Este año, el Día Internacional de la Mujer pasó casi inadvertido. Algunos suplementos culturales lo recordaron en un tono más bien satisfecho por los progresos logrados y hubo dos o tres programas de radio o de televisión que insistieron en la violencia doméstica, y ya. Una avalancha de rumores preelectorales que magnificaban cada palabra y cada silencio de los precandidatos posibles, probables y seguros, sepultó el 8 de marzo.
Dejo a otras personas más conocedoras del tema el balance de los avances y estancamientos en la condición actual de las mujeres. Quiero aprovechar la ocasión para señalar que en la historia que se escribe sobre los sucesos del último medio siglo, las mujeres apenas si aparecen como sujeto autónomo. Tómese, por ejemplo, la historia del 68. La mayoría de los libros y ensayos que sobre el tema se han escrito (excepción hecha de Elena Poniatowska, naturalmente) describe la experiencia como un asunto de hombres, o bien de hombres y mujeres cuyas vivencias fueron las mismas, o, en último caso, de hombres que luchaban y mujeres que cocinaban y manejaban los coches en los que ellos se trasladaban de reunión en reunión y de mitin en mitin.
Elaine Carey, una de mis alumnas que acaba de obtener su grado de doctor en la Universidad de Nuevo México, ha roto con el hechizo de esa versión dominante. En su investigación, nos ofrece un primer estudio comprensivo y detallado sobre las mujeres en el movimiento de 1968 y el impacto de éste en la condición del Segundo Sexo en los años que siguieron. Mujeres y hombres en el umbral de la modernidad. Una historia cultural de 1968 en México, se llama la tesis que fue presentada el 19 de este mes en la Universidad de Nuevo México en Albuquerque.
Los problemas de género nunca fueron directamente abordados por el movimiento –escribe Elaine– pero la manera en que las mujeres se movilizaron durante sus 120 días, refleja un cambio en su conciencia política y social. Su participación fue muy importante y aun cuando su activismo no cuestionó las relaciones tradicionales entre los géneros, sí influyó en el surgimiento de la conciencia de su existencia.
“Sostengo que el movimiento de 1968 –dice la autora– fue fundamental para el desarrollo de los movimientos feministas porque en él las mujeres jóvenes aunaron sus voces a la cultura de disidencia que había estado construyéndose en los años sesenta. A partir de entonces, las mujeres comenzaron a aplicar las ideas y los ideales políticos y sociales del movimiento a los problemas privados de la igualdad y la sexualidad de la mujer”.
Después de introducir el problema del género en el estudio del 68, Carey concluye que el movimiento no sólo cambió la conciencia de las mujeres que participaron, sino que ayudó a cuestionar las barreras públicas que frenaban su integración a la acción política y social.
La insurrección estudiantil de 1968 reveló una tendencia similar a la de otros movimientos sociales en Latinoamérica. Las mujeres intervinieron activamente a través de sus relaciones tradicionales en la familia, como madres, esposas y hermanas. Entre los meses de julio y octubre, muchas de ellas vieron cómo sus esposos y hermanos fueron perseguidos, golpeados y encarcelados. Las madres y esposas de los activistas no tuvieron otra opción y se sumaron al movimiento. Algunas de ellas vieron limitada su participación a las peregrinaciones cotidianas entre Lecumberri y el Campo Militar Número 1 para indagar sobre sus esposos y sus hijos detenidos. Otras se integraron escondiendo a familiares perseguidos o llevándolos a sus actividades políticas. Hubo quienes comenzaron a participar en forma más directa y organizada a través de la Unión Nacional de Mujeres Mexicanas.
En la novela La plaza, Luis Spota describe la angustia de los parientes sobre las actividades de sus hijos. Por su parte, la Unión Nacional de Mujeres, fundada por el Partido Comunista en 1964, jugó un papel activo en el movimiento y las mujeres que militaban en ella participaron en todas las demostraciones y actos, como lo prueban numerosas fotos y otros documentos. Sus miembros publicaron cartas públicas, exigiendo al presidente Díaz Ordaz que cesara la represión. Una de esas cartas dice: “Sí hemos sido ofendidas por las palabras y las acciones, por las amenazas y detenciones injustas, pero en ningún caso han sido responsables los estudiantes, nuestros compañeros, nuestros hijos, nuestros hermanos; quienes han disparado y nos han golpeado han sido el ejército y los miembros de las fuerzas represivas”.
En una entrevista publicada, María Elena Rodríguez, militante de la Unión Nacional de Mujeres, relata que el 25 de julio participó en un mitin de su organización. El día siguiente, su esposo Eduardo de la Vega, miembro del Partido Comunista, fue apresado y recluido en prisión durante dos años y medio. Ella tuvo que llevar a sus dos niños, que tenían tres años y once meses respectivamente, a una guardería en la cual se quedaban de las 8 de la mañana a las 9 de la noche, para que ella pudiera mantenerlos y llevar comida a su compañero en la cárcel. A esto se agregó la angustia producida por el aviso de otras madres de que en la misma guardería concurrían niños de oficiales de policía y que sus hijos podían ser hostigados o incluso secuestrados.
Más tarde, entre el Consejo Nacional de Huelga y las madres y padres de los estudiantes, se estableció una relación estrecha que acabó por transformarse en un verdadero movimiento. En una carta pública, la madre de un estudiante preso llama a “todas las mujeres de México” a participar en las manifestaciones para pedir la libertad de los activistas, el regreso de los cuerpos de los muertos y la indemnización de sus familias.
En otros casos, los activistas estudiantiles descubrieron que sus padres eran un obstáculo para su participación en el movimiento. Eso sucedía muy comúnmente entre las mujeres estudiantes que encontraban una gran resistencia por parte de sus padres. Adriana Corona, una de las diez mujeres miembros del Consejo Nacional de Huelga, relata que al principio las mujeres participaron muy activamente, pero poco a poco su presencia se redujo, fundamentalmente por las presiones en la casa. Los parientes las hostigaban con preguntas como: ¿A dónde vas, con quién? ¿Qué van a pensar de ti?, etcétera. Otra muchacha, que tenía 17 años, relata que participaba en las guardias de su preparatoria. Su padre se preocupaba por su seguridad y su madre por la forma en que sería vista por sus amigas si se quedaba a dormir fuera de la casa. Por eso tuvo con ellos discusiones sin fin. Recuerda que había leído sobre la píldora anticonceptiva, pero no habiendo recibido educación sexual alguna (sus padres eran religiosos y nunca hablaban sobre el tema), creían que una mujer podría embarazarse con sólo dormir junto a un hombre. Por eso en un pleito, les dijo a sus padres que no se preocuparan con las guardias nocturnas, porque tomaría la píldora. Ante su sorpresa, esto sólo transformó su desconsuelo en histeria.
Según el testimonio de otras estudiantes, las mujeres casadas tenían menos dificultades para participar que las “hijas de familia”, sobre todo si sus esposos o compañeros coincidían con el movimiento. Una de ellas relata que su esposo le prohibió terminantemente participar, pero como vio que no le hacía caso y que el movimiento le importaba más que su relación, cedió por amor a ella. También se daba el caso de madres de familia que permitían que sus casas fueran usadas como centros de reunión de los amigos de sus hijos, pese al terror que les causaba la incesante represión. Algunas jóvenes estudiantes de la UNAM que provenían de escuelas religiosas, confiesan que sólo tomaron conciencia de los problemas del país gracias al movimiento.
En algunos lugares la actividad de las mujeres fue muy importante. Así, en la escuela de Trabajo Social de la UNAM había en el Comité de Lucha seis mujeres. Lo mismo sucedió en la escuela de Enfermería y Obstetricia, cuyos estudiantes tenían una larga historia de lucha desde las huelgas de los médicos de 1964. En el Politécnico, las enfermeras jugaron un papel muy destacado en la defensa del Casco de Santo Tomás contra los embates de la policía. En general, las fotos de las asambleas públicas revelan una nutrida participación de las mujeres en casi todos los planteles. Pero llegar a puestos de dirección, exigía de las mujeres mucha más decisión, valor y entereza, como lo relata Roberto Avendaño, quien representaba a la Facultad de Derecho en el CNH.
Las mujeres participaron en el movimiento en una forma distinta a la de los hombres. En muchos casos, sus recuerdos difieren considerablemente y las experiencias de esos 120 días las afectaron profundamente y cambiaron no sólo su vida pública, sino también su vida personal.
El nombre del presente artículo está inspirado en otro libro sobre la participación de las mujeres en un gran movimiento social: Chiapas ¿y las mujeres qué?, realizado por Rosa Rojas y publicado por Ediciones la Correa Feminista. Al escribir una historia, simplemente posar la pregunta ¿y las mujeres qué? puede ser el inicio de una nueva historia.








