Recuerda la caravana de Nueva Rosita y Cloete

Señor director:

Le agradeceré  publicar el siguiente texto, que quiero dedicar a la memoria de don Ángel Bassols Batalla.

En 1951 los mineros de Nueva Rosita y Cloete, Coahuila, abandonaron los túneles de carbón para defenderse de los embates de la empresa estadunidense Asarco que, coludida con el sindicalismo charro, lesionó los logros que por ley pertenecían a la masa trabajadora.

Después de soportar 95 días de huelga, de resistir la represión manu militari, de aguantar las jornadas del hambre (clausuraron la cooperativa), el azote de la enfermedad (cerraron la clínica), decidieron marchar a pie a la Ciudad de México, con la esperanza de que el presidente de la república remediara la situación.

Desde el inicio de su éxodo y aun antes defendían los valores universales de libertad, justicia y dignidad, pues su autonomía sindical había sido lesionada no sólo por la empresa Asarco, sino también por las más altas autoridades encarnadas en el presidente de México y sus corifeos: el secretario del Trabajo y el sindicalismo charro recién implantado.

Con sus estómagos semivacíos, caminaron en tiempos de hielo y deshielo, de lluvia y calor, durante 50 días. Después de vencer múltiples vicisitudes lograron llegar al Zócalo capitalino 4 mil 200 hombres, cien mujeres y 30 niños. Las puertas de Palacio Nacional permanecieron cerradas. El presidente de la república no los recibió, según declaró, por “ser una minoría que está fuera de la ley”.

Lo que no dijo el presidente Alemán es que su gobierno había apostado al capital, a los hombres del poder y del dinero. Para cumplir su encomienda –iniciar el capitalismo– comenzaría por “industrializar al país al precio que fuera”, privilegiando a los hombres de pipa y guante y desdeñando el overol. De allí su negativa a recibirlos.

Con su arrogancia de pies a cabeza, el presidente Miguel Alemán Valdés se mostró insensible a las más de 4 mil almas de la caravana, que ha pasado a los anales de la historia andorrera como la más azarosa, la más numerosa y la más dilatada.

La mirada de almas norteñas se volvió una frente al Palacio Nacional. Un solo puño, una sola voz clamando: “¡Justicia!”, “¡Justicia!”, palabra que, según Platón, significaba “dar a cada hombre lo que le corresponde”.

Los trabajadores del carbón regresaron a su tierra negra dolidos, decepcionados, con las manos vacías, los pies cansinos, cargados de hijos y sin chamba.

Su retorno les supo a derrota y a hiel, según lo confirma el testimonio de un viejo y digno caravanero, don (el don ganado) Gerardo Ramírez, quien 50 años después de la hazaña, casi al final de sus días, declaró:

“Sé que mi familia está orgullosa de mí, de lo que hice y del legado que dejo a Nueva Rosita”. En efecto, con su ejemplo, los caravaneros señalaron que todo hombre tiene derecho al trabajo, al pan y a la vida. La hazaña de estos hombres –llegar al DF a pesar de todo y contra todo– aporta lo que tanto falta en el México de nuestros días: hermandad, solidaridad, confianza.

Desafortunadamente, las puertas de la Historia aún permanecen cerradas para esta notable generación de hombres llamados “caravaneros”. Sobreviven unos cuantos, honrando con su paso las calles de Rosita, Cloete y la Región.

Agradeceré retroinformación en pro y en contra.

 

Atentamente
Doctor Juan Raymundo Barboza Santos
Nueva Rosita, Coahuila
emabadu@hotmail.com