El amorío de Zedillo

El obispo de Morelia aseveró que el presidente de la República no está casado con su política económica y que, por el contrario, está en “plan de búsqueda y de revisión”. No es ésta la creencia común y, por el contrario, no sólo se piensa que está casado y comprometido con sus estrategias y esquemas economicistas, sino hasta que es de ellas “mandilón”.
Lo ha hecho pensar insistentemente pues no ceja en advertir que (la recuperación y el crecimiento económico) “sólo se alcanzará manteniendo el programa económico y la disciplina en su aplicación, así como perseverando en las reformas legales, institucionales y aún (sic) culturales para promover el ahorro”. Eso ratificado el lunes pasado, junto con declaraciones idénticas muy reiteradas, hace saber que si la planificación económica neoliberal no es su esposa, no está casado con ella, entonces tiene relaciones de amorío o amasiato muy pasional y hondo.
Mucho más cuando le han ofrecido otras relaciones. No es que no conozca otras nenas o gordas económicas, dicen los muchachos. Mucho más: los partidos opositores, la Iglesia católica, las centrales obreras cómplices y las independientes, analistas internacionales y locales, todo Dios, dirían los hispanófilos, le han reprochado y rechazado sus planes y modos económicos y sociales.
Si ahora estuviese vigente el referendo, se le obligaría a cambios sustantivos, radicales, en esta política semejante a las de sus colegas en muchas partes del mundo, a los políticos que defienden y se benefician con planes que se inspiran e imponen en el Fondo Monetario Internacional.
En el fondo de su corazón y de sus neuronas, en secuela de lo que aprendió con sus ahora subalternos Mancera y Ortiz, el doctor Zedillo cree que él y compañía sí saben, que sí entienden, que los demás serían reprobados en sus conocimientos y proyectos económicos. Pero como bien replicó Carlos Fuentes a él lo reprueba la realidad.
No, no, no es así. Replica: “Dada la gravedad de la crisis que hemos enfrentado, hace un año, como ahora, afirmo con entera convicción, que la vía escogida ha sido y seguirá siendo la que entraña menores sacrificios frente a otras oposiciones”. Malicioso, reduce la controversia a posturas con antagonistas que quieren, según él, retrocesos para favorecer intereses, para simular o para hacer demagogia. De este modo, en las palabras que no en los hechos, descalifica a los centenares de mexicanos que repudian su política o reclaman otros procedimientos, tiempos y cuidados.
De no ser porque el PRI está más desacreditado que los gobiernos que ha incrustado, se tomaría la propuesta de su principal de hoy habida cuenta de que hubo requerimiento público, voz de Santiago Oñate, que reclama que la política económica se ajuste a la Constitución del país. En efecto, se podría probar que los desacatos a la ley primera de México son graves e imputables.
A pesar de que Zedillo alega que la soberanía mexicana es de su atención y cuidado, lo cierto es que el entreguismo al financiamiento externo –por más que ahora requiera el incremento del ahorro interno como necesidad y razón primeras de la economía–, el hecho de que el pago de la deuda sea preferido al salvamento social y los costos y daños, en sus propias palabras, que les han infligido a la mayoría de los mexicanos, le hacen imputable de desacato constitucional e incumplimiento de sus promesas.
Faltaba menos en su afirmación de que no hay lugar para triunfalismo. Dice verismo al sostener que se han hecho avances y resultados. Pero no se manda solo y no es a él a quien se debe hacer caso, sino a los ciudadanos, en primer y soberano lugar. Si no es su amor la onda neoliberal, qué anda haciendo.