El tema de los derechos humanos aparece intermitentemente en la prensa y los medios. Es un asunto que preocupa hoy, por conveniencia, a los gobernantes puesto que del respeto a los mismos dependen préstamos, imágenes externas y hasta tratados comerciales. Sin embargo, por razones históricas y de sistema político, México siempre resulta más evaluado por los organismos internacionales de más reconocido prestigio, como Amnistía Internacional.
Recientemente dicha organización dijo que México era un país “caso en las Américas –junto con Colombia y Estados Unidos– en donde los mecanismos legales destinados a proteger a las víctimas de violaciones de derechos humanos son simplemente soslayados”.
Empero, las violaciones a la dignidad humana que cometen los medios de comunicación en su labor diaria no han sido estudiadas y mucho menos reportadas. Estas se cometen en los noticiarios supuestamente serios como Hechos o el Noticiario de Televisa. También en programas especiales de información como Duro y directo. Asimismo en concursos de habilidades físicas.
En los informativos sucede con mucha frecuencia que los presuntos delincuentes sean mostrados en situaciones humillantes, que se les califique, demuestre y se les juzgue sumariamente. El medio, el reportero y el programa se erigen en jueces y dictan sentencia al aire como si no hubiese un sistema judicial y normas jurídicas. Y por supuesto como si estas personas no tuviesen ningún derecho humano.
El amarillismo que campea en dichos telediarios ha convertido en noticia principal la transgresión de la ley, pero ésta es presentada como si los medios fuesen los grandes escarmentadores o los modernos inquisidores. El daño que pueden causar pasa, por lo general, impune, ya que el blanco favorito de dichos medios son los más pobres, los más desprotegidos, los de la condición social marginal.
El atropello a la dignidad, a la imagen de las personas, a su calidad de seres humanos es igualmente avasallada por shows como el de Cristina. Por un viaje a Miami, una noche en lujoso hotel y una cantidad monetaria, los emigrantes de América Latina que viven en Estados Unidos son expuestos a preguntas, guiones y montajes en donde cada uno forma parte de una galería de miserias, de corrupciones, de degradaciones, cada una más extravagante que la anterior.
Los concursos, supuestamente programas a donde acude el que lo solicita y los hace para divertirse y de paso obtener, su puede, un regalo como recompensa, constituyen otro muestrario de ofensa y degradación de la dignidad humana. Los participantes tienen que realizar todo aquello previsto por los organizadores, solos o en equipo, para obtener puntos y ganar la competencia. Y la imaginación es prolífica para inventar juegos degradantes: tirarse al agua vestidos, atrapar con la boca pelotas y objetos, arrastrarse por el suelo, o por el lodo, disfrazarse de payaso, hacer equilibrio y por supuesto caer. Y entre más torpes, mejor. Ver a otros hacer el ridículo y exhibir sus limitaciones puede ser muy divertido para quienes desde la producción o el público se sienten superiores.
En la medida en que no existe un ombudsman de los derechos de los telespectadores, no hay instancia que vigile, ponga límites o castigue a los productores de programas en los cuales se ofenda la dignidad y los derechos humanos de las personas. Peor aún, dichos atropellos pueden pasar como fórmulas comunes y normales de entretenimiento.








