El pastel de tres leches

¿La sucesión? En plena efervescencia. Al menos en tinta y papel, en ondas y microondas. No hay día que no tengamos qué ver u oír las más recientes ocurrencias u contraocurrencias de todo género de anhelantes y toda laya de corifeos. Es la ración cotidiana de espuma bajo cuyo pegosteoso espesor quisiéramos hallar siquiera un culín de cerveza. En vano, por cierto. O casi. Al respecto, el periodismo se transmuta en arqueología: del fragmento de barro que encuentra o imagina haber encontrado, deduce cuanto convenga a su fantasía o a sus sueños de profeta.
En la realidad, las cosas parecen bastante claras en el PAN y en el PRD. En aguas azules navega solo y madrugador, virtualmente inalcanzable por quien se hiciera a la mar ocho meses después que él, don Vicente Fox Quesada. Su tripulación es más de amigos que de compañeros. Su barco no tiene nombre en la proa ni en la popa: apenas el “logo” de su hebilla, que es lo mismo que su apellido, la marca de sus botas y la trinidad literal y beatífica para sus fans.
Sobre las olas negroamarillas flota y se desplaza taimado y camaleónico, triturando hasta a los eventuales competidores internos, don Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Sus remeros se parecen más a docilizados galeotes que a libres deportistas. En estado de arrobamiento sumiso, casi teocrático, lo que queda de la izquierda que pudo ser, adopta resignado el estilo navigatorio del PRI y abraza a sus verdugos de antaño con las más pías euforias del perdón cristiano, mientras el innombrable lava en banderas a media asta sus manchas diazordacistas y las seca al sol de la amnesia.
La mar tricolor sostiene en su calma chicha a varias chalupas desarboladas y a un bajel pirata llamado “por su bravura El temido”. Arropa, empero, en sus abismos a un submarino nuclear silencioso cuyo nombre conoceremos a su debido tiempo, una vez que el dedo de siempre se deslice entre los pliegues de consultas, consejos, candados, candados rotos, cuchilladas bajo la mesa y guillotinamientos en patíbulos nacionales y extranjeros. De la Fuente el gracioso, Moctezuma el pequeño, Manuel el travieso, Roberto el soñador, Roque el gesticulador, Gurría el impetuoso y Francisco el sereno andan subiendo y bajando por jarcias y mesanas, mientras el garfio del capitán Ernesto oscila frente a los azorados ojos del contramaestre Sáenz, en busca de a quién encargar la batalla contra cualquier Peter Pan, Campanita Azteca o pandilla de simpáticos niños perdidos.
Por el momento, empero, parece que la metáfora marinera no resulta adecuada. Se antoja más precisa la analogía repostera: entender la sucesión es desentrañar la receta posible de algo muy parecido al pastel “de tres leches”. Veamos. Por lo pronto, pasemos revista a los ingredientes básicos.
Leche Liconsa.- La produce y la distribuye el Estado. A veces, la elabora con polvos lácteos de importación. Si por azar resultan radiactivos, no hay problema: o se echa la culpa a Salinas o se arma una campaña de publicidad para convencer a los papás de que el consumo del lácteo hará que los ojos de sus chicos brillen de noche como números en la esfera de un reloj suizo. Si los concesionarios piden por cada litro menos pesos de los que costaría en el mercado un líquido análogo, es que la leche está subsidiada y es parte del compromiso con la justicia social. El producto forma parte de paquetes que, durante las campañas electorales, son repartidos en los lugares donde se supone que la gratitud o el temor de perder el obsequio inducirán al ciudadano pobre a votar por quien hace saber que puede darla o quitarla. Se ha dicho que contiene menos grasa de la que necesita su consumidor para presumir de bien nutrido, pero nada más han podido impugnarle a la blanca dádiva sus detractores. Sus canales de distribución dependen de gobernadores, alcaldes, comisarios ejidales, jefes de manzana y cuadros partidistas de base. En ocasiones, el repartidor pide al (la) beneficiario (a) que le enseñe su credencial de elector y, si es más audaz, le sugiere firmar un compromiso de sufragar por el candidato (a) o por el partido cuyo (s) nombre (s) aparece (n) impreso (s) en la parte superior del documento de marras. En el límite de exceso, con precauciones cada vez más notables, se sugiere al receptor (a) afiliarse al partido del (la) dador (a). Si queda alguna “chamba” en el escalafón, hasta podría obtenerla y ascender a la inviolabilidad intocable del ocio: la “plaza” que habrá de ser defendida contra los embates de cualquier tecnócrata o neoliberal.
Leche Betty.- No importa quién la fabrique, porque en realidad no es leche, sino un compuesto líquido a base de soya que la autoridad adquiere con cargo a nuestros impuestos. No se aclara la naturaleza del producto al consumidor potencial en el exterior del envase que, como el de la leche Liconsa, es una bolsa de plástico. En comparación con la bebida anterior, que en ocasiones viaja sin escalas de un surtidor automático sito en las lecherías, a las cubetas de las proveídas (os) que hicieron “cola” en tiempo y forma, la Betty resulta menos tecnocrática, menos globalizadora y más nacionalista, pero igualmente antineoliberal y revolucionaria. La red por la que se distribuye –también a bajo precio si fuera leche, pero no tanto si se considera que es caldo de sucedáneo– todavía no logra adquirir las dimensiones de la que sirve a la Liconsa. Se limita por ahora al Distrito Federal, pero hay planes para ampliarla a Zacatecas, Tlaxcala y Baja California Sur. Los volantes con que se anuncia llevan los nombres de diputados locales capitalinos y colores amarillo y negro. Sus agentes están vinculados a suborganizaciones políticas apodadas “sociales” que cobran la favorable diferencia de precio en afiliación, en acarreo o en votos para jefes de supraorganizaciones de la misma empresa electoral, o son funcionarios públicos que lograron empleo por méritos lácteos o similares. Un lactoconsumidor fiel puede, con el tiempo y la presencia comprobada en algunas manifestaciones merecer, el ascenso al nivel de los que reciben casa, empleo con cargo al erario y tarea en favor del partido. Si es joven, ganará los galones de brigadista solar y, quien quita, podrá tocar al sol con un dedo. Si es inquilino incumplido, obtendrá la protección de alguna mafia encabezada por encapuchado y le será revelado el misterio del rostro de uno que otro diputado-cerdo. Sólo hay un peligro: el compuesto de soya, según se ha demostrado, viene condimentado con colibacilos y cloro; aquéllos provienen del excremento humano; éste, del agua insuficientemente tratada. Pero el acceso a la nómina bien vale, en tiempo de crisis, una que otra diarrea. Además, se ha demostrado en la socialista Francia (“tercera vía”) que el estiércol puede reprocesarse y servir de nutriente a las vacas, cuadrúpedos que, según cierto científico tabasqueño promotor de la Betty, pueden hasta ser candidatos del PRI y, por lo que la historia reciente enseña, también del PRD si en el otro establo las envían al rastro.
Leche Lala.- Se produce merced a la más alta tecnología y puede competir con cualquiera. No tiene más marca que la de su fábrica y no se regala a cambio de nada. No se le conocen gérmenes patógenos ni carencias proteínicas. Sus empresarios se esfuerzan por agrupar a pequeños lecheros y adquirirles la producción, para lo cual tramitan, otorgan o avalan préstamos. Sólo se encuentra en tiendas de cierto rango y en grandes superficies de autoservicios. La hay ultrapasteurizada con procedimientos provida, las hay light para obsesivos (as) de la línea o mezclada con fresas (de Guanajuato) o chocolate. También está disponible en versión normal, pero una vez abierta requiere refrigeración y, por tanto, no tiene nicho de mercado entre los no refrigerados que, paradójicamente, son los más fríos, aunque pueden ser calentados en quince minutos. Los concesionarios se ostentan como “vaqueros amigos de la leche” y se comunican por Internet, tienen unión de crédito propia y hacen descuentos por volumen de ventas. El producto se anuncia por televisión durante partidos de futbol americano y finales de balompié aborigen. El método de comercialización es free lance y completamente distinto del que comparten la Liconsa y la Betty, bebidas que difieren por la presencia o la ausencia de soya y fecales, pero que son utilizadas y distribuidas con propósitos análogos, clientelares.
Carajo, ¿cómo mezclar leches, productores, distribuidores y consumidores para hacer una gran empresa, una leche decente, un pueblo bien alimentado, una nación productiva, una ciudadanía y un gran pastel? Difícil proeza, si se considera que el método de reparto y venta de Liconsa y Betty es incompatible con el de Lala, y que los colibacilos del segundo brebaje contaminarían a cualquiera de los otros dos. Sobre todo, misión imposible porque a nadie parece importarle: lo que cuenta es trepar a la cartelera.
Se busca, pues, político o tecnócrata con experiencia de mago y devoción por la urbe, dispuesto a someterse al maquillaje que mejor le parezca a publicista sin escrúpulos y presto a manifestarse a favor o en contra de las mismas vacas con tal de lograr “la de ocho” o la cima de las encuestas. Personas congruentes, abstenerse. Saltimbanquis, mimos, payasos, equilibristas, prestidigitadores y travestis, solicitar folletos especializados, presentar identificación y, si es posible, video-prueba de habilidades. No se requieren ideas.