Gracias a los poderes subyugantes del devenir expresivo y orgánico en Noche transfigurada, quien la escucha va quedando inmerso por entero. La masa sonora ejerce su acción envolvente por medio (lo mismo) de filamentos sutiles y filtrajes exquisitos que puntos climáticos de vehemencia carnal.
Lasciva y poética, cause de lirismo y lujuria, la obra está impregnada por una nostalgia concupiscente. Ahí, el patetismo hace que arrebato y ternura se vuelvan etapas alternas de un trayecto expresivo –arcoiris nocturno– harto seductor, precisamente a causa de ese flujo encontrado y su pulso. En la índole diáfana de Noche transfigurada ondulan reflejos patentes, a la vez que tenazmente inmersos en el secreto.
No sólo en los episodios álgidos acierta Schoenberg por entero, pues asimismo entona en las cuerdas un canto afectuoso. Música lunar por excelencia de un extremo a otro del arco impecable que traza el compositor hasta llegar a la etérea, vaporosa, secuencia final; tan volátil, se diría. Unidad, cohesión, coherencia, en el arrobamiento, con frases que reptan: suaves en ocasiones, sorpresivas otras. Equilibrio entre lo sutil y abrupto.
Schopenhauer plantea: “¿Cómo es posible para nosotros tomar placer de un objeto, cuando éste no tiene ninguna clase de conexión con nuestros deseos?”.
Sibilino, Schoenberg le responde de facto en Noche transfigurada, sirviéndose lo mismo del sigilo que de un ataque frontal, dado que su partitura contiene, canaliza, explícita así como oculta, los deseos del auditorio. Más importante aún: el compositor conduce al oyente por aquel sendero donde aprende a desear. He aquí el desierto que florece: doctrina de la lujuria considera como una de las bellas artes.
Sofisticada y recóndita, anhelante, Noche transfigurada parece acogerse en forma voluntaria a la sombra bienhechora del soslayo, aun cuando (vale la pena insistir) resulte diametralmente explícita en su gozo nostálgico.
Sea en la versión para sexteto o las dos posteriores –destinadas a una orquesta de cuerdas– esta obra impugna, demuele, la tan difundida leyenda del Schoenberg vanguardista a ultranza.
Al igual que numerosas creaciones suyas, Noche transfigurada alberga el encuentro entre tradición y modernidad. (Tal conciliación de materiales reaparece, de modo diverso en: Pierrot Lunaire, las Variaciones para orquesta, su Serenata Op 24 ó la Suite para Septeto Op 29, así como ambas Sinfonías de cámara, y –en especial– el Concierto para violín.)
Más aún: podría afirmarse, sin temor a exagerar, que dicha amalgama fértil tipifica la mentalidad de Schoenberg y su modus operandi a lo largo de su producción. En él, los radicalismos –o procedimientos novedosos– estuvieron con frecuencia temperados por (y amalgamados a) su raigambre ortodoxa, afincada en cuanto juzgaba lo mejor del pretérito.
De esto da testimonio clarísimo en su libro Estilo e Idea (1951), al que vale mucho la pena volver una vez y otra.
Y, por supuesto, dicha fusión –que tanto tiene de propuesta como legado– palpita, se vuelve, en una obra todavía joven, de apenas cien años: Noche transfigurada.
El propio Schoenberg responde, de antemano, a quienes insisten estúpidamente en calificarlo como “cerebral”, ignorando así cuánto supo alcanzar en Noche transfigurada: “No existe ninguna obra de arte portentosa que no lleve un nuevo mensaje a la humanidad; ningún gran artista deja de cumplir esto. Es el código de honor de todos los grandes en el arte y, como consecuencia, en todas las grandes obras de los grandes encontramos esa novedad imperecedera.








