En tres cartas enviadas a Proceso, Hermann Schalück, superior general de la Orden Franciscana, desmiente las afirmaciones del teólogo brasileño Leonardo Boff, publicadas en el número 1014, en el sentido de que abandonó dicha congregación debido a que intentó silenciarlo y desterrarlo a Filipinas o a Corea del Sur, por órdenes del Vaticano.
Boff aseguró que había soportado durante más de 20 años el hostigamiento del Vaticano porque contó con el respaldo de los franciscanos. En junio de 1992, decidió renunciar debido a la “humillación” que quiso imponerle su superior, y relató su drástico rompimiento con Schalück.
Estas son las cartas de Schalück:
En la revista Proceso, número 1014, del 8 de abril de 1996, pp. 44-47, aparece publicada una entrevista a Leonardo Boff, en la que se atribuyen al suscrito –cuyo apellido correcto es Shalück y no Shalweck– palabras y actitudes completamente privadas de fundamento y, por tanto, falsas y, en su perversidad, incluso ofensivas.
Al respecto me hago un deber informarle que jamás amenacé a Leonardo Boff con algún tipo de castigo, ni mucho menos con un supuesto “exilio”, ni a título personal ni por encargo del “Vaticano”. Las expresiones aparecidas en su revista y atribuidas a Leonardo están totalmente alejadas de la verdad. Por el contrario, hasta el último momento, antes de que tomara su decisión, siempre le aseguré que nuestras Casas y nuestros corazones estaban disponibles para acogerlo en cualquier momento. Las verdaderas razones de su opción, por lo demás bien conocidas, fueron de carácter personal y merecen todo mi respeto.
Como prueba de cuanto afirmo, encontrará en anexo un pasaje de una carta que el mismo Leonardo me escribió inmediatamente después de haber anunciado su retiro. Como podrá constatar, él me agradece por la actitud asumida por nosotros. Ahora bien, según la “lógica” de la entrevista, actué exactamente al revés y hubiera debido recriminarme por ello. Es la “lógica” de una extraña autojustificación, poco coherente y poco adulta la que pareciera predominar en algunas entrevistas, como en el caso de la revista Proceso.
En vista de tales declaraciones irrisorias y falsas, ya en el año de 1993 escribí a Leonardo una carta, dada a la publicidad en circunstancias parecidas a las actuales y cuya copia también le adjunto.
En honor a la verdad, le pido gentilmente dar a conocer mi postura, junto con los dos anexos, a sus distinguidos lectores, quienes tienen el derecho y el deber de conocer la verdadera actitud –siempre respetuosa– de nuestra Orden para con Leonardo Boff.
Fr. Hermann Schalück, ofm
Ministro General
El fragmento de la carta que Boff envió a Schalück, fechada en Río de Janeiro, el 4 de julio de 1992, pocos días después de hacer pública su renuncia, es el siguiente:
Estimado amigo Fr. Hermann Schalück
Ministro General
… a mí me resta solamente una palabra de gratitud hacia la Orden Franciscana por la vida y por el espíritu que ella me dio. Fue mi mejor camino al evangelio y al mismo Jesús, el único salvador y suficiente liberador. Espiritualmente no me salgo de la orden. Ella está en lo más profundo de mi corazón e impregna todos los poros de mi existencia.
Quiero agradecerle también por todo lo que ha hecho por mí. Por la comprensión fraterna, por el diálogo siempre abierto y verdadero, por la amistad de tantos años. A esto jamás renunciaré, en cuanto a mí respecta.
Espero volver a escribirle. Quiero encaminar mi proceso de acuerdo a las prescripciones canónicas.
Con mis saludos de paz y mis rezos al Señor que para cada uno y para todos tiene sus planes sabios y divinos.
Leonardo Boff
El 22 de abril de 1993, Schalück envió la siguiente carta a Boff:
Querido hermano Leonardo:
Recibe un cordial saludo de Paz y Bien en el Señor.
Las muchas noticias sobre tu persona y las preguntas que continuamente me hacen, con relación a las actuales circunstancias, me mueven a dirigirte la presente de manera muy fraternal pero también con el deseo de aclarar algunos aspectos.
En primer lugar, quisiera hacerte notar que algunas declaraciones tuyas, a comenzar por la misma carta pública del 27 de junio de 1992, están en abierta contradicción con todo cuanto me has dicho privadamente y que incluso has escrito en otras ocasiones.
Por una parte, está la confidencia de nuestras conversaciones y encuentros de los años 1991 y 1992, y también los pasajes de una carta del 4.7.1992, en la que textualmente, entre otras cosas, afirmabas: “Me resta solamente una palabra de gratitud a la Orden Franciscana por la vida y por el espíritu que ella me dio. Fue mi mejor camino al evangelio y al mismo Jesús, el único salvador y suficiente liberador (…) Quiero agradecerle también por todo lo que ha hecho por mí. Por la comprensión fraterna, por el diálogo siempre abierto y verdadero, por la amistad de tantos años”. Te adjunto copia de dicha carta y te doy nuevamente las gracias, así como también te agradezco la amistad de tantos años.
Pero, por otra parte, está la carta abierta del 27.6.1992 (su carta de renuncia), bajo varios aspectos incomprensible e inaceptable para mí y para muchísimos hermanos y hermanas. Tanto ellos como muchos laicos, saben bien que el comportamiento de la Orden y el mío personal ha sido de solidaridad y de apoyo. Tú mismo me habías dicho en otras ocasiones que lo que te empujaba a tomar una decisión de salir era un asunto de tu “vida personal”. Yo te he respetado y protegido en tu libertad de opción. El cambio de tu vida y la diversa interpretación que das de los votos religiosos era, por lo demás, demasiado visible en los últimos años. Y sabes muy bien, mejor que yo, que ciertos “problemas” y fricciones ocurridos antes de mi elección como Ministro General, y que tanto te hicieran sufrir, eran más que nada consecuencias de este cambio en tu interpretación de los votos.
Pues bien, en diversas oportunidades y en varias entrevistas concedidas por ti, he encontrado frases que insinuaban “amenazas” y “medidas” de parte mía. Y el peor de todos fue un artículo del periódico El País, del mes de julio de 1992, en el que, según B. Forcano, tú mismo habrías dicho que te había amenazado, bajo presión del Vaticano, con 5 años de destierro en Filipinas o en Corea del Sur, y que dicha amenaza habría sido determinante para ti.
Tú sabes muy bien, Leonardo, que todo esto no es verdad. Sé que algunos (¡todavía!) creen en estas “noticias”, y no tengo ninguna intención de callar. Lo que más me preocupa, sin embargo, es tu credibilidad. Me parece imposible y vano querer mantener una fachada, y ello a expensas de otros, en este caso preciso, a expensas de nuestra fraternidad que siempre te ha amado, protegido y querido en sus filas. Tus dotes humanas, intelectuales y espirituales son demasiado preciosas como para ser amenazadas por la inconsistencia de tu actual comportamiento.
Te ruego, pues, que no sigas escondiendo la libertad de tu elección, muy humana y muy personal, detrás de insinuaciones y acusaciones falsas e injustas. A decir verdad, no te veo suficientemente libre en este momento; te veo dependiente totalmente de una cierta opinión pública, ante la cual –así me parece– se quiere esconder la verdad de tu vida. ¿Por qué? Deberías recordar siempre que sólo la verdad te hará libre.
Esperando que sabrás ponderar objetivamente la presente, te deseo paz y buen trabajo, y te aseguro mi cercanía con aquella misma amistad de antes, la cual, según copia de la carta que te adjunto, es también querida y preciosa para ti.
¡El Señor te bendiga y te guarde!
Tuyo afmo.
Fr. Hermann Schalück, ofm
Ministro General
Entrevistado telefónicamente en Río de Janeiro, después de conocer las cartas anteriores, Boff dijo:
–No me sorprende esta actitud de Schalück. Es más, ya esperaba una respuesta de este tipo.
–¿Y usted qué dice a todo esto?
–No quiero enviarle una contestación por escrito. No quiero polemizar más con él. Todo ese pasado ya lo dejé atrás. La historia me dará la razón. Sólo quiero contestarle a Schalück con aquella consigna nazi: ¡Der Führer hat immer Recht!
–¿Cuál es la traducción de esa consigna?
–¡El Führer tiene siempre la razón!








