto refleja que, a pesar de que con todos esos países a aumentado enormemente el comercio, nada se asemeja aún a la magnitud del intercambio con Estados Unidos. Por ejemplo, nuestro comercio con Chile se incrementó en 500% desde 1992 a la fecha, pero lo que se comercia en todo un año con Chile se comercia en sólo dos días con Estados Unidos.

Quinto, no hay claridad en México sobre lo que significó el fin de la Guerra Fría para la política exterior estadunidense y por eso se escuchan comentarios ignorantes en los que se compara la intervención estadunidense en Vietnam con la intervención estadunidense en Bosnia. Tampoco pueden compararse Guatemala en 1954, Cuba en 1961 o Chile en 1973, con la intervención estadunidense en Haití en 1995. La primera gran diferencia es que mientras durante la Guerra Fría  Estados Unidos intervino principalmente para combatir una ideología opuesta y asegurarse de frenar, fuera cierta o no, el expansionismo soviético, a partir de la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, la mayoría de las intervenciones estadunidenses ha sido dentro del marco de Naciones Unidas y con fines humanitarios.

Mas allá de las razones, la única posición decorosa para México hubiera sido apoyar a Estados Unidos, primero, por solidaridad y, segundo, por conveniencia. No hay víctimas culpables. Estados Unidos no lo cosechó, pues decir esto sería igual a decir que los mexicanos que se encontraban trabajando en las Torres Gemelas de Nueva York se lo buscaron. Nos guste o no, nos una frontera de más de 3 mil kilómetros y 85% de nuestras exportaciones van a parar al mercado estadunidense.

Lo que más me irrita es que México perdió una oportunidad como las que en muy contadas ocasiones se han dado en la historia de la relación con Estados Unidos: dar un nuevo salto cualitativo, casi tan importante como el TLCAN, logrando un acuerdo integral migratorio: regularización de indocumentados más programa de trabajadores huéspedes. Era la oportunidad de empezar a cambiar los términos de la integración, puramente de mercado impuestos por el TLCAN, a una más parecida a la europea.

En vez de impulsar los intereses nacionales ante un gobierno especialmente atento a México, como el de George W. Bush, se ha abierto la caja de Pandora nacional sobre qué tipo de relación queremos con el vecino del norte.

Como los cangrejos, vamos 10 años para atrás.