La derrota de los británicos contada por Federico Engels

PARÍS.- Todos los altos mandos soviéticos que participaron en la guerra de Afganistán multiplican pronósticos alarmantes o advertencias y consejos a sus  homólogos del Pentágono, en víspera de la intervención estadunidense en ese país de Asia Central.

“Si se mete en Afganistán, Estados Unidos va a entender que en comparación, Vietnam era una simpática comida campestre”, dice el coronel Iuri Chalamov quien combatió durante cinco años en el “infierno afgano” al mando de un regimiento y que ahora en Moscú dirige una asociación de asistencia a las familias de soldados muertos.

“El ejemplo de la URSS demuestra que Afganistán es una fortaleza indomable. No es Irak ni Yugoslavia…”, insiste el hoy diputado Evgueni Zelenov, veterano de guerra, mientras que otro diputado, el general Valentin Varenikov, quien jugó un papel preponderante en esa guerra, recomienda: “No hay que bombardear los lugares donde se concentra la población. No se debe hacer sufrir a los civiles. Entrar allá con tropas sería ridículo. Basta recordar la ‘rica experiencia’ de los ingleses y de los rusos en ese país…”.

El general Boris Gromov, actual gobernador de la región de Moscú, tuvo el triste privilegio de coordinar el humillante retiro de las tropas soviéticas de Afganistán en 1989. Al igual que Zelenov, se refiere a la historia y aconseja a los estrategas del Pentágono y de la Casa Blanca  leer el texto que el gran teórico alemán Friedrich Engels escribió sobre la guerra que el imperio británico libró contra Afganistán en el siglo XIX.

Enfatiza Gromov: “Leí ese texto cuando me encontraba en Kabul. De hecho leído, es poco probable que los miembros del Politburó (dirección política del Partido Comunista de la Unión Soviética) hubieran tomando la decisión de intervenir en Afganistán en 1979”.

El general ruso tiene razón: ese ensayo escrito hace 143 años –fue publicado en 1858 en la revista New American Cyclopedia– es muy instructivo. La descripción de la idiosincrasia afgana y de las luchas perpetuas entre los distintos clanes y pueblos que viven en Afganistán es de una actualidad impresionante. El relato de la derrota de las tropas inglesas es también aleccionador. Entre otras cosas, Engels escribió:

La posición geográfica de Afganistán y el carácter muy particular de su pueblo confieren a ese país una importancia que no se puede subestimar en los asuntos de Asia Central.

El gobierno es una monarquía, pero la autoridad del rey sobre sus valientes y turbulentos sujetos es bastante incierta. El reino está dividido en bastante incierta. El reino está dividido en provincias, cada cual administrativa por un representante del monarca que percibe impuestos y los envía a la capital.

Los afganos forman una raza brava, vigorosa e independiente. Se dedican antes que todo a la agricultura y la ganadería. Desprecian todas las otras actividades, como las comerciales, y dejan que los indios se encarguen de ellas. Para los afganos la guerra es un estimulante y una diversión comparada con la monotonía de sus tareas artesanales.

Los afganos están divididos por clanes, sobre los que distintos jefes ejercen una especie de supremacía feudal. Su odio indomable hacia el poder y su amor a la independencia individual son los únicos elementos que les impiden construir una nación poderosa. Su espontaneidad y si inconstancia los convierte en vecinos peligrosos, susceptibles de dejarse llevar por los caprichos del viento o por intrigantes políticos que excitan hábilmente sus pasiones.

Las dos principales tribus son las de los diranis y de los ghidzaïs, que se pasan el tiempo peleándose. Los duranis son los más poderosos y su supremacía permitió a su emir o kahn convertirse en el rey de Afganistán. Ese monarca percie ingresos que alcanzan los 10 millones de dólares, pero su autoridad suprema sólo la ejerce en su tribu. Los contingentes militares son esencialmente integrados por diranis. Se recluta también a combatientes en otros clanes y a aventureros que sólo se enrolan con la esperanza de tener buenos sueldos o de poder enriquecerse con el pillaje. En las ciudades, los cadis están encargados de impartir la justicia, pero muy pocas veces los afganos se acogen a las leyes para resolver sus conflictos. En materia penal, los khanes tienen derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Vengar la sangre vertida es un deber que la familia impone a los afganos.

La humillación británica

Después de haber ubicado Afganistán y presentado a sus pueblos, Engels describió con muchos detalles “la guerra colonial” del imperio británico contra los afganos, aprovechando sus múltiples luchas internas. Analizó los pormenores del conflicto y narró cómo fue vencido y masacrado el Ejército británico integrado por ingleses y soldados indios, los cipaïes:

En 1839, la conquista de Afganistán parecía asegurada, por lo tanto se envío de regreso a la India a gran parte de las tropas. Pero ser gobernados por ‘infieles’ ofuscaba muchísimo a los afganos, que multiplicaron insurrecciones en todas las regiones del país a lo largo de los años 1840 y 1841. Las tropas anglo-indias estaban constantemente movilizadas. Sin embargo, McNaghten (brazo derecho de lord Auckland, gobernador general de la India) no dejaba de declarar que eso era normal en la sociedad afgana. Ese funcionamiento escribía a Londres que todo andaba bien y que el poder de Chudja Sha (jefe de un clan durani que los británicos había instalado en el poder) se iba consolidando.

Después de haber logrado reprimir todas las insurrecciones que se habían dado durante el verano de 1841, McNaghten, quien acababa de ser nombrado gobernador de Bombay, decidió regresarse a la India en octubre del mismo año junto con su otra parte de las tropas que habían sido desplegadas en Afganistán. Pero fue justo en ese momento cuando explotó la tempestad.

La ocupación de ese país costaba 1 millón 250 mil libras esterlinas por año al Tesoro indio. Había que mantener a los 16 mil hombres de la tropa anglo-india, a las tropas de Chudja Sha, a 3 mil soldados estacionados en la región de Sind y en el paso de Bolan. Había que financiar los gastos del rey Chudja y de su corte, los sueldos de sus funcionarios y de su gobierno. Había también que subvencionar, o más bien comprar, a los distintos jefes de los clanes afganos para impedirles que se rebelaran.

Se avisó a McNaghten que no se podía seguir gastando tanto dinero. Éste buscó la manera de reducir gastos y la única que se le ocurrió fue suprimir los subsidios otorgados a los jefes de clanes. El mismo día en que les anunció su decisión, estos jefes urdieron una conspiración para exterminar a los británicos. Fue en realidad McNaghten quien provocó la  unión y la concentración de las fuerzas insurgentes que hasta entonces habían luchado por separado contra el invasor. Es también cierto que el odio provocado por la dominación británica había alcanzado su punto culminante en todo Afganistán.

En Kabul, los ingleses estaban bajo el mando del general Elphinstone, un anciano gotoso, indeciso e incapaz, que siempre daba órdenes contradictorias (…)

El 2 de noviembre de 1841 explotó la insurrección. La casa de Alexandre Burnes (embajador británico en Kabul) fue tomado por asalto y el diplomático asesinado. El general Elphinstone no reaccionó y la impunidad dio más fuerzas a los insurgentes.

(…) Las escasas compañías despachadas contra los miles de insurrectos fueron diezmadas, lo que estimuló todavía más a los afganos. El 3 de noviembre, los insurgentes tomaron las fortalezas que rodeaban los campos militares británicos. El 9 de noviembre, se apoderaron del fuerte donde había sido concentrada toda la intendencia del Ejército colonial. Los británicos ya no tuvieron nada qué comer.

El 5 de noviembre, el general Elphinstone ya había empezado a buscar la manera de “comprar” su salida del país (…) Las negociaciones se iniciaron pronto, pero en el calor de las discusiones con los jefes afganos fue asesinado McNaghten. La nieve empezó a cubrir el suelo. Escasearon los víveres.

Finalmente, el 1 de enero de 1840 concluyó la capitulación de sus británicos, que tuvieron que entregar todo su tesoro -190 mil libras esterlinas- a los afganos y firmar un reconocimiento de dudas por 140 mil libras esterlinas más. Se comprometieron a dejar en Afganistán toda su artillería y todas sus municiones y a salirse todos del país. Los jefes afganos, por su parte, se comprometieron a entregar a los vencidos salvoconductos, víveres y bestias de carga.

El 5 de enero empezó la retirada de las fuerzas británicas integradas por 4 mil 500 combatientes y 12 mil 500 no-combatientes. Algunas horas de marcha bastaron para acabar con cualquier vestigio de orden. Se mezclaron soldados y no-combatientes en un desordene irremediable que imposibilitó cualquier forma de autodefensa. El frío, la nieve y la falta de víveres provocaron la misma desbandada que la experimentada por el ejército de Napoleón cuando le tocó abandonar Moscú. Pero, en lugar de los cosacos que se mantuvieron siempre a una distancia respetuosa de las derrotadas tropas imperiales francesas, los británicos fueron hostigados por el furor de tiradores de élite afganos trepados en las alturas y armados con mosquiteros de largo alcance.

Los jefes de clanes que habían firmado la capitulación no podían ni querían refrenar a las tribus de las montañas. El paso de Kurd-Kabul se convirtió en la tumba de casi todo el Ejército. Los escasos sobrevivientes, entre los cuales se encontraban 200 europeos, fueron aniquilados un poco más tarde en el paso de Djagdalak. Numerosos oficiales británicos fueron capturados por los afganos, que los mantuvieron en cautividad. Un solo hombre, el doctor Brydon, pudo llegar a Dejallabad y contar la historia.