Quien haya escuchado el “discurso” de Bush invocando a su Al-Jihad Capitalista personal contra el “terrorismo internacional”, bien podría imaginarse las visiones del apóstol San Juan descritas en el Apocalipsis. El colonialismo mesiánico de Bush en su Congreso, convertido en provisional Isla de Patmos, pretende hacernos creer que el mundo es negro o blanco, según su visión.
La atrocidad cometida contra civiles en Nueva York y Washington ha generado una atención mundial cuyo nivel sólo es comparable al traumatismo del evento mismo. La situación generada por este acto criminal ha tomado a México por sorpresa, porque ahora se intente crear un debate artificial para cuestionar la postura nacional hacia el exterior, como si fuese necesario alterar nuestra tradicional vocación pacifista. Así, aprovechando la trágica coyuntura se pretende “inflar” la discusión, interpretando a “modo” resoluciones de la ONU sobre seguridad, que cuando a Estados Unidos le son inconvenientes (casi siempre), las veta y nunca las acata, postura en la que casi siempre se queda solo. Ahora, en cambio, el principal impugnador del derecho internacional lo invoca.
Para salir del paso, Fox ha declarado el apoyo “incondicional” a Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo, conducta que como retórica es adecuada, si no fuese porque hay quien le intente tomar la palabra para orientar el debate “serio y responsable”. Con el mismo empeño con que Castañeda asume personalmente, y en este momento, la “obligación” pseudo legal que le demanda el Consejo de Seguridad de la ONU para satisfacer el gusto de los norteamericanos, ojalá con ese mismo empeño fuese consciente de la necesaria aplicación rasa del derecho y la persecución de toda forma de terrorismo. El gobierno de EU asume a conveniencia diversos criterios, como cuando Madeleine Albright advirtió que “actuaremos multilateralmente, cuando podamos, y unilateralmente como debamos”, refiriéndose a los bombardeos contra Irak, a similitud de Clinton que alfabetizó al mundo haciéndole entender “que Estados Unidos y sus aliados tenemos el derecho unilateral de responder en tiempo, lugar y modo de nuestra elección”.
Con esos criterios, resulta lógico que el gobierno de esa nación haya destruido en 1998 la mitad de la infraestructura farmacéutica de un país como Sudán, con un bombardeo equivocado contra “bases terroristas” (sic), sin que nadie le pida cuentas por este crimen de lesa humanidad. Sin embargo, la frialdad estadunidense hecha política de Estado amenaza contagiar otras mentes y corazones, con la irracionalidad que caracteriza a los halcones militaristas. Para prueba un botón: “Estados Unidos debe tener disponible una completa variedad de respuestas, principalmente armas nucleares”, dijo el Comando Estratégico norteamericano en 1995, “porque a diferencia de las armas biológicas o químicas, la externa destrucción de una explosión nuclear es inmediata, con pocos, si es que ningunos, paliativos para reducir sus efectos”.
Estados Unidos no es ajeno a las prácticas terroristas, muchas de las cuales se omite señalar o se les adjetiva como “agravios históricos”, en los principales medios de comunicación. Uno de estos innumerables “agravios históricos” del gobierno norteamericano ocurrió el 8 de marzo de 1985. Para eliminar a Hussein Dadlallah, líder islámico relacionado con el ataque a barracas militares estadunidenses en Beirut, una milicia libanesa respaldada por la CIA detonó un carro bomba en el edificio donde vivía el extremista. El atentado mató a 80 personas e hirió a 256 más, la mayoría de las cuales eran niños de una escuela. Dadlallah resultó ileso. Miembros del gobierno norteamericano admitieron ante The Washington Post el respaldo estadunidense a la milicia responsable, peor negaron saber del atentado.
Práctica terroristas como la anterior el gobierno estadunidense las aplica indiscriminadamente contra sus enemigos particulares, muchos de los cuales son su creación, y cuyos crímenes que ahora difunde ampliamente fueron del conocimiento suyo, y ocultados a su conveniencia. Entre la paranoia creada por fabricaciones para invocar el Apocalipsis del terrorismo farmacobiológico, habría que recordar la responsabilidad del gobierno estadunidense en el anterior suministro de insumos a los ahora criminales.
Por ejemplo, el vocero de los intereses corporativos estadunidenses, The New York Times, el 28 de febrero de 1998 listaba ventas occidentales de materiales necesarios para la guerra bacteriológica y otras armas de destrucción masiva. Uno de los ejemplos citado por The Times identificaba ventas norteamericanas en los ochenta con aprobación gubernamental, que incluían patógenos mortíferos elaborados en un centro de investigación en Fort Detrick, Maryland. Así mismo, el amistoso gobierno inglés, hasta antes de 1997 continuó otorgando licencias a firmas británicas para exportar a gobiernos como el de Irak, insumos utilizados en la fabricación de armas biológicas.
Pero no sólo el gobierno estadunidense fabrica y vende lo que ahora le horroriza.
También lo emplea. En el primer semestre de 1977, el Boston Globe y The Washington Post informaron del ataque norteamericano biológico contra Cuba en 1971. Los hechos fueron confirmados por fuentes dentro y alrededor de los círculos de la inteligencia de EU. Así, con el conocimiento de oficiales de la CIA, comandos ligados a grupos terroristas anticastritas introdujeron y dispersaron en la isla un virus africano de fiebre porcina. Seis semanas después, al estallar la epidemia, medio millón de cerdos debieron ser sacrificados para evitar un desastre completo. La misma FAO declaró que la plaga fue el evento más alarmante de 1971 y que había sido la primera ocasión en que la enfermedad golpeaba el hemisferio occidental. Toda la producción porcina de la isla se detuvo por meses. Una fuente ligada a la CIA declaró que el germen fue suministrado en un contenedor sellado sin identificación, en Fort Gulik, la base militar norteamericana en el Canal de Panamá.
El mismo Boston Globe informó sobre operativos estadunidenses en 1969 y 1970, a fin de dispersar nubes y dañar cultivos azucareros en Cuba. En ese mismo contexto, la revista Covert Action, del verano de 1982, aventuró la posibilidad de que un brote de dengue estallado en la isla pudiese haber sido ocasionado por la CIA. De mayo a octubre de 1981 se presentaron 300 mi casos de la epidemia, que debió ser erradicada luego de una masiva campaña contra el Aedes aegypti, el mosquito transmisor. La hipótesis surgió de la acumulación de circunstancias, como fue el incremento, tal vez inducido, en la precipitación que favorece la diseminación del transmisor. Según Covert Action, el Ejército norteamericano y colaboradores académicos ya experimentaban con el dengue desde 1959, en Fort Detrick, Maryland, y en el Instituto Militar de Investigación Walter Reed en Washington.
Eventos como los anteriores constituyen más que simples “agravios históricos”, como pretenden suavizar los ideólogos hechos pasar por analistas “independientes”, en un lenguaje que sería la envidia del ministerio de información y propaganda de cualquier régimen totalitario. Los eventos anteriores son crímenes, son considerados como daños colaterales, eufemismo con el que se intenta disfrazar, por razones de Estado, el impacto traumático de actos abominables.
El ocultamiento de pruebas y la simulación del gobierno afecta también a funcionarios estadunidenses. El 17 de agosto de 1988, en Pakistan se estrelló el avión donde viajaba el presidente de ese país, junto con su estado mayor y con el embajador estadunidense Arnold Raphael, todos involucrados en el apoyo a la guerrilla afgana en lucha contra los rusos. George Schultz disuadió la participación del FBI en las investigaciones del accidente, arguyendo “delicados problemas políticos” si se comprobaba la participación de sospechosos de un atentado.
Todos los señalamientos anteriores debemos tenerlos muy en cuenta al momento de definir los términos en que el gobierno mexicano compromete su apoyo “incondicional” a Estados Unidos en la lucha apocalíptica contra el terrorismo internacional, del cual por lo menos habría que contar con una definición bien precisa y condenarlo siempre, quien sea que fuese el perpetrador.
(arquiveloz@yahoo.com)








