Una Estela de Olvido en la Tarahumara

El hambre en la Tarahumara provocada por la sequía alcanza por estos días proporción de asunto nacional. Pero para el etnólogo José del Val no es nada nuevo, sino el incumplimiento permanente de los gobiernos con los derechos de estos pueblos del norte del país. En entrevista, desmenuza sus peculiaridades y desmitifica el concepto occidental que siempre se les ha querido imponer y del que huyen desesperadamente. “Se dice que hay una deuda histórica, pero no es histórica, es una deuda real, de hoy, no estamos en deuda con los tarahumaras de hace 500 años, tenemos una deuda en el 2012 y surge una crisis y no sabemos responder”, sostiene.

Con un gesto de incredulidad o de enojo contenido, el etnólogo José Manuel del Val Blanco lee, en su oficina cercana a Ciudad Universitaria, las tres primeras líneas del poema Yerbas del tarahumara, de Alfonso Reyes (1889-1959), que dice:

Han bajado los indios tarahumaras

que es señal de mal año y de cosecha pobre en la montaña…

No concibe el especialista que la situación de hambruna que enfrentan hoy los rarámuris en la Sierra Tarahumara –la misma que vio en su infancia el escritor y polígrafo regiomontano y lo motivó a escribir ese poema hace más de 70 años– pudiera pasar inadvertida por los gobiernos. Que ignoren que es un problema cíclico, den argumentos absurdos y ofrezcan promesas vanas. Y juzga que el Estado no está cumpliendo con su responsabilidad.

El pasado 15 de enero, diversos medios nacionales retomaron una entrevista del noticiero ABC del Canal 28 al gestor indígena Ramón Gardea, en la cual afirmó que la situación de sequía y falta de alimentos estaba llevando a los tarahumaras al suicidio. Autoridades locales y federales, como el gobernador del estado César Horacio Duarte, desmintieron los suicidios y atribuyeron el desabasto a la sequía e incluso el jefe del Ejecutivo, Felipe Calderón, dijo se debía al cambio climático. Gardea volvió al noticiero días después y reiteró que si bien no se trata de suicidios colectivos, tan sólo en 2011 se suicidaron 50 indígenas por la situación y aseguró que son casos documentados por la Fiscalía General del Estado.

Enfático, Del Val recuerda que distintos autores ya han señalado que el llamado “cambio climático” es un proyecto político que explícitamente se quiere imponer. Sí ha afectado, admite, también la sequía, y hay hambre en otras partes de México y en otros pueblos indígenas, pero la situación de los tarahumaras tiene peculiaridades.

Explica, para empezar, que el vocablo genérico “indios” ha homogeneizado a muy diversos pueblos y oculta su diversidad. Pero los tarahumaras no pertenecen a la órbita mesoamericana, son de la llamada Aridoamérica. Y han resistido por siglos “de una manera particularmente firme a la supuesta integración de todos los periodos históricos” (desde el imperio mexica hasta nuestros días). Un dato significativo, dice, es que a pesar de la persistente presencia de los jesuitas, en diferentes momentos de la historia, antes de ser expulsados y tras su readmisión, solamente se ha ordenado a un sacerdote tarahumara.

“Los tarahumaras no quieren desarrollarse, precisa el etnólogo. Y no es un asunto de hoy. Por supuesto que no quieren pasar hambre pero podríamos decir que su situación no es más que una demostración trágica del fracaso de la integración.”

Subraya:

“Lo que estamos viendo frente a la Tarahumara es un caso más donde el Estado no cumple su responsabilidad, por la razón que sea. No nos pueden decir que es cuestión de dinero, puesto que sí podemos construir una Estela de Luz en un año y gastarnos una millonada en una cosa irrelevante, absurda. O el presidente, de pronto, puede sacarse de la manga un fondo de 2 mil 500 millones de pesos para endeudar a los estudiantes por una generación entera. Ese tipo de cosas quieren decir que no es un problema de dinero.”

El etnólogo, fundador y director del Programa Universitario México Nación Multicultural de la Universidad Nacional Autónoma de México, llama la atención sobre el hecho de que tras la noticia del suicidio hubiera varias opiniones incluyendo “alguna barbaridad” del titular de la Comisión Nacional del Agua, José Luis Luege Tamargo, quien de plano afirmó que en la Tarahumara no hay sequía. Y, en cambio, no haya hablado la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), responsable de los albergues, de los centros coordinadores y de la Radio Tarahumara. Hasta el 16 de enero emitió un boletín anunciando la repartición de 125 mil despensas.

Hace tiempo ya, considera el especialista, que el Estado debió construir silos para guardar alimentación y aguadas, para cuando las temporadas de frío y sequía son más fuertes. Son soluciones no costosas, sencillas, se pueden hacer por una vez y permitir a los rarámuris seguir reproduciendo su propia vida.

El problema es que cuando se proponen soluciones para los tiempos de crisis, se piensa en proyectos integracionistas, desde los de carácter local, hasta los que consideran a la minería como la salvación cuando “evidentemente es la destrucción total, definitiva” y cuando la integración es lo último que desean los indígenas.

 

Equilibrio del cosmos

 

La alternativa es recrear las condiciones para que ellos desarrollen su propia vida, con su lógica y su compleja y completa cosmovisión. Evoca entonces el libro Los tarahumaras. Pueblo de estrellas y barrancas, del fallecido escritor chihuahuense Carlos Montemayor (véase recuadro), en el cual “hay una comprensión profunda sobre su cultura, desde los primeros contactos, ya modernos” (no desde la época prehispánica).

Recuerda a otros autores como el noruego Carl Lumholtz, autor de El México desconocido, quien popularizó las primeras fotografías de los tarahumaras; al francés Antonin Artaud, autor de Viaje al país de los tarahumaras; y al antropólogo estadunidense William L. Merrit, investigador del Instituto Smithsoniano de Washington.

Y desde luego al escritor y periodista Fernando Benítez, autor de Los indios de México, quien en el apartado “Viaje a la Tarahumara” describe el despojo del cual han sido víctimas los rarámuri, de sus tierras, de sus bosques, de sus pequeñas propiedades y hasta del poco dinero que puedan tener. Y cómo los mestizos abusan de su desapego a lo material y los discriminan obligándoles a refugiarse en las cuevas y barrancas.

Benítez (1912-2000) escribió en 1957 como si lo hiciera hoy:

“El problema de los indios no es irresoluble ni está fuera del alcance de las posibilidades económicas o administrativas del gobierno. En el caso particular de los tarahumaras bastaría con darles la propiedad de sus tierras y hacer que ellos mismos explotaran sus bosques, para que de una vez por todas se sentaran las bases firmes de su progreso. Sin embargo parece que algo tan sencillo tropieza con obstáculos insuperables…”

Aclara Del Val que cuando él dice que los tarahumaras no quieren desarrollarse es porque ellos no tienen la idea de progreso y desarrollo occidental. No necesitan un coche, vestirse de una manera u otra o ver televisión. Tienen sus médicos –no brujos–, su propia medicina tradicional, muy desarrollada, con un conocimiento profundo, tienen acceso al peyote como un espacio sagrado para la producción de visiones especiales, y conocen sus plantas y animales.

Se llaman a sí mismos rarámuris, “de pies ligeros” (aunque otros autores le dan otros significados como “corredor de a pie”). Se consideran hijos del sol y de la luna. Les preocupa el alma, pero no en la concepción occidental, sino el alma como una fuerza, y tienen tres o cuatro almas. Su paso por la tierra es muy corto y están destinados a morir y pasar a otro nivel para convertirse en estrellas. Se la pasan caminando y de su buen caminar depende el cosmos. No hay, destaca el etnólogo, evidencia de maltrato a las mujeres o a los niños en su cultura, por el contrario, enseñan a los niños mediante juegos el conocimiento sobre la naturaleza, y cualquiera de ellos a los cuatro o cinco años de edad es capaz de hacer fuego y cuidar de su rebaño en la sierra.

“La característica de ellos es: 500 años de resistencia y una solidez física enorme, cuando no hay situaciones de peligro. Tan es así que le permite decir al gobernador, en un racismo disfrazado, que los tarahumaras son tan fuertes, constituyentes y tan recios que eso lo aguantan. Así lo dijo.”

Lo que es verdad, a decir del especialista es que los tarahumaras son otros, otra cultura, y se debe admitir a México como país pluricultural, pluriétnico, y reconocer el derecho de los pueblos a su desarrollo autónomo. Afirma que tal como señaló Calderón en la Cumbre Mundial del Turismo de Aventura, los indígenas son dueños de sus recursos naturales:

“Bueno, pues son dueños de sus lagos, de sus bosques, de sus tierras, de sus playas, entonces por qué no reconocemos su carácter de dueños. Por qué les damos un trato lastimero. Y uno ve a los tarahumaras cómo se visten, las fotos esas típicas donde los vemos mirando a lontananza en la sierra, y nos parece que eso es la pobreza, pero no, ellos lo viven de otra manera. Ellos prefieren vivir con ese clima maravilloso, viendo la naturaleza, sin ruido de coches, todo ese tipo de cosas.”

Es, lamenta el especialista, el carácter autónomo de los pueblos indígenas lo que le cuesta trabajo asumir al Estado, en especial el de los tarahumaras que exigen más autonomía pues incluso cada familia rarámuri vive a más de un kilómetro de la otra, sólo se reúnen para las fiestas tradicionales, el trabajo colectivo y las tesgüinadas.

Se le menciona el debate entre Armando Bartra y Enrique Krauze en estas páginas, donde el sociólogo recordó que el historiador suscribió un texto con Juan Pedro Viqueira en el cual se rechazó el derecho de los pueblos indígenas a sus propias formas de gobierno, pues sería legalizar una “reserva de indígenas desempleados y alcoholizados” (Proceso, 1826).

El etnólogo pregunta si acaso aquí no hay alcoholímetros en las esquinas y las muertes accidentales son debidas en su mayoría al alcohol. Sostiene que Occidente es más alcoholizado. La tesgüinada tiene que ver con parte de sus rituales, para hacerlo necesitan mucho maíz y quien lo hace ofrece a todo el pueblo. Detrás de afirmaciones tajantes de que “son alcohólicos” no ve sino “el mismo discurso racista de siempre”.

 

Deuda de hoy

 

Es al entrar a las franjas de contacto con este mundo cuando los problemas comienzan, pues se enfrentan con los talabosques que acabaron con sus árboles maravillosos, con su vegetación, con su sistema de caza y recolección, en el cual tenían la posibilidad de vivir bien, lamenta el etnólogo:

“Lo pauperizamos todo, decimos: ‘se están muriendo de hambre, viven en las montañas, intégrenlos aquí, pongamos una escuela’. ¿Y qué? Los pocos pobres que son integrados se convierten en parias, yo no sé si vivir en un suburbio de Chihuahua, en una casa de cartón, malcomiendo, sin trabajo, puede ser un mejor horizonte de vida que estar arriba en la montaña”.

En sus territorios pueden además reproducir su cultura, sus formas de alimentación. Bajan, reitera el etnólogo, porque hubo una crisis, una sequía, y el gobierno no ha tenido la prevención de hacer lugares donde puedan abastecerse, porque además han ido desapareciendo estructuras que antaño les atendían, como la Conasupo y el Instituto Nacional Indigenista (INI), sustituido por la CDI.

“Por eso digo, los de la CDI no han hablado y sabemos que tienen un subejercicio de varios miles de millones de pesos al año (2 mil millones de pesos de 2007 a 2010, según algunos diputados). Entonces el hambre de los tarahumaras tiene que ver con esta institución. ¡Perdón, pero no es en abstracto! No es culpa de todos los mexicanos, es la institución dedicada a que esto no suceda ¡y le sucede! Y no nos digan que los modelos de operación no les permiten llevar, bueno pues que los construyan, si saben que va a haber hambruna, saben cuando baja la temperatura.”

Los tarahumaras, continúa el especialista, no bajan de la sierra si no es por alimento, “como cualquier mexicano que le dice al Estado: ‘Cúmpleme los derechos constitucionales a la salud, a la alimentación, al techo…’.” En realidad mantienen su independencia, “si dependieran del Estado ya hubieran desaparecido”.

Cuenta que cuando trabajaba en el INI, preguntaba en reuniones con mucha gente de la Tarahumara qué querían y la respuesta era: “Que se vayan, que nos dejen en paz”. En una ocasión pidieron se les diera un aserradero, en cuanto se les entregó le pusieron candado a la puerta y les dijeron que se fueran.

–Si han resistido tantos años, siglos, y no fueron integrados en ninguna época, ¿esta falta de políticas del Estado sería un etnocidio, esto si podría doblegarlos?

–La integración implica eso. Cuando se dice: “Queremos que tengan todo lo que nosotros tenemos”, ¡pero aquí hay 50 millones con hambre, en todo México! Entonces qué les ofrecemos, ¿que sean pobres en la ciudad? Eso es lo que no quieren, es a lo que se niegan finalmente. No lo formulan así, pero tienen la claridad pues algunos han bajado y han vuelto y les han contado cómo viven en los márgenes de las ciudades, maltratados, etcétera.

“O esta idea supina que tenemos ahora de ‘vamos a hacer un gran proyecto turístico’. ¿Qué van a ser los tarahumaras? Van a ser los esclavos de ese proyecto, no van a tener mucho más ingreso del que logran ellos con su propia autosuficiencia y aparte van a estar esclavizados.”

Lamenta que siempre se les mire mal, se consideran deplorables sus condiciones de vida y se hacen acciones para que dejen de ser como son y sean como nosotros, pero “no es para ser como el señor Slim, sino para ser el pobre de la Ciudad de México. No creo que les estemos ofreciendo nada”.

Los tarahumaras, añade, tienen todos los flagelos; el de quienes quieren cambiarles su religión, el de la Iglesia, el de los caciques, el de los madereros, los integradores y ahora el de los narcos. Pero “resisten y son cerca de 100 mil mexicanos, de los cuales por lo menos la mitad están aislados completamente y no van a bajar, algunos morirán, los más débiles, en general los niños son a quienes más afecta”.

Y un gobierno razonable tendría que estar pensando ya las rutas que por tierra o por helicóptero les permitan llevar salud y alimentación a toda la región. Pero el gobierno ha incumplido con sus derechos y, sostiene, siempre se dice que hay una deuda histórica, pero “no es histórica, es una deuda real, de hoy, no estamos en deuda con los tarahumaras de hace 500 años, tenemos una deuda en el 2012 y surge una crisis y no sabemos responder, pues no es llevar ahorita 27 tráilers y echarles comida, va a servir para tres semanas, y después ¿que?

“Tampoco es decir, vamos a ponerlos a trabajar, los capacitamos. Aun así, si el Estado mexicano considera que la educación primaria es necesaria ¿dónde están las escuelas, dónde el proyecto educativo para esos muchachos? Luego resulta que van a la primaria y no hay secundaria, y no hay prepa y no hay trabajo y están los narcos por ahí.

“Entonces es como un camino predefinido: un niño tarahumara formado en la sierra, en la pobreza, con mala educación, es un candidato ideal al narcotráfico. O sea, le rompo la lógica de su autonomía, de su concepción del mundo, lo meto en mi concepción que no es completa ni sirve y lo expongo a la realidad contemporánea, es una tragedia efectivamente.”

Al respecto, Benítez registró hace décadas un testimonio en su libro:

“Durante seis años se les ha vestido, alimentado y educado. ¿Después? El futuro está más allá de nuestras posibilidades. Los que estudiaron música no podrán comprar instrumentos; los curtidores, carpinteros, herreros, serán incapaces de instalar sus talleres. No los armamos para la vida y ésta es la grave falla, el pecado de la educación rural en nuestro país.” Del Val agrega: “Lo primero que se debe hacer es preguntar a los tarahumaras qué opinan.”

Él lo hizo en varias ocasiones:

“Me dijeron: váyanse ustedes, que nos dejen ser, que nos dejen el bosque y no nos metan a los talabosques, a las mineras, a las madereras.”

Escribe lo mismo la indígena rarámuri Margarita Baquetero Plascencia en el libro Estado del desarrollo económico y social de los pueblos indígenas de México, 1996-1997, publicado por el INI y el PNUD en el 2000, quien pide al gobierno tener más cuidado con el bosque:

“Queremos que continúen existiendo los pinos para seguir adelante. No es como en la ciudad, aquí hay que trabajar mucho para tener poquito, trabajar sin ambición para conservar todo lo que la naturaleza nos ha hecho el favor de darnos.”

Y ahorita, concluye Del Val, sale “el coro” de benefactores para llevar ayuda en la emergencia, ¿pero antes? ¿Y después?

Ya lo decía Rodolfo Stavenhagen hace seis años (Proceso, 1392) cuando, como relator sobre derechos humanos y libertades fundamentales de los indígenas en la ONU, advirtió que los pueblos indígenas no cuentan políticamente y no existen en la conciencia nacional, los medios prefieren dedicar páginas y horas a los spots y campañas políticas “como si fuera el gran problema nacional”, pero ninguno de los candidatos habla sobre los indígenas.