Es complicado sostener un pacto de grupos opuestos, coyuntados para conseguir un objetivo común. Aunque Agustín de Hipona afirmaba lo contrario; decía que “los malos, como los demonios, se conocen. No se aman, pero se conciertan para hacer el mal”.
Es titánica la tarea, así la realicen los demonios, de hacer que unos enemigos se mantengan juntos sin agredirse. Suele el gran público denominarlos con el nombre de matrimonio por conveniencia. Se está revelando que la fusión de la izquierda en Jalisco es de esta laya.
La observación de sus grescas incomprensibles aleja a la gente, o bien conduce a la satanización de los rijosos, a quienes se les ve con lástima, como perdidos en la bruma de la confusión. Se entiende que las escasas ganancias a conseguir, de mantenerse juntos, se pierden ante los costos de la forzada fusión. Pero no hay que rozar sólo estas pugnas. A veces estas luchas domésticas revelan matices aleccionadores, y tal vez sea el caso para el presente jaloneo de la izquierda en Jalisco.
El hecho de que Enrique Alfaro, su candidato a gobernador, replique y rompa contra los malos modos del PRD local, tiene sentido porque va a obligar al público elector a buscar las motivaciones de fondo no sólo de esta candidatura, sino las posturas de las otras dos. La lupa ciudadana tiene que revisar con cuidado la propuesta de los otros candidatos. Si se logran ilustrar, aunque sea un poco las razones que mueven a los equipos de la elección estatal, así como se empiezan a ventilar los móviles de fondo de los grupos ariscos que apoyan a Alfaro, la ciudadanía de Jalisco daría un paso cualitativo al frente. No se tendría en ésta una elección rutinaria más, de esquemas anquilosados, como han sido los procesos anteriores más recientes.
Se debe aclarar que en todos los equipos electoreros ocurren estos jaloneos. No hay que romperse entonces las vestiduras. Que se ventilen al público o no, es boleto distinto. Tras de la candidatura del priista Aristóteles Sandoval, como tras la del panista Fernando Guzmán, hay sucio juego tras bambalinas. Y es complicado, como el estira y afloja que sostienen Alfaro y el PRD local. Los del PRI no van a arrojar la toalla por esto; ni los que apoyan a Guzmán se van a desanimar por las diferencias internas. La gente que piensa apoyar a Alfaro tiene que serenarse e ir a la contienda para hacer ganar a su gallo. Así lo dictan las reglas de esta esgrima. En política, los idilios están fuera de lugar.
La moda de satanizar a los partidos también abona a la confusión. Cuando se hacen públicas las diferencias intrapartidistas se recurre demasiado pronto a la descalificación. Pero la vida interna de los partidos es azarosa y sus disputas descarnadas. Claro que es difícil justificar posturas encontradas en el interior de un partido, pero se dan. Son como los pleitos en familia, donde no es fácil darle la razón a una de las partes. Le conviene a la izquierda tapatía dirimir sus diferencias, ya tan escandalosas, antes de subir al ring. De prolongar más tiempo sus embates hará perder sus a candidatos precioso tiempo de campaña. Y lo lamentará en los resultados. Como las partidas tienen que ventilarse, los rivales tienen que coger apuro.
Enrique Alfaro habla de construir una verdadera alternativa de izquierda para Jalisco. Eso implica, sin que tenga que hacerlo explícito, que lo que ha hecho hasta ahora en ese campo el PRD local no califica. Los que habitan tal receptáculo ocupan un cascarón viciado. El PRD local es la casa de la estafa, el laberinto del engaño. La propuesta alfarista es muy precisa. Invita a la izquierda a no tener miedo de abandonar semejante pantano y levantar la edificación en otro claro del bosque, donde haya piso firme.
Los responsables nacionales de este partido han venido una y otra vez a conocer del pleito y a poner orden. Pero no lo consiguen, sea porque su contubernio con Raúl Padilla les pesa de más o porque juegan con él como cómplices. Pasan los días y las que crecen son las fórmulas de la marrullería del padillaje. Al elector avispado no se le ocultan los objetivos de los seguidores de Padilla. El más notorio es el de hacer descarrilar a Alfaro. Otro objetivo, que ya no ocultan, apunta a hacer ganar al PRI. El grupo UdeG se ha ido enroscando en el tricolor local como víbora ponzoñosa y ya anidó. Ya verá el priismo lo que les espera con esta fauna. Su tercera meta no negada consiste en seguir usufructuando los escaños que les lleguen por la vía del PRD.
¿Por qué querría el padillaje hacer ganar al PRI, razón suficiente para descarrilar a Enrique Alfaro? El PRI les garantiza que la ubre del presupuesto no sufrirá merma ni fiscalización alguna otros seis años. El presupuesto para la UdeG no es despreciable. Se trata de alrededor de 10 mil millones de pesos. Manejada de manera poco ortodoxa, deja altos dividendos. El PRI les garantiza que sigan mordiendo sin indigestarse una tajada tan suculenta. Si éste tiene o no negociada la plaza con el PAN, no les quita el sueño. También el PAN les garantiza la impunidad.
El único de los candidatos que, una vez triunfante, podría meter freno al manejo impune del presupuesto y a las mascaradas políticas del grupo UdeG, es Alfaro. Ya mostró esta línea de acción en su ejercicio de Tlajomulco. No se trata de promesas de campaña, sino de la continuación de una línea política congruente. Es obvio que al padillaje le va la vida en no dejarle manejar el barco del PRD, como también se opondrá hasta lo último en permitirle llegar a Casa Jalisco. Hubieran querido hacerlo zozobrar desde adentro. Tal vez les resulte más complicado lograrlo ya como enemigos. Se entiende que los alfaristas, vistas las malas intenciones de semejantes aliados, propugnaran por no tenerlos a su lado.
Las partidas están deslindadas. El pacto firmado se rompió otra vez. Padilla queda montado en su macho. Seguirá manipulando al PRD. La disputa contra Alfaro no será de fuego amigo, sino obuses de odio enemistoso, aunque ambos se digan de izquierda. La puja desdibuja al PRD, que ya tiene pocos blasones para presumir. Queda al descubierto la falsa identidad de izquierda, con la que ha tremolado en la arena política del estado. Sus cuentas pobres también repercutirán en la campaña de AMLO, pues los electores se alejarán de las siglas de un PRD tan chapucero.
No sólo en Jalisco sufren las secuelas de la incongruencia de sus actos. Los reclamos y desajustes que se viven aquí también se proclaman de Chiapas, de Oaxaca y del Distrito Federal, donde mantiene su base electoral más amplia. Pero se trata de dolores de parto. La izquierda de Jalisco, ahora con el registro de Alfaro en siglas del Movimiento Ciudadano, antes Convergencia, abraza el reto de nuclearse en este proceso. Ya se verá luego el costo de amputarse el miembro enfermo del padillismo. Si no consigue el triunfo, tendrá que esperar mejores tiempos, hasta que maduren bien a bien las uvas.








