Sobre Krauze y el diálogo desde la “Conspiratio” De Santiago Cardoso Villegas

Señor director:

Mucho le agradecería, si lo considera apropiado, publicar en la sección Palabra de Lector el siguiente texto en relación con el ensayo de Javier Sicilia titulado Krauze y el diálogo desde la Conspiratio (Proceso 1841).

A Enrique Krauze no puedo dejar de identificarlo con ese grupo de “intelectuales” al servicio de intereses poco claros; fue defensor de la intervención en Irak en una entrevista que le escuché en Monitor, aunque habla y escribe mimetizado bajo la imagen de “(…) crítico de los totalitarismos (…) hombre de diálogo y (…) defensor de las sociedades abiertas”.

Javier Sicilia, por el contrario, escribe desde la vivencia existencial en el encuentro con el otro, inmerso en la atmósfera viva del “intercambio de alientos –la  raíz metafórica de lo humano–”.  En ese espacio Javier recoge una idea toral de los zapatistas: “un mundo donde quepan muchos mundos, todos los mundos”.

En el “pensamiento débil” de Gianni Vattimo encontramos un posible camino para llegar a ese mundo: “Frente a una lógica férrea y unívoca, (la) necesidad de dar libre curso a la interpretación; frente a una política monolítica y vertical del partido, (la) necesidad de apoyar a los movimientos sociales trasversales; frente a la soberbia de la vanguardia artística, (la) recuperación de un arte popular y plural; frente a una Europa (o un mundo) etnocéntrica(o), una visión mundial de las culturas”.

El desmoronamiento de más de 25 siglos de filosofía, que culmina en el pensamiento de Nietzsche –quien nunca estuvo asociado al nazismo– y de Heidegger, se materializa en el desvanecimiento de esas primeras causas omniscientes y omnipresentes, así como en el adiós a una verdad absoluta como fundamento y justificación de acciones e ideologías que legitiman y legitimaron los más atroces crímenes e injusticias en la historia.

De esos escombros surge el “pensamiento débil” de Vattimo, esa reflexividad en la tolerancia de un hombre que se sabe finito y limitado y que apunta al diálogo como el medio en el que se fusionan los horizontes para propiciar la gramática que crea el espacio para “un mundo donde quepan muchos mundos».

El “pensamiento débil” significa abdicar de la verdad absoluta, de mi “yo”, de “mi verdad”, y emprender el camino al reconocimiento de que “el otro” también tiene una verdad igual de valiosa y respetable que la mía. De ahí se desprende la aceptación y la tolerancia por otras culturas en riesgo de ser avasalladas por el sistema económico occidental en el que vivimos y al que, como señor feudal, le profesamos servidumbre a través de lo que Javier Sicilia llama “el trabajo fantasma”.

Occidente significa “ocaso”, y, como lo apunta Sicilia, estamos asistiendo a un punto de inflexión en la historia en la que los grandes sistemas económicos y políticos están desapareciendo en el horizonte. La caída del Muro de Berlín significó la caída del bloque socialista, y la caída de Wall Street hace cuatro años es la caída del sistema capitalista. El actual sistema económico está agonizando y escuchamos los estertores de su muerte por doquier. Es un tsunami que nos está arrastrando a todos por su consustancial “instinto de muerte” y contra el cual no hay blindaje posible.

Este es el parteaguas civilizatorio al que se refiere Javier Sicilia y que Krauze no puede ver porque Enrique, y para el caso todos nosotros, vivimos dentro de un cuadro de Escher del que no podemos salir. Es, quizás, nuestra triste forma de vida, nuestro modo-de-ser y nuestra forma de construir “una realidad”.

Para salir de este universo plano y viciosamente circular, primero necesitamos darnos cuenta de que “planolandia” no es la única posibilidad; de que existe una tercera dimensión y de que ésta sin duda alguna abriría el espacio necesario para propiciar un diálogo fecundo como proceso virtuoso que impulse una nueva convivencia.

Javier Sicilia es esa mente preclara producto de una congruencia de vida, de su hacer, decir y pensar que ha dado un “salto en el espíritu de Kierkegaard” para poder ver. ¡Javier ha visto esta nueva realidad y nos anuncia la buena nueva: La esperanza de lo-que-todavía-no-es-pero-seguramente-será, como lo expresaría E. Bloch!

Creo que el camino es reconocer al otro –como lo ha hecho Javier– en  toda su humanidad, en especial en sus tristezas, alegrías, sufrimiento y dolor, a la luz de la caridad, de la justicia y del amor, como lo vivió el cristianismo en sus primeros 33 años.

La esperanza para llegar a ese mundo donde quepan muchos mundos es apostar por el diálogo en el que renunciemos a creernos poseedores de la verdad absoluta (de lo contrario seríamos dioses y no seres finitos y limitados) y busquemos los puntos de coincidencia anteponiendo la tolerancia y el respeto por el otro, entendiendo la palabra respeto en el sentido de su etimología: “ver de cerca” al “otro”.

 

Atentamente

Santiago Cardoso Villegas
scardosov@gmail.com