Como bien dice el etnólogo José Manuel del Val, varios son los escritores e investigadores que han escrito sobre los tarahumaras o rarámuris, pero pocos se han desprendido de un enfoque en el cual los indígenas son “un objeto” de estudio o de la idea de que la cultura occidental es “superior” y ellos “inferiores salvajes” que deberían cambiar, “integrarse”.
Así lo consideró el fallecido escritor Carlos Montemayor, nacido en Chihuahua en 1947, quien con el fin de confrontar esas diferentes visiones y dar voz a los propios tarahumaras escribió el libro Los tarahumaras. Pueblo de estrellas y barrancas, publicado por primera vez por el Banco Nacional de Obras y Servicios Públicos en 1995, y en 1999 por Editorial Aldus.
En 152 páginas, Montemayor –quien además de escribir su propia obra editó la de escritores indígenas en sus varios idiomas– permite un acercamiento a la cultura tarahumara, su cosmovisión, el porqué de su aislamiento en las montañas o barrancas, sus ceremonias del peyote y del tesgüino.
Revisa, entre otras, las obras de Carl Lumholtz, Peter Masten Dunne, François Lartigue, Fernando Benítez y Antonin Artaud, quien cuenta en Los tarahumara que los rarámuri se consideran a sí mismos hijos del sol y de la luna, y viven en las montañas porque éstas fueron creadas para ellos. Sólo bajan a las ciudades cuando tienen necesidad de mendigar, pero para ellos ese concepto no existe, pues “dar a quien no tiene nada… es una ley de reciprocidad física que el Mundo Blanco ha traicionado”, y para ver cómo viven “los hombres que se han equivocado”, pues consideran que vivir en las ciudades es equivocarse.
Describe el autor francés:
“En el norte de México, a 48 horas de la capital, hay una raza de indios pielrojas puros. Cuarenta mil hombres viven allí en un estado como de antes del Diluvio. Constituyen un desafío a este mundo en el que se habla tanto de progreso, seguramente porque se ha perdido la esperanza de progresar.
“Dicha raza, que debería estar degenerada físicamente, ha resistido desde hace cuatrocientos años todo lo que ha venido a atacarla: la civilización, el mestizaje, la guerra, el invierno, las fieras, las tempestades y la selva. Vive desnuda en invierno en sus montañas obstruidas por la nieve, a despecho de toda clase de teorías médicas. El comunismo existe entre ellos en forma de un sentimiento de solidaridad espontánea.”
Montemayor comienza por explicar el significado de las palabras tarahumara y rarámuri, que aluden a la capacidad de los indígenas de correr casi infatigablemente. Existen versiones en las cuales se describe que cazan a los venados cansándolos, corren dos o tres días detrás de uno hasta que éste cae fatigado, lo cierto es que varios participan en la caza. Pero sí es verdad que hacen largos recorridos a pie diariamente, cada semana o para sus celebraciones y que hay competencias para correr por llanos y cerros pateando una pequeña pelota de madera.
El escritor hace varias analogías entre la cultura occidental y la tarahumara para establecer, que así como en la primera “todo es natural” (la libertad, los derechos políticos, la educación, etcétera), en la rarámuri también hay una lógica y la naturalidad brota de su relación con la naturaleza, pero también con el universo espiritual en el cual ubican su posición en el mundo.
En la tradición judeocristiana, dice, el mundo está “al servicio nuestro”; para los indios de todo el continente la tierra es un ser vivo y el hombre tiene un compromiso con ella. El rarámuri tiene el compromiso de ayudar en su conservación, y su continuidad como pueblo representa la conservación del mundo, “ellos dependen del medio geográfico en que viven” pero “de ellos depende también el mundo en que todos vivimos”.
Y tienen un sentido de la justicia y la equidad “pocas veces vista en occidente”. Entre ellos no existe la usura, por ejemplo, y los conflictos deben resolverse con la reconciliación entre el agraviado y el acusado. Conciben al derecho como un asunto de todos y por ello los juicios son públicos y todos pueden participar, lo cual requiere de acuerdos comunitarios para llegar a los veredictos y sentencias.
A diferencia de los pueblos del centro o del sur y sureste de México, continúa Montemayor, los rarámuris viven aislados, si acaso unidos en rancherías, pero generalmente sus caseríos tienen distancias de hasta un kilómetro o más entre una casa y la otra.
Y hay una diferencia entre los tarahumaras que conservan sus creencias y ritualidad y por tanto no han sido incorporados a la Iglesia católica (son los jesuitas quienes han mantenido una permanente presencia) y los llamados pagotames que han sido bautizados. Asimismo, llaman chabochis a los mestizos o “blancos”.
Además de reunirse para el ritual del peyote, que para Artaud significó el encuentro con el “yo hasta sus fuentes auténticas”, los rarámuris se juntan también para beber tesgüino, la bebida alcohólica obtenida de la fermentación del maíz, que a decir de Montemayor tiene mucha relevancia en gran parte de su vida social y de sus ideas religiosas, pues es utilizada en fiestas, ceremonias curativas y reuniones de trabajo cooperativo.
“Así es la vida –escribió Artaud– de ese extraño pueblo al que ninguna civilización dominará nunca.”








