Hija de un exgobernador, formada en el PCM, feminista y luchadora por los derechos humanos Amalia García, en la pugna por el PRD: Nuestro reto, ser una fuerza atractiva para la mayoría, una alternativa de gobierno

La voz afable de Amalia García no se rompe cuando, con toda seriedad, advierte: el desmoronamiento del actual régimen político mexicano no conducirá necesariamente a la democracia.
El riesgo es un retroceso al autoritarismo.
Explica: “El panorama del país es muy complejo. En la izquierda acostumbrábamos decir que estábamos condenados a la victoria. Yo creo que no es así. En este momento de deterioro tan acelerado del régimen, no necesariamente el tránsito va a ser hacia la democracia. Es un idea incorrecta. Hay quienes dicen que si se acelera la descomposición, entonces vendrá la democracia. Creo que en esa afirmación hay un error. La historia de México nos dice que cuando hubo grandes reformas y grandes avances se creyó que las puertas estaban abiertas para la modernización de la sociedad mexicana. Lo que hubo fueron retrocesos terribles. El siglo pasado es un ejemplo de eso.
“Estoy convencida de que los liberales del siglo pasado, después de las grandes reformas de mediados del siglo XIX, creyeron que todo iba hacia adelante, que se abría un camino sin problemas y, sin embargo, llegó una dictadura feroz, que duró muchos años, que tuvo el control de todo. Entonces, no estamos condenados a la victoria.”
Pero no hay estridencia ni alarma en sus palabras. Y así como advierte el riesgo, cree firmemente en que las diferentes fuerzas políticas mexicanas –todas, sin excepción– y el novedoso protagonismo cívico-político de los ciudadanos podrán evitarlo.
Es optimista. A lo largo de la entrevista, una de las palabras que más utiliza es el verbo insistir: insistir en la lucha, insistir en el diálogo, insistir en la tolerancia, insistir en la movilización… Habla de ella misma, de su militancia en el Partido Comunista Mexicano (PCM), del Partido de la Revolución Democrática (PRD) y sus retos: que no sea una fuerza mezquina, sino abierta y capaz de convertirse en una opción de gobierno; de la necesidad de la tolerancia, de la encrucijada del país y de señales –la debilidad de la Presidencia, sin un Congreso y un Poder Judicial fuertes; la ambición de grupos políticos, cuyo interés no es precisamente la democracia; la nuevas leyes penales; la militarización de algunas policías– de lo que podría ser un futuro ominoso y de la necesidad de refundar al Estado mexicano.
Hija del exgobernador zacatecano Francisco E. García (1956-1962), militante del desaparecido PCM desde los 17 años de edad, feminista, luchadora por los derechos humanos, exdiputada federal y exasambleísta por el Distrito Federal, Amalia García Medina es ahora candidata a la presidencia del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) del PRD.

LAS RAICES

Amalia nació en Zacatecas. Siendo niña su padre fue, apoyado por el PRI, fue gobernador de aquel estado. Cuando estaba por terminar la primaria, llegaron los primeros libros de texto gratuitos y, como en el resto del país, hubo oposición de grupos conservadores y se buscó satanizarlos porque, se decía, “introducían el comunismo”.
Cuenta: “Mis amigas, las niñas con las que yo jugaba, con las que iba a desayunar o me invitaban a dormir a sus casas o yo las invitaba a la mía, decidieron que ya no me iban a hablar porque mi papá era comunista, por lo de los libros de texto gratuitos, y entonces yo les dije: ‘Pues si mi papá es comunista, entonces los comunistas son buenos’, y también les dije que yo era comunista, sin saber de lo que estaba hablando”, y Amalia no puede evitar la risa.
Al término de su mandato, su padre fue enviado al extranjero como diplomático, en un exilio disfrazado como se acostumbraba entonces, reconoce Amalia, porque había tenido enfrentamientos con el secretario de Gobernación y siguiente presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz. La familia García Medina vivió en Guatemala, Filipinas, Polonia y República Dominicana. Cuenta que en su casa siempre hubo una visión progresista:
“Diría que mi papá podría ubicarse en el cardenismo, muy nacionalista, muy defensor de la soberanía. Pero así como había esa visión, había una idealización del país, y más estando fuera, la imagen de México que se nos presentaba era muy positiva. Estando en Varsovia –adonde llegamos en el momento en que los tanques soviéticos invadieron Checoslovaquia–, hubo un movimiento estudiantil que fue reprimido. A mí me pareció una brutalidad que la expresión de los jóvenes y la libertad fueran aplastadas de esa manera y, de pronto, vemos en los noticiarios de la televisión lo que pasaba en México; vimos cómo entraban los tanques del Ejército en la Plaza de la Constitución.”
Al término de la estancia de la familia en Polonia, Amalia decidió venir a México a estudiar. Regresó a Zacatecas. Entró a la preparatoria de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), y decidió buscar toda la información que podía sobre 1968. Lo primero que leyó fue La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, y este libro la marcó:
“Se me derrumbó la imagen idealizada que tenía de México y del gobierno también. Yo no tenía una opinión política del gobierno, pero empecé a formármela a partir de lo que ocurrió en el 68. Además, Zacatecas es un estado con una alta migración hacia Estados Unidos; es un estado con condiciones de vida muy duras y, de pronto, encontrar a tanta gente en la miseria, incluso pidiendo limosna porque ese año hubo una sequía muy dura, pues me impactó enormemente. Y, en esos días, en esas semanas o meses, decidí que no quería, por ningún motivo, vincularme nunca al PRI. En Zacatecas hubo quienes llegaron a pedirme que fuera priísta, porque yo era hija de un exgobernador y decidí que no.”

EN EL PCM

Entonces se vinculó a un grupo de estudiantes y profesores que luchaban por la reforma de la Ley Orgánica de la UAZ. Consiguieron que la elección de las autoridades universitarias fuera por voto directo de los miembros de la comunidad. Reconoce que quizá lo lograron porque la UAZ no figuraba en el panorama nacional, y por ello no hubo represión como en las universidades de Nuevo León y Sinaloa. Ella también fue elegida como consejera universitaria por la preparatoria.
Y ahí, “mi indignación seguía y mi rebeldía eran muy grandes, y empecé a buscar quiénes eran los miembros del PCM y me encuentro que aquellos comunistas tan temidos, entre comillas, eran una especie de misioneros en su vida personal, en su trabajo, en sus ideas, en su propuestas. Encontré a Encarnación Chón Castro, un viejo líder minero, un hombre íntegro, además de muy respetado en Fresnillo; a Dolores López, Lolo, de la CIOAC, dirigente agrario que a mí me pareció lo más digno que había en ese momento. Me atrajo mucho el sentido de la ética política que tenían, su compromiso con la gente, su desprendimiento y, entonces, decidí entrar al partido”. Y cuando lo dice, Amalia vuelve a reír, bajito, casi como confesando una travesura.
En una ocasión que sus padres regresaron habló con ellos y les reveló su militancia.
–¿Qué le contestó su papá?
–Se quedó callado un rato y después me dijo que yo tenía el derecho de decidir dónde participaba políticamente, que respetaba mi decisión y que en lo que pudiera respaldarme, lo iba a hacer. La que se atemorizó fue mi mamá. Para ella, hablar del PC en México era algo muy nebuloso, no sabía exactamente qué significaba y le daba mucho miedo. Más tarde, cuando se enteró que había guerrilla urbana, ella no sabía si yo estaba en esos grupos, además que para ella comunistas y guerrilla urbana y todo eso eran lo mismo. Me pidió que me cuidara. Pero, en general, hubo una respuesta muy respetuosa.
En esa época –apenas hace 25 años–, el PCM era un partido ilegal, en la clandestinidad.
Después, Amalia García se casó con un maestro de la Escuela de Economía de la UAZ, que había llegado de la ciudad de México, y “me vine para acá”. Acá ingresó a la Juventud Comunista (JC). No era una época fácil. En el PCM se discutía cuál era el camino a seguir: la vía armada o intentar abrir espacios democráticos, intentar que prevalecieran condiciones de tolerancia, de respeto, de libertad, “aunque en esos momentos pareciera un sueño imposible”.
Ese debate –que fue muy serio, muy analítico, época que mucho agradece porque fue de lecturas, de información y de análisis– lo ganaron quienes optaron por la vía pacífica, pero muchos jóvenes, agobiados por la opresión, por la asfixia política, por la secuela del 68, decidieron sumarse a la guerrilla. Muchos de los compañeros y amigos de Amalia lo hicieron. Muchos sufrieron la represión, la tortura.
“¿Nombres? No quiero decirlos, porque todavía ahora luchan contra la secuelas de la tortura, no sólo en lo psicológico que es lo mejor que han superado, sino aun en lo físico.”
Después, a su esposo lo invitaron a dar clases de economía en la Universidad Autónoma de Puebla (UAP). Ahí Amalia García conoció el anticomunismo exacerbado. Eran los tiempos del gobernador Gonzalo Bautista O’Farrill y del arzobispo Octaviano Márquez y Toriz. Los comunistas eran acusados de atacar a México y a la Virgen de Guadalupe, los relacionaban con Alejandro Jodorowsky, en “una extraña mezcla que lo que intentaba era satanizar”. Los tiempos del Frente Anticomunista Universitario, el FUA.
El recibimiento no fue el mejor: la ciudad estaba tapizada con carteles que anunciaban: “Joel Arriaga, Fuera o Muerte”. Arriaga había sido detenido en el 68. Al ser liberado regresó a Puebla a colaborar en la UAP y fue nombrado director de la preparatoria, unos días antes. Y días después, Arriaga fue asesinado en pleno centro de la ciudad. Recibió 17 disparos. Nunca se investigó el asesinato, simplemente –dice Amalia– porque no había ningún interés en investigar.
La UAP decidió poner en marcha un programa de atención a las comunidades más pobres del estado, enviando a pasantes de odontología y medicina a atenderlos, y “eso fue un reto inadmisible para el gobierno estatal”. El programa era responsabilidad de la Dirección de Extensión Universitaria, a cargo de Enrique Cabrera. Y la historia se repitió. Aparecieron nuevos carteles y pintas en las paredes de la ciudad: “Enrique Cabrera, Fuera o Muerte”. Y días después, Cabrera fue asesinado a las puertas de su casa. “Era un ambiente de intolerancia brutal”. El rector de la UAP era el ingeniero Luis Rivera Terrazas. En su casa pusieron varias bombas, pero su prestigio en el mundo académico le permitió mantenerse en el cargo. Amalia cuenta que, todas las noches, los miembros de la JC y del PCM esperaban la salida de Rivera Terrazas para, acompañados por él, ir a sus casas.
“Fue una época que yo recuerdo como una pesadilla, pero también de mucha formación, porque estaba, estábamos, convencidos de que teníamos derecho a nuestras propias opiniones, a participar en política como lo estábamos haciendo y que íbamos a mantenernos en eso a pesar de los asesinatos.
“Fue una época muy dura. Yo había entrado al Colegio de Historia de la UAP. Al año, decidí embarazarme. Al nacer mi hija me convertí en madre de familia, ama de casa, estudiante y, al mismo tiempo, me nombraron coordinadora de la JC en la universidad. Hacía mil cosas a la vez. Esa ha sido la dinámica de mi participación política, de mi vida. Por eso fue también una etapa muy rica en el ámbito de la vida personal, sobre todo por la maternidad, que a mí me dio mucho gusto, porque fue algo que yo decidí.”

EL FEMINISMO Y DERECHOS HUMANOS

De regreso a la Ciudad de México, Amalia García descubrió el feminismo en una mesa redonda en la Casa del Lago, adonde había sido invitada a hablar en nombre de las mujeres comunistas y, desde entonces, se sumó a esta lucha de género. Más tarde, se ligó a la lid en favor de los derechos humanos, cuando comenzaron a surgir los primeros grupos de este tipo, como el de doña Rosario Ibarra de Piedra. En 1989, esas dos vertientes de su lucha se iban a unir, cuando destacadamente participó en la defensa de las víctimas de las escoltas del Javier Coello Trejo, entonces subprocurador encargado de la lucha contra el narcotráfico. Ella y otro grupo de mujeres lograron no sólo que los conocidos como “los violadores del sur” fueran castigados penalmente, sino que en la Cámara de Diputados las legisladoras del PRD, PRI y PAN presentaran un iniciativa de ley conjunta para aumentar la pena al delito de violación y otros como el hostigamiento sexual.
Tampoco fue fácil. Por un lado, fue amenazada directamente por los acusados. Por el otro, algunos de sus compañeros perredistas le recriminaban el que esa iniciativa no fuera presentada por la fracción parlamentaria de su partido. La defensa de Amalia fue sencilla: ella estaba segura de que si el PRD presentaba la iniciativa obtendría muchos reflectores publicitarios, pero las reformas propuestas hubieran ido a la “congeladora” legislativa, como ocurre con cualquier propuesta opositora. Luchó también contra el concepto de disciplina partidista de las diputadas priístas, pero finalmente se logró el consenso y la aprobación.
La intensa lucha política de Amalia le crea una convicción fundamental: la de la tolerancia y, por extensión, la necesidad del diálogo, pero sin evitar la movilización. El diálogo –explica– “debe estar vinculado a la movilización, a la lucha y la fuerza de la sociedad, si no, ni siquiera existirá y ni siquiera te invitarán a la mesa o no te aceptarán o te echarán”

EN EL PRD

Dice que no hay nostalgia por el PCM. “Tengo los pies bien puestos en el PRD”. Amalia vivió y participó en la legalización del PCM, su transformación en Partido Socialista Unificado de México y Partido Mexicano Socialista en aras de la unidad de las izquierdas mexicanas, hasta llegar al actual PRD, luego de las elecciones de 1988.
Expone: “No concibo al PRD como una continuación del PC. Me gustaría concebirlo como una fuerza de centro izquierda democrática. Y no estoy hablando del centro en el sentido en el que han hablado Manuel Camacho Solís y Felipe Calderón. Ellos cometen un error garrafal cuando hablan del centro, porque hablan en términos ideológicos, pero en éstos el centro no existe. Yo hablo del centro en términos políticos: un partido como una fuerza que intente aglutinar, que una, que teja alianzas, que busque coincidencias, reconociendo que los cambios en México no los va a hacer un solo partido, sino la sociedad mexicana en su conjunto”.
Y recuerda que cuando, en la Revolución Francesa, se acuñaron los conceptos ideológicos de izquierda y derecha, por la colocación en el recinto de liberales y conservadores en aquellos debates, también existió el centro, pero no se llamó de esa manera, sino “el pantano”.
Así, no concibe al PRD como “una fuerza mezquina, cerrada, que no reconozca que los cambios en México los vamos a tener que hacer todos los mexicanos, estemos o no en un partido político. Pero al mismo tiempo que esté en favor de la justicia, la equidad, la igualdad. En ello nos diferenciamos del PRI y del PAN, porque para ellos no es tema de preocupación esencial la situación económica y social de los hombres y mujeres de México”.
De sus compañeros competidores por la presidencia del CEN perredista dice: “Estoy muy orgullosa de todos ellos y de todos mis compañeros. En el PRD hay una gran cantidad de cuadros, de liderazgos muy destacados de diverso tipo. Eso habla muy bien del partido. Creo que por eso tiene futuro, en él hay oficio político, experiencia, valor civil, compromiso y sensibilidad hacia la sociedad. Y todo se combina”.
Así, considera que ahora en el PRD la discusión no es sobre quién aspira a convertirse en su líder nacional. “El debate es qué hacer para que el PRD no sólo sea una fuerza que hace uso de la crítica, que es muy importante, y que se vuelve grave cuando un partido político o un medio de comunicación o un ciudadano no la ejerce, pero junto con el ejercicio de la crítica es muy importante resaltar el carácter propositivo del PRD. Necesitamos convertirnos, muy pronto, en una fuerza atractiva para la mayoría de los mexicanos y ser una alternativa de gobierno; ser una fuerza capaz de llegar a gobernar, una fuerza lista para la alternancia en el poder. Ese es nuestro gran reto”.
Recuerda que hace un año, en su congreso nacional en Oaxtepec, la determinación fundamental de los perredistas fue convertir a su partido “en una fuerza principal, en un motor de la transición pacífica hacia la democracia”.
Amalia expone que esa transición hacia la democracia podría frustrarse si no hay diálogo, acuerdos, pactos, alianzas entre todas las fuerzas políticas del país: desde el gobierno y el PRI, pasando por el EZLN y el PAN, hasta la sociedad civil, para que se pongan de acuerdo, para que al momento del derrumbe del actual régimen lo que prevalezca no sea el autoritarismo, no sea una salida de mano dura o la de algunos grupos, o el caos o una mayor descomposición muy prolongada.
“Pongámonos de acuerdo en qué queremos, digamos con claridad cuáles son los cambios que se requieren y cómo los vamos a hacer. Esto no es fácil; en el PRI hay una enorme resistencia; al PAN no le preocupa de manera esencial, porque mientras el país se desmorona ellos siguen ganando gubernaturas, y entonces el reto lo tiene el PRD.”
Y es cuando expone el riesgo de que lo que podría ser la transición mexicana hacia la democracia, se convierta en un retroceso hacia el autoritarismo. Advierte entonces signos ominosos ya presentes: la iniciativa de las leyes contra el crimen organizado, la actuación del llamado “sindicato de gobernadores salinistas”, grupo de poder político y económico, sin excluir la fuerza de los narcopolíticos, “que están jugando a conducir al país adonde a ellos les interesa”, así como la militarización de algunas corporaciones policiacas.
Por ello considera que es necesario refundar al Estado mexicano. La reforma electoral –dice– es importantísima, pero no lo es todo. Tienen que cambiar también, por ejemplo, la relación entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial y establecerse una relación distinta entre el gobierno y la sociedad.
Explica: “Tradicionalmente criticamos las facultades metaconstitucionales o extralegales que ejerce el titular del Ejecutivo, pero nadie o muy pocos nos damos cuenta de las enormes facultades constitucionales que tiene el presidente de la República. Las razones históricas de esas facultades ya no existen. Ahora se requiere de un presidencialismo acotado, pero no sólo eso. Junto con él, es necesario el fortalecimiento y la independencia de los poderes Legislativo y Judicial. ¿Por qué? Porque hoy en México existe una Presidencia debilitada, incluso algunos hablan de ingobernabilidad, pero a ese debilitamiento no ha correspondido un fortalecimiento de los otros poderes, sino el fortalecimiento de grupos de poder político y económico que están intentando que sus intereses sean los que prevalezcan”.
Sostiene también que sobre todo a partir de 1988 ha surgido un nuevo actor político en México, sin el que es casi imposible la transición democrática: el ciudadano común y corriente, que antes no existía, porque era utilizado por el PRI para acarrearlo a votar y conseguir su triunfos. “Ahora el ciudadano decide, opina, es activo, se organiza, da peleas, es la figura, es el actor que está generando los cambios en el país”, esté o no en los partidos políticos, lo que también explica el surgimiento de numerosas organizaciones civiles en los años recientes.
Convencida de que la tolerancia en la diversidad y el diálogo son elementos básicos para el futuro del país, Amalia García, hija de un exgobernador priísta, formada políticamente en el PCM, no se arredra ante las dificultades: “Hace unos días estuve en Oaxaca en una mesa redonda, invitada incluso por el ayuntamiento panista de aquella ciudad. Después de que hablé, un asistente me preguntó que cómo podía yo aceptar el diálogo con quienes han participado o han sido cómplices de la violencia contra el PRD, y citaba a los 300 o más perredistas asesinados. Yo le dije que esa indignación, que la lucha contra la violación de los derechos humanos, que la lucha contra la intolerancia, nos llevan a sentarnos a la mesa incluso con el otro actor político que nos resulta repulsivo, porque el diálogo tiene que darse para que sean posibles los resultados”.