En los días recientes, tanto en México como en el extranjero, se ha suscitado una relativa polémica sobre la versión de fin de siglo del radical-chic, es decir una especie de fascinación turística de personalidades del mundo de la cultura con grupos de extrema izquierda. La visita de Oliver Stone, de Régis Debray, de Danielle Mitterrand y de Hebe Bonafini de las Madres de la Plaza de Mayo a Chiapas, así como sus respectivos encuentros con el subcomandante Marcos, han despertado diversos comentarios: unos, críticos o burlones, a la vez de los visitantes y del anfitrión; otros de elogio y exaltación de la convocatoria del movimiento zapatista.
Sin prejuzgar de las razones de todos los viajeros y careciendo de la versión directa que pudiera proporcionar Marcos sobre sus motivos para organizar estos periplos a la selva, podemos de cualquier manera comentar las razones que los huéspedes del zapatismo dan de la intención que atribuyen a Marcos. De acuerdo con las versiones relatadas por los visitantes, los dirigentes zapatistas tienen plena conciencia del desgaste que significa el llevar y traer a personalidades, y comprenden perfectamente la impresión de debilidad y de manipulación que pueden generar por buscar de modo tan ostensible apoyos externos. Dichos apoyos pueden en ocasión parecer sustitutos de solidez o fuerza interna, y produciéndose en una coyuntura de debilidad del movimiento chiapaneco, crear una imagen de desesperación o protagonismo exacerbado.
Según la visión de las visitas, Marcos teme una ofensiva del Ejército mexicano y un fortalecimiento del cerco militar alrededor de las zonas zapatistas. El cerco actual ya ha generado problemas de hambre en el seno de las comunidades, que no pueden sembrar ahora que es el momento de hacerlo, ni tampoco recibir comida ni ayuda de otras partes. La ofensiva militar tendría lugar por razones climatológicas: a mediados o finales de mayo comienzan las lluvias y ya después el uso de helicópteros y tropas aerotransportadas resulta prácticamente imposible. De tal suerte que el dirigente del EZLN está echando mano de todos los recursos a su alcance a la vez para alertar sobre el riesgo de un nuevo ataque de las fuerzas armadas mexicanas y para agujerear el cerco y lograr la entrada de víveres, fondos, medicinas, etcétera.
Entre las opciones con las que cuenta para ello figura el desfile de personalidades por Las Cañadas. Su notoriedad eleva automáticamente el costo para el gobierno de cualquier movimiento brusco u hostil; su impacto mundial en los medios genera de nuevo simpatía y recuerdos del alzamiento del 1 de enero de 1994; sus recursos o capacidad catalizadores de ayuda pueden hacer resurgir una solidaridad vigente pero en declive. Marcos paga con su propio prestigio y popularidad el costo de la “manipulación”, pero lo hace para salvar a las comunidades del hambre, romper el cerco e impedir la ofensiva gubernamental. Y las personalidades prestan su nombre y presencia en la opinión pública mundial a una causa que consideran justa, en una coyuntura que juzgan peligrosa, todo ello en un esfuerzo útil, pertinente y eficaz.
Me parece que la explicación es válida y lógica. Se puede discrepar con la apreciación de Marcos sobre los riesgos reales de una nueva embestida armada directa contra el zapatismo. Se puede dudar de que el estrechamiento del cerco sea todo lo riguroso y claramente intencionado como algunas versiones de prensa lo hacen creer. Se puede también poner en tela de juicio la celebridad de algunos de los invitados, bien de los que acudieron a la cita, bien de los que desistieron. Pero nadie puede cuestionar ni la sinceridad de los viajeros de las semanas recientes, ni de la coherencia de la explicación que da Marcos, por medio de ellos, de las invitaciones giradas.
No es radical-chic, en este caso, por dos sencillas razones: los visitantes poseen títulos de nobleza política muy antiguos, desde la participación en la resistencia contra los nazis durante la guerra de Danielle Mitterrand, hasta las archiconocidas gestas de las “locas” de la Plaza de Mayo en Buenos Aires y de Régis Debray en Bolivia, Chile y París. Y la causa, si bien cuestionada en sus métodos y costos, goza de una simpatía casi unánime en el mundo. No es peregrinaje para conocer al líder ni para recibir línea del comandante, sino solidaridad con una situación angustiante y dolorosa. Quienes siempre hemos pensado que la nacionalidad o carisma de los apoyos políticos es indiferente a su legitimidad o eficacia, sobre todo en luchas desiguales, no podemos más que comprender y avalar los periplos citados. Y admirar el valor de señoras burguesas de la Francia eterna que se adentran en La Selva Lacandona para conocer tan bien como ellas puedan, la condición de las comunidades indígenas de Chiapas.








