Corea del Norte: ¿Átomos por alimentos?

El mandatario norcoreano Kim Jong Un durante la conmemoración de los 70 años de su padre.
Foto: AP

MÉXICO, D.F. (apro).- El 29 de febrero, casi simultáneamente, Estados Unidos y Corea del Norte anunciaron que habían llegado a un acuerdo: el primero otorgaría al segundo un paquete de 240 mil toneladas de ayuda alimentaria a cambio de la suspensión temporal de su programa nuclear y la supervisión de inspectores internacionales en la materia.

Según el anuncio del Departamento de Estado de EU, el régimen de Pyongyang detendrá el proceso de enriquecimiento de uranio y cancelará las pruebas con misiles de largo alcance, lo que en la práctica frena el posible desarrollo de una bomba atómica. Expertos de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), que no tenían acceso al país desde 2006, verificarán que se cumpla esta moratoria en la central nuclear de Yongbyon y otras instalaciones afines.

El comunicado oficial de Corea del Norte, redactado prácticamente en los mismos términos, agregó que esta decisión tenía el propósito de “crear una atmósfera positiva” en las relaciones con Washington. El acuerdo se logró tras una serie de conversaciones entre representantes estadunidenses y norcoreanos en Pekín, auspiciada por el gobierno chino. Sin embargo, no se precisaron plazos para la puesta en vigor de estas medidas.

Aunque Estados Unidos no quiere que la ayuda se vincule oficialmente con las negociaciones nucleares o con cambios en la política interna norcoreana, expresó sus reservas sobre el comportamiento de las autoridades de Pyongyang en diversos aspectos, especialmente en materia de derechos humanos, y dijo que se mantendría muy atento y sólo juzgaría “por los hechos”. En cualquier caso, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, consideró que era “un modesto primer paso en la dirección correcta”.

Como ella, varias otras cancillerías occidentales manifestaron su beneplácito por la moratoria nuclear norcoreana, pero ante todo la prensa especuló sobre un posible “punto de inflexión” en la política beligerante y de aislamiento del dinástico régimen comunista de Pyongyang, a la luz de la muerte en diciembre pasado de Kim Yong Il y el ascenso al poder de su hijo menor, Kim Yong Un, un joven inexperto de 28 años que estudió en Suiza y mantuvo contacto, por lo menos temporal, con el mundo exterior.

Nadie sabe a ciencia cierta quién manda en este momento en Corea del Norte. Aunque Yong Un ya fue ungido como “líder y comandante supremo” del país, las señales indican que el todopoderoso ejército norcoreano, que tiene un millón de soldados en activo y 4.7 millones en reserva, es en realidad el que detenta el poder. Fue en todo caso la Comisión Nacional de Defensa la que emitió el primer comunicado oficial tras la muerte de Yong Il, advirtiendo que “ni los necios políticos de todo el mundo ni sus marionetas de Corea del Sur” debían esperar cambio alguno.

Konstantin Asmólov, miembro de la Academia de Ciencias Rusa que conoce el tema, dice que fuera de la presencia de Kim Yong Un no hay nada nuevo, y que el acuerdo entre Washington y Pyongyang es sólo un juego diplomático para solucionar problemas crónicos. De hecho, desde los años noventa Corea del Norte ha venido negociando su programa nuclear por alimentos, y Asmólov inclusive recuerda una reunión entre Kim Yong Il y la entonces secretaria de Estado, Madelaine Albright. “Todo lo acordado es una nueva versión de hace 12 años”, acota.

Y es que antes Corea del Norte no requería hacer este tipo de trueques. Gracias a su equidistancia con la Unión Soviética y China, hábilmente obtuvo beneficios de las dos potencias comunistas y mantuvo durante decenios un desarrollo aceptable. Pese a su enorme presupuesto militar, la ayuda en insumos agrícolas inclusive la llevó a producir más granos, particularmente arroz, que su capitalista vecina del sur. Pero todo empezó a decaer cuando se derrumbó la URSS y China incrementó su orientación hacia los mercados occidentales.

Para complicar aún más la situación, el territorio norcoreano se vio sometido a una ola recurrente de catástrofes naturales. Ya a fines de los ochenta, una serie de lluvias torrenciales arrasó con buena parte de la infraestructura agrícola, que no logró recuperarse sin la previa ayuda foránea. La deforestación y posteriores inundaciones hicieron que a mediados de los noventa estallara la primera gran crisis alimentaria, que a falta de datos oficiales se calcula pudo haber matado entre 1.5 y dos millones de personas, aparte de la desnutrición crónica.

Sin llegar a estas dimensiones, el escenario se ha repetido cíclicamente: lluvias, vientos y heladas han acabado con los exiguos cultivos (sólo 18% del suelo norcoreano es cultivable) y Pyongyang ha tenido que voltear ineludiblemente hacia el exterior en busca de ayuda. En 2008, el Programa Mundial de Alimentos estimó que 40% de la población (8.7 millones de personas) requería de ayuda alimentaria urgente, y al día de hoy se calcula que más o menos el mismo número está pasando hambre, porque las cosechas no levantan.

Paralelamente hubo cambios políticos. Tras la muerte del caudillo histórico Kim Il Sung en 1994 y el ascenso al poder de su hijo Kim Yong Il, trascendieron problemas de liderazgo. Estos, al parecer, fueron suplidos con acciones de fuerza. Más allá de la brutal represión interna, de la que han dado cuenta organismos de derechos humanos de todo tipo, Pyongyang emprendió una escalada nuclear y operativos militares dirigidos a la presión exterior.

En 1999 y 2002 hubo sendas escaramuzas navales con Corea del Sur. En 2006 se realizaron las primeras pruebas con misiles atómicos, y tres años después se llevó a cabo una explosión subterránea de 20 kilotones, además de que un patrullero norcoreano dañado evidenció llevar carga nuclear. Los incidentes más graves, sin embargo, se suscitaron en 2010, primero cuando 46 marinos de Corea del Sur murieron al ser torpedeada su corbeta desde el norte, y luego cuando el ejército norcoreano lanzó obuses contra la isla surcoreana de Yeonpyong, matando a dos marinos y dos civiles.

Considerados los incidentes más graves entre las dos Coreas desde 1953, la mayoría de estos choques se dio en la disputada zona del Mar Amarillo, cuya línea de demarcación no reconoce Pyongyang. Como se recordará, Corea se dividió en dos partes después de la Segunda Guerra Mundial, y éstas sostuvieron luego una nueva confrontación a principios de los cincuenta, que sólo se selló con un armisticio, por lo que técnicamente siguen en guerra.

Notablemente, a la caída del Muro de Berlín, a diferencia de la propia Alemania y otros países divididos como Vietnam o Yemen, la península de Corea no sólo no logró la reunificación, sino tampoco la paz. Y fue en este marco que el gobierno de George W. Bush incluyó a Corea del Norte, junto con Irak e Irán, en lo que llamó el “Eje del mal”; es decir, países que supuestamente contaban con material nuclear, el cual pretendían usar con fines aviesos.

Pyongyang no se esforzó en negar que tenía un programa nuclear, al que calificó de “secreto”, y advirtió que lo utilizaría para defenderse. Además del escándalo, llovieron las sanciones a través de Naciones Unidas, pero mientras la comunidad internacional más apretaba, el régimen de Kim Yong Il más desafiante se mostraba. Y es que, aunque el material atómico de Corea del Norte no es de lo más avanzado, sí tiene el poderío suficiente como para disuadir y condicionar; éste es el juego que lleva jugándose desde hace poco más de diez años.

Para intentar que Pyongyang entre en razón, se establecieron negociaciones “a seis bandas”, en las que participan las dos Coreas, China, Estados Unidos, Japón Y Rusia. En ellas se busca negociar no sólo la desnuclearización de Corea del Norte, sino también la firma de la paz definitiva con su contraparte del sur. Pero los participantes se sientan y se levantan constantemente de la mesa.

Los norcoreanos plantean sus condiciones, y si los demás no las aceptan, se paran y se van. Luego hacen uno o dos despliegues de fuerza y, cuando necesitan apoyo, se vuelven a sentar y hacen ofrecimientos más generosos. Así pasó por ejemplo en 2007, después de otra ola de inundaciones que disparó una nueva crisis. A cambio de ayuda energética y financiera, Pyongyang ofreció cerrar sus instalaciones nucleares y Pekín inclusive afirmó que se desmantelaría todo el programa atómico.

También, después de siete años, se volvieron a reunir los jefes de Estado de las dos Coreas y firmaron la Declaración de Paz y Prosperidad, que recuperaba los acuerdos de la primera reunión del año 2000. Pero luego llegó a Seúl un gobierno conservador en 2008, que canceló los acuerdos y suspendió toda la ayuda económica a Corea del Norte. En 2009, Pyongyang se retiró de las negociaciones y el ciclo volvió a iniciarse.

Ya muy enfermo Kim Yong Il y con la sucesión en marcha de su hijo Kim Yong Un, los ataques inusualmente virulentos contra Corea del Sur de noviembre de 2010 fueron interpretados como que el heredero requería de una “presentación fuerte” para anticipar que no habría una crisis de liderazgo ni un debilitamiento del régimen con la muerte del padre. El discurso oficial así lo ratificó.

Pero ahora, consumada la transición, el escenario ha vuelto a cambiar. Con la pérdida de entre 50% y 80% de la cosecha de granos por las heladas de principios de 2011; la subida de precios de los alimentos a nivel mundial, que dificulta las importaciones a un país empobrecido, y las sanciones económicas internacionales vigentes, ha llegado el momento de volver a sentarse a la mesa. La expectativa es que luego del acuerdo de ayuda alimentaria con Estados Unidos se retomen las pláticas con los otros cuatro miembros del grupo negociador, que incluirían otros acuerdos de cooperación económica y posibles avances en la pacificación de la península.

Corea del Norte, como en ocasiones anteriores, ha ofrecido detener –que no cancelar– su programa nuclear y permitir la inspección de la AIEA. Nada nuevo, por lo tanto. La interrogante, más allá del apremio de una nueva hambruna, es si la iniciativa de apertura es del nuevo y joven líder o del aparato militar que está detrás de él. Para empezar, habrá que ver si se pone en práctica y cuánto tiempo dura.