Fuentes en su novela “Los años con Laura Díaz” invierte la relación del personaje con México y la pone a su mítico Artemio Cruz

Carlos Fuentes regresa a la narrativa para tender un arco que abarca casi todo el siglo veinte de México.
Se trata de Los años con Laura Díaz, seiscientas páginas publicadas por Alfaguara que dan cuenta de la trayectoria vital de una mujer, testigo de primera fila de importantes sucesos y encuentros con personajes capitales de la cultura y la política.
El escritor, sin mayor preámbulo, cuenta a los lectores de Proceso la clave de la nueva novela:
“Es una constante en la mayor parte de mis novelas de contenido social y político –fuera de la narrativa fantástica y de imaginación–, el cruce de la persona o el individuo con el hecho histórico y con el hecho social.”
Y explica:
“Lo mismo en La muerte de Artemio Cruz que en Los años con Laura Díaz se abarca la misma etapa histórica, empero ambas novelas representan el águila y el sol de una moneda al aire. La primera destaca que un hombre prominente del régimen revolucionario en los estertores de la muerte, mientras se pulveriza, se erije una nueva nación. En cambio, en la más reciente ese mismo tramo de la historia es visto por la mirada de una mujer que se hace a sí misma pero contempla la desintegración de su país.”
A Fuentes le ha tocado vivir un pequeño incidente que se emparenta al gran desastre de México, dice, pues su biblioteca sufrió un percance provocado por las lluvias del verano que invadieron su casa y mojaron miles de libros:
“Estoy tratando de acomodarlos y volverlos a la normalidad.”
En la parte baja de la casa de San Jerónimo Lídice –donde ofrece la entrevista– se encuentran los volúmenes de literatura, novela, poesía y teatro, mientras en el tercer piso se ubica su estudio, en el que están los de filosofía, diccionarios, ciencias, historia:
“Ahí trabajo, escribo y hago las consultas necesarias, en la parte de abajo están los libros que me llevo a la playa, los que leo por placer.”
Ataja de forma amable los deseos por conocer su lugar de trabajo y afirma que siempre será inexpugnable:
“No, eso es un campo de batalla, mi esposa no lo permitiría… ahí está la cocina.”
Sin duda, se encuentran en ese lugar los diagramas, una suerte de mapas que el escritor utiliza para la confección de sus escritos. Sin embargo, revela que permanece fiel a su máquina de escribir y muestra sus dedos índices doblados en las puntas:
“Escribir en computadora, ¡jamás!. Con ella no hay sensualidad, es como hacer el amor con condón.”
A su vez recuerda que el escritor francés André Gide decía que la lectura era un vicio impune:
“Hay una buena novela de Arsenio Lupin en la que el crimen no se puede resolver porque en la casa donde pasó esa noche había un baile; la policía sostenía que era imposible que se haya cometido ahí; sin embargo, el detective mandó hacer una réplica exacta de esa casa para saber cómo se introdujo el asesino para cometer su crimen.
“Considerando esta experiencia tengo una biblioteca idéntica a ésta en Londres, de manera que donde quiero que voy cuento con los libros que me gusta leer. En ese sentido tal vez la lectura no sea un vicio sino un crimen.”

Destino fatal

Fuentes ha corrido el riesgo de incorporar a su novela a Diego Rivera y Frida Kahlo, figuras sin duda muy referidas en estudios y textos literarios. Acerca de si en verdad son el emblema de la utopía de la izquierda mexicana, pide cautela:
“Se trata de una utopía bastante discutible, porque ya sabe usted que el muralista fue expulsado por el Partido Comunista por prestarse a pintar murales capitalistas para los Rockefeller, y  ellos a su vez lo corrieron de Nueva York, le borraron su mural y lo declararon un comunista indeseable, de manera que esos son los peligros de la actividad artística e intelectual.”
–En aquel entonces, los pintores fueron llamados por mecenas estadunidenses; pero la experiencia, ¿no fue agradable?
–Hay una especie de destino fatal de los muralistas mexicanos en los Estados Unidos: primero les encargan acometer los muros y luego hacen que los borren o los demonizan. Le pasó a Rivera en Nueva York. Lo mismo le sucedió a Siqueiros en Los Angeles cuando le pidieron pintar un mural que se llamaría América Tropical; se lo encargó una señora rica bajo la creencia de que iba a pintar a Carmen Miranda con un frutero en la cabeza y lo que pintó fue la América Latina crucificada por los Estados Unidos… rápido borraron ese mural. A Orozco le ocurrió algo irrisorio: una vez terminado su Prometeo del Pomona College lo obligaron a quitarle el sexo; Prometeo está ahí todavía pero sin sexo, eso no lo podían ver los puritanos americanos. En cambio, hoy los estudiantes han puesto un título en inglés que dice Prometius you can’t put it in, if before you dont put it on (Prometeo, tú no puedes ocultarlo si antes estuvo puesto).
–Menciona en Los años con Laura Díaz que las abuelas son las mejores novelistas.
–Sí. Mi padre era diplomático, de manera que vivía muchas temporadas fuera de México, pero siempre venía los veranos de vacaciones a México, llegaba a residir con mis abuelitas, una vivía en Xalapa y otra en la colonia Roma de la Ciudad de México. De manera que gracias a esas abuelas no perdí el español, de otra forma hablaría con usted portugués, inglés o francés. Además me conecté con todo ese pasado que ellas recordaban, el pasado de sus vidas de provincia en Veracruz, en Sonora, en Sinaloa… para mí fue una memoria impresionante, muy viva, que nunca me abandonó, y he tratado de darle cuerpo a esas remembranzas en esta novela.”
Aunque advierte que no se trata “de unas memorias precisas, exactas, sino que me sirven de trampolín para otras cosas. Por ejemplo, a una tía abuela mía sí, en efecto, en la diligencia de México-Veracruz, un bandido le cortó de un machetazo los dedos. Después inventé la escalofriante escena del asaltacaminos que recogió los dedos de ella, los guardó en su sombrero y se enamoró perdidamente de su víctima.”
Entusiasmado, confiesa:
“Parto de hechos reales pero siempre gana más la imaginación.”