Woody Allen es el último de los cineastas (antes eran Fellini y Bergman) capaz de garantizar una exhibición anual en la Muestra. Además de formar parte de una tradición para un buen número de cinéfilos, su presencia permite acompañar, como testigos, la evolución de uno de los cineastas más fieles a sí mismo. Ver “la última de Woody Allen” es saber cómo anda el autor, aun cuando él mismo contradiga la postura de aquellos que pretenden ver en su obra el reflejo de sus aventuras y escándalos. Es que Allen de ninguna manera es su propio biógrafo sino su propio intérprete; sería un error pensar que copia la realidad de los hechos, Woody la inventa y en el mejor de los casos la disfraza. Poco le importa que su público se entere de su larga vida de psicoanálisis; se interesa sobre todo en una reflexión sobre el significado de sus actos: la terapia, el amor, el sexo, la infidelidad, la fama. Todos ellos amenazados por la duda y el absurdo que sólo deja de serlo gracias al cine.
El precio del éxito (Celebrity, EU, 1998) describe el itinerario de Simon (Kenneth Branagh), periodista y aspirante a escritor, a través de una interminable galería de celebridades. Con una cierta inquietud antropológica, pretende aprovechar su experiencia para una novela; pero víctima él mismo del culto fetichista de la personalidad carece de la distancia necesaria para librarse del influjo. Desarrollada como una serie de secuencias contrapuestas, como La Doce Vida de Fellini, Celebrity es la balada triste de una cultura que transforma su miedo a no ser, a convertirse en una imagen desenfocada de sí misma, en un ruidoso baile de máscaras a cual más de excéntricas y en un silencioso grito de “HELP!”(auxilio) escrito con humo en el cielo. El empleo del blanco y negro enfatiza la carga de pesimismo y “crea una mayor distancia para retratar esas personalidades de leyenda”; el legendario Manhattan, el de Allen, aparece tenebroso, laberíntico. No por casualidad la fotografía estuvo a cargo de Zhao Fei, colaborador de Zhang Yimou, uno de los más sombríos representantes de cine chino actual.
En medio del desconcierto de la crítica americana y del de un público habituado al humor tragicómico del Woody Allen que termina casi siempre por reconciliarse consigo mismo, Celebrity celebra un engañoso ritual de inmortalidad. Woody Allen encontró a su alter ego en la obviedad de representarse así mismo en Kenneth Branagh. Demasiado viejo para su propio conflicto, por lo mismo cada vez menos verosímil en su papel de irresistible Don Juan Intelectual, el personaje demuestra que puede eternizarse. Con un excelente trabajo de aptitud fonética, el británico –también director y por cierto muy influenciado por Allen– encontró no sólo el tono adecuado del acento neoyorquino, sino también el nivel actoral para expresar el patetismo del director. Aunque el humor y las situaciones del héroe de Manhattan fuesen tragicómicas, la actuación no terminaba de dar el tono. El Simon de Branagh traduce todo lo que Allen siempre quiso ser, o quizá valdría mejor decir teme ser: el talento ahogado por el canto de las sirenas.
Con casi todas las modalidades de la fama que explotan los medios de comunicación en la actualidad juega Celebrity; con talento o sin él, a veces por mero accidente como la anécdota del secuestrado por quien se organiza un desfile y termina dando autógrafos. Actores juveniles (Leonardo di Caprio) reventados, actrices fieles a sus esposos pero dispuestas a practicar la felación con un extraño (Melanie Griffith), modelos neuróticas, cineastas pedantes a quienes “les gusta filmar en negro y blanco”… Simon-Allen es el nuevo Saint Simon, retratista cuya incierta búsqueda amorosa le hace perder su oportunidad de santificación en una corte donde todos los cortesanos pretenden reinar en calidad de único rey sol. En Celebrity, Woody Allen expresa como nunca su vocación de jazzista; y si la cadencia y el contrapunto se desarrollan de una manera más bien compleja es para traducir el desasociego y la desarticulación de nuestra época.








