Lo que alcanzó a decir

A cuatro días de que se recibiera auto de formal prisión por el asesinato de cuatro estudiantes de la prepa 8 y de un comerciante, El Tatuado falleció repentinamente. Y aun cuando la autopsia indica que murió a causa de varias enfermedades asociadas, lo que resulta inverosímil para el forense Alfredo Rodríguez García, lo único cierto es que se llevó a la tumba información sobre la presunta implicación del presidente de la Federación de Estudiantes de Guadalajara, David Castorena.

A 10 días de su ingreso al penal de Puente Grande, Gerardo Flores Gómez, El Tatuado, autor material de la muerte de por lo menos dos de los cuatro estudiantes de la preparatoria número 8 y de un comerciante, falleció súbitamente a consecuencia de un antiguo padecimiento, según la autopsia dada a conocer por las autoridades.
Sin embargo, para el forense Alfredo Rodríguez García el deceso del Tatuado no sólo plantea una serie de interrogantes técnicas y científicas, sino que complica aun más las investigaciones sobre el multihomicidio del pasado 9 de diciembre, que también implica al presidente de la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG), David Castorena Peña, y a su antecesor, Israel Mariscal Quesada.
En sus declaraciones, El Tatuado acusó a Castorena de acribillar al estudiante Ismael Gómez y a su padre, el comerciante Armando Gómez Gallardo. Además, su muerte deja en suspenso el papel que juega el expresidente fegista Mayo Ramírez Gutiérrez, el líder moral del organismo estudiantil, según el testimonio ministerial de Fernando Barajas Rodríguez, alias El Panda, uno de los detenidos.
“Lo conozco (a Mayo) porque él iba mucho a la Federación de Estudiantes de Guadalajara y era, como quien dice, el jefe de David Castorena”, comentó El Panda al ser interrogado.
El forense insiste en que le llama la atención el tiempo récord en que se practicó la autopsia al Tatuado; más aún que ninguna autoridad haya dado certeza del supuesto mal estado de salud con el que ingresó al penal. “La procuraduría tiene su propio departamento de medicina legal que determina el estado en el que llegan quienes son capturados.
El trabajo de esa área le sirve a la fiscalía para demostrar la condición física que observa el aprehendido y a su vez es un candado que les ayuda a demostrar que no hubo tortura contra la persona”, indica Rodríguez García.
Y agrega: “Al momento de su ingreso al núcleo penitenciario de nuevo es objeto de una serie de análisis médicos al que se somete a todo reo antes de su internación en la cárcel. Ahí, la persona es sometida a un análisis obligatorio que tiene que cubrir varios puntos que concuerdan con el denominado Protocolo de Estambul, un tratado internacional suscrito por México”.
A todo reo se le interroga sobre sus padecimientos clínicos, tipo de sangre; se observan sus señas particulares, el color de piel, de ojos, tipo de pelo y de rostro, si tiene algún tatuaje, incluso se le toman sus huellas dactilares, insiste el especialista.
Dice también que resulta inverosímil que las autoridades no se hayan dado cuenta de que el recluso padecía hepatitis tipo “C” o la neumonía que le provocó el shock séptico que lo llevó a la tumba; cualquier médico general los hubiera detectado. “Hay síntomas como el tipo de coloración de piel, la temperatura del cuerpo y otros síntomas”, asegura.
Por lo que respecta a la hepatitis “C”, comenta que se trata de un padecimiento que tarda en desarrollarse entre 12 días y tres meses. Y aclara que por sí sola, esa enfermedad no suele ser fulminante; además, es fácilmente perceptible a causa de la coloración amarillenta que toman el rostro y la piel del afectado.
El forense asegura que la versión que ofrecieron las autoridades es inconsistente; faltaron pruebas de laboratorio relacionadas con la toxicología, como un examen para detectar fármacos o drogas que posiblemente ingería el occiso; tampoco se conoció ningún estudio que demostrara la ingesta de algún tipo de veneno.
Y se pregunta: “¿acaso se trató de un homicidio o de un suicidio?; ¿fue un accidente o una muerte provocada por enfermedad?”.
El ascenso de “Don George”

Durante 24 años Gerardo Flores Gómez amedrentó a la comunidad estudiantil. Marcada por una serie de tatuajes en el cuello y el pecho, su obesa figura era intimidante. Vivía en las instalaciones de la federación, en la calle Carlos Pereyra 100, en Colinas de La Normal, con su esposa Judith Castellanos, su hijo Mario Alberto Flores Castellanos, de 16 años, y su yerno Alonso Barba, alias El Pelón, todos ellos involucrados en el multihomicidio de diciembre último.
Y aunque su cargo era de velador, en realidad se encargaba de cobrar el “derecho de piso” a los comerciantes aledaños a los planteles educativos, así como de ablandar a los directores de secundarias y a los representantes de las cooperativas escolares que se oponían a cubrir sus cuotas. Su auxiliar era Gerardo Godoy Solano, alias El Cihua, actualmente preso por su participación en el multihomicidio de diciembre pasado.
El propio Mayo Ramírez Gutiérrez y otros expresidentes de la FEG se le cuadraban, aseguran personas que conocieron al Tatuado, quien llegó a Guadalajara durante la administración de Oliverio Ramos Ramos (1988-1991). Dos décadas le bastaron para convertirse en verdadero “poder tras el trono”.
Según los entrevistados, en los últimos meses El Tatuado y su familia recibían recursos de Ramírez Gutiérrez, actual regidor del Partido del Trabajo en el ayuntamiento de Tonalá. Proceso Jalisco intentó corroborar esta versión con el regidor, pero éste se negó a conceder la entrevista.
Otro de los funcionarios de la UdeG cercano al Tatuado es Gabriel Torres, quien fue vicerrector durante la gestión de Carlos Briseño. Miembros de Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), único organismo estudiantil reconocido oficialmente por la casa de estudios, aseguran que durante la pasada administración Torres atendió “varios asuntos” con El Tatuado.
Y aun cuando en su declaración ministerial admitió que en 1997 estuvo preso durante casi cinco años por robo de auto y tentativa de homicidio, no se le conocía ningún otro delito.
Sin embargo, su participación en los asesinatos de cuatro estudiantes y un comerciante que le reclamó por el aumento de las cuotas por el “uso de piso” terminó con su carrera en la FEG. Según los testimonios de los implicados, fue El Tatuado quien disparó contra el estudiante Ismael Gómez y contra su padre.
En su declaración ministerial, de la que Proceso Jalisco tiene copia, El Panda describe: “Ese morrito (no dice quién) era el que más lloraba y yo trataba de tranquilizarlo”; otro de los implicados en el crimen asegura que él y los otros estudiantes estuvieron por varias horas encerrados en el mismo despacho de David Castorena, donde sucedieron los hechos, mientras los dos cuerpos se desangraban. Los tres preparatorianos estaban en shock.
La escena los dejó sin habla, pero ellos “siempre mantuvieron la esperanza de que los dejarían salir con vida”, dice uno de los testigos que aceptó dialogar con este medio.
Antes de la muerte del Tatuado, la Procuraduría General de Justicia de Jalisco ofreció a los reporteros un testimonial videograbado de Flores Gómez de sólo dos minutos con 20 segundos, quien se ve desencajado; opaca su mirada, extraviada.
Frente a la cámara de video, se le resecaba la boca mientras relataba la forma en que acabó con la vida de uno y otro de los estudiantes, a los que nunca ubicó por su nombre: “Me lo llevé yo para atrás (del edificio). Lo puse cerca de la fosa y lo apuñalé varias veces con un cuchillo. Luego me llevaron al otro, también lo acuchillé; al tercero lo acuchilló mi yerno”.
Dijo también que lanzó los cuerpos a la fosa y antes de echarles cal encima al menos uno de ellos todavía estaba vivo. “Estaba uno moviéndose y ya luego le hice varias detonaciones con un pistola y le echamos cal”.
Antes de que El Tatuado se entregara a las autoridades, en internet se difundió un material donde se le ligaba con el diputado federal priista David Hernández por su presunta participación en la muerte de un joven llamado Ernesto Nevares en octubre de 1990 (Proceso Jalisco 377).
A su ingreso al penal, el hombre de 51 años no parecía tener problemas de salud. Su repentino deceso la madrugada del sábado 18 complica las indagatorias pues El Tatuado se llevó a la tumba los secretos de los dirigentes de la FEG.
Entre el sábado 18 y el domingo 19 autoridades del Hospital Civil de Guadalajara, la Secretaría de Seguridad Pública y el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses (IJCF) informaron que el recluso murió a causa de una hepatitis “C”, neumonía y choque séptico (infección generalizada).
El domingo 19, en rueda de prensa, el vocero del IJCF, Andrés Zúñiga, y el coordinador operativo del organismo, Eduardo Mota Fonseca, informaron que el fallecimiento fue consecuencia de una neumonía, cirrosis hepática, insuficiencia renal y gastritis.
Zúñiga destacó que en la autopsia practicada al cadáver de Don George se encontraron rastros de neumonía bilateral (en los dos pulmones), cirrosis hepática, insuficiencia renal crónica y gastritis hemorrágica con sangrado en el tubo digestivo.
El instituto concluyó que los pulmones estaban aumentados de su tamaño normal, que presentaban una consistencia pastosa, dura y aspecto congestivo. El corazón lo tenía crecido dos veces más del tamaño normal. El hígado presentaba tamaño peso y color anormal.
El martes 14, siete días después de su entrega, el Juzgado Décimo en Materia Penal dictó auto de formal prisión contra El Tatuado por inhumación clandestina y homicidio calificado en contra del comerciante Armando Gómez Gallardo, así como de su hijo Francisco Ismael Gómez y de los estudiantes Juan Pablo Valentín Guerrero, Gabriel Morán y Francisco Carrillo.
Cuatro días después Flores Gómez falleció. Se llevó con él toda la información.