Las nuevas reglas

En los días que siguieron al discurso del presidente Zedillo definiendo que intervendría con toda su autoridad para garantizar una elección democrática del candidato del PRI, empezaron a circular en la prensa distintas filtraciones de cómo sería esa elección. Priístas y no priístas supieron así que se piensa en una modalidad de elecciones primarias a la estadunidense, con elecciones escalonadas por estados, donde los candidatos obtienen según sus votos un número de delegados. Al final del proceso, los delegados acuden a una asamblea nacional donde acumulan los votos en favor del candidato que representan. En esa asamblea estarían representadas también, con delegados propios, la estructura territorial y la estructura sectorial del partido.
Las ventajas del método importado han sido señaladas ya por los comentaristas. En primera lugar, es menos caro, menos difícil de organizar y menos impugnable que una elección universal el mismo día. En segundo lugar, va repartiendo el proceso en el tiempo, lo cual tiene un elemento de suspenso que capturará la imaginación del público y atraerá los reflectores hacia el proceso del PRI, dejando en desventaja a los otros partidos grandes, cuyos candidatos están prácticamente definidos y no tienen sorpresas ni emociones nuevas que vender. En tercer lugar, iría eliminando precandidatos en un proceso indoloro, paulatino, conforme sus votos y sus delegados fueran no alcanzándole para llegar a la final, permitiéndole sumarse en el camino a otros candidatos. El proceso garantizaría, se dice, la no división de los candidatos del PRI.
Los problemas del método propuesto son también visibles. El primero y fundamental es que se trata de una innovación mayúscula, un cambio total de las reglas del juego probadas hasta ahora, con nuevas reglas que distan de ser simples en su diseño y en su práctica. Nadie ha podido precisar, por ejemplo, qué porcentaje de la asamblea quedaría en manos de la estructura territorial y sectorial del partido.
Tampoco está claro lo relativo al número de delegados que habrá en cada estado ni la manera como se asignarán a los candidatos competidores. Menos claro aún es el orden en que irían haciéndose las elecciones estatales ni la forma en que el presidente de la República y la dirigencia nacional del PRI neutralizarán la acción política de los gobernadores que son los propietarios del PRI en los estados. No está muy claro tampoco por qué ha de ser más barata una elección estado por estado que una elección única nacional ni cómo se garantizará la equidad en el gasto y el acceso a los medios de comunicación durante las campañas estatales. Por último, no faltará quien encuentre en el método propuesto un nuevo rasgo de proamericanismo irredento.
Se dirá que todos esos detalles son justamente los que hay que aclarar y definir, y que no pueden despejarse hasta que no se definan. Lo cierto es que se están definiendo a última hora y que presentan un grado de complejidad inusitado para el PRI o para cualquier organización política. Es como pedirle a un jugador de damas chinas que pase a jugar ajedrez de un día para otro.
El desconcierto de los convocados al ajedrez es tal, que tiende a imponerse en su ánimo la sospecha de que toda esa sofisticación no es más que la envoltura del viejo y simple juego del dedazo. Muchos priístas y casi todos los precandidatos creen que las nuevas reglas no son sino una maniobra para apoyar al precandidato del presidente y que ese precandidato es el secretario de Gobernación, Francisco Labastida Ochoa.
Lo fundamental para la sociedad es que la querella interna del PRI no se vuelva un riesgo de estabilidad para el país. Por ello es importante que las reglas del PRI funcionen. Cualquiera que sea la ventaja técnica o democrática de las nuevas reglas, éstas no pueden suplir la más vieja e inmemorial regla de la política que es la de negociar con los interesados.
Las reglas de la elección interna del PRI serán buenas si son satisfactorias y aceptadas por los contendientes. No importan aquí sus calidades abstractas. Serán tan buenas como el nivel de consenso que puedan levantar entre los aspirantes. Esa es la regla que hará a las otras. Si los contendientes están de acuerdo con ellas serán buenas reglas. Si los contendientes no están de acuerdo, serán reglas que sembrarán conflictos en vez de soluciones.
El presidente ha tomado la iniciativa política dentro de su partido. En buena hora: las aguas inquietas y sin liderato del PRI son un factor de riesgo político nacional. Pero esa iniciativa ha de volverse acuerdo de los contendientes o derivará a los más ardientes sentimientos contra lo que empieza a percibirse como un rodeo democrático para disfrazar una nueva imposición.