Jesús Ortega ve al partido que aspira dirigir: intolerante, movimentista, incierto y democratista

Sin que hubiese podido impulsar con éxito la candidatura “única” a la presidencia del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Jesús Ortega Martínez llega a la contienda por la sucesión de Porfirio Muñoz Ledo definiendo:
“La tolerancia como signo fundamental de una vida democrática, es lo que menos existe en el PRD.”
Brazo operativo de Cuauhtémoc Cárdenas durante su campaña a la Presidencia de la República en 1994, Ortega apuesta a presentar al PRD con una clara identidad, puesto que, dice, el partido lo único que le causa a la gente es “incertidumbre”:
“Somos los últimos nacionalistas revolucionarios, los residuos de la izquierda marxista, de la izquierda social, y somos un poco de todo esto, pero no somos todavía algo sólido y concreto.”
Resuelto a promover la plena institucionalización del PRD, Chucho Ortega ya no quiere más complacencias en la organización. Molesto por lo que ha observado con frecuencia, se queja:
“En el PRD puede ocurrir que un grupo de compañeros tome las oficinas, que virtualmente secuestre al presidente del partido, que insulte a medio mundo, que se le deje ir y que no pase nada…”
Y, en la autocrítica franca, el jefe de la bancada perredista en la Cámara de Diputados reniega de las prácticas supuestamente democráticas que se estilan en el partido: “Más que procedimientos democráticos, los nuestros son procedimientos democratistas, y lo digo, sí, peyorativamente”.
“Soy hombre de izquierda”, dice en entrevista el jueves 18 con Proceso, horas después de haberse registrado como candidato a la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional del PRD.

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Ortega, nacido hace 43 años en Aguascalientes, empezó a hacer política en el comité de lucha de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional –impactado aún por “la matanza” de estudiantes en 1968–, para luego iniciar su trayectoria política en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), en el que militó por casi diez años.
Allí, y teniendo como referencia el liderazgo de Rafael Aguilar Talamantes, pasó del entusiasmo a la frustración: dejó las filas de ese partido por “el comportamiento poco claro de Talamantes en su relación con el gobierno”.
En efervescencia la gestación del Partido Mexicano Socialista (PMS) –resultado de la fusión del Partido Socialista Unificado de México y del Partido Mexicano de los Trabajadores–, Ortega formó parte de la “sexta fuerza constituyente” pemesista.
Luego de la declinación de Heberto Castillo –hoy uno de los candidatos a la dirigencia del PRD– en favor de Cuauhtémoc Cárdenas como candidato del Frente Democrático Nacional a la Presidencia de la República, Ortega participó en las acciones del movimiento poselectoral de 1988 siendo miembro todavía del PMS.
“Hoy –dice seguro el perredista– la oposición de izquierda apenas está aprendiendo a hacer política en la legalidad: Pasar de la ilegalidad a la legalidad ha sido un proceso muy largo, conflictivo y traumático para la izquierda. Y hoy, la lucha ya no es para tomar el poder, sino para acceder al poder.”
Habiendo sido en 1989 uno de los fundadores del partido al que hoy aspira a liderear, Ortega evalúa:
“Paradójicamente, el PRD nace del movimiento de 1988, pero para convertirse en partido como opción de poder debe dejar de ser movimiento, para convertirse en un partido con estabilidad interna, con estructura y con visión de partido. Digo que hay que pasar de la táctica del movimiento social a la estrategia de partido político.
“El PRD tiene el trauma del 88: nos preparamos para defender los votos, pero no nos preparamos para conquistar los votos. Yo no comparto la idea de Andrés Manuel López Obrador: si queremos ser alternativa de poder, necesitamos superar la fase de movimiento para situarnos en una estrategia de partido.”
El que el PRD –por su origen, fundamentalmente– haya sido, a la fecha, “un movimiento” y no un auténtico partido, explica el que persistan, a juicio de Jesús Ortega, un escaso trabajo de organización interna, una gravísima ausencia de institucionalidad, y, sobre todo, otra ausencia capital: la de tolerancia política.
“Ningún partido –afirma– puede sobrevivir y menos ser alternativa de poder, si en su seno no se respetan las normas que nos hemos dado. Nos estamos cociendo en nuestro propio jugo. Hay estados de la República en que todo el año nuestros compañeros están en confrontación permanente, viéndose al espejo, en lugar de ver a la sociedad.”
–¿Qué hay que hacer?
–Frente a los electores y frente a los ciudadanos, presentar a un PRD con una clara identidad: yo digo que lo que el PRD le significa a la gente, más que todo, es incertidumbre. La gente nos ubica como un partido muy luchador, muy consecuente, a veces nos ubica en el terreno de lo heroico, pero no le significamos certidumbre. Y un problema de la ausencia de certidumbre del PRD frente a la ciudadanía es su ausencia de identidad: Debemos presentarnos sin travestismos políticos, sin tratar de vestirnos de algo que no somos.
Señala entonces la prioridad que debe afrontar el PRD: “Por su origen, identidad, coincidencia, ideología y vocación, somos un partido de izquierda, cuya preocupación esencial es la procuración de la justicia social. Pero debemos ser un partido moderno, democrático, tolerante, plural, y no la vieja izquierda dogmática, corporativa y sectaria”.
El tres veces diputado federal cree que el PRD, partido al que frecuentemente se le vincula con las capas marginadas de la población, debe abrirse a todos los sectores de la sociedad.
Termina: “Nunca va a ser el PRD opción de poder si sólo representa a los sectores empobrecidos. Necesitamos ser un partido más representativo del escenario nacional”.