Han transcurrido 187 años a partir del Grito de Dolores. A pesar de la convulsa historia tan cargada de filias y de fobias, el aniversario a todos nos reconcilia. Sobre la geografía, es fiesta nacional, desde la capital de la República hasta la más modesta y remota aldea, los mexicanos se congregan para recordar “a los héroes que nos dieron patria y libertad”, se organizan desfiles, se truenan cohetes, se repican campanas, son, en resumen, las Fiestas Patrias por excelencia.
Este año la ceremonia se repite. El presidente de la República, desde el balcón central de palacio, encabeza el grito frente a miles de mexicanos, que llenan el Zócalo, toca la campana, la misma que usó en 1810 el cura Hidalgo para invitar a la rebeldía contra España; en esta ocasión, a los vivas tradicionales a los héroes, el presidente añadió otros “vivas”: a la democracia, a la justicia y a la unidad de los mexicanos.
En la perspectiva de la historia, la convocatoria de Hidalgo para sacudirse el yugo de la colonia no fue acompañada de un plan que definiera con claridad los objetivos de la Independencia; por supuesto que esta ausencia no resta al cura de Dolores los méritos de encabezar frente a la España decadente la independencia merecida después de tres siglos de coloniaje. Faltó a España el aliento para impulsar sin violencia, sin rupturas dolorosas, el tránsito ordenado del coloniaje al reconocimiento inteligente y pleno de la capacidad de los sometidos, para darse un gobierno moderno y pacificador. A la violencia de la guerra añadió la herencia sórdida del gobierno imperial y centralizador. Se fueron los virreyes y llegaron los emperadores de utilería, la Alteza Serenísima, los dictadores que envueltos en ropajes republicanos disimulaban sus gulas de poder. Y así México fue durante casi dos siglos presa y víctima, en todos los matices, de las peores dictaduras.
Los “vivas” añadidos por el presidente a los tradicionales, a la democracia y a la justicia, plantean valiosos puntos de referencia para la reflexión. Por primera vez en la historia de “los gritos”, o por lo menos a partir de 1929, un representante de la oposición ocupa la presidencia de la Cámara de Diputados y consecuentemente acompaña al titular del Poder Ejecutivo en las ceremonias del aniversario de la Independencia. Su presencia no es cosmético para el adorno democrático sino testimonio de una convergencia de oposiciones que hoy integran mayoría.
El diputado Porfirio Muñoz Ledo está presente en las ceremonias del aniversario por la voluntad del pueblo expresada en las urnas en las elecciones de julio reciente. Y en este caso, para bien de México, la forma lleva al fondo. Quedaron atrás casi dos siglos de guerras revolucionarias, de disputas violentas por el poder, de enfrentamientos a balazos entre mexicanos, de centenares de miles de muertos en las luchas entre hermanos, los planes redentores, los emperadores–Iturbide, Santa Anna, Maximiliano, Díaz, el caudillo–; Huerta, el chacal; los presidentes asesinados –Madero, Carranza, Obregón–; el Jefe Máximo, Calles, sus marionetas –Portes Gil, Ortiz Rubio, Abelardo–; los emperadores sexenales, desde Cárdenas hasta Salinas de Gortari.
En la constante, en el denominador común, el poder unipersonal, el sometimiento del Congreso, el ultraje permanente al Federalismo y a la libertad municipal, 187 años de sombras, de libertades aniquiladas, de búsqueda sin encuentro del rumbo y del destino, de ídolos, Señores Presidentes, que transitan de la gloria de oropel a las cloacas de la basura, de las crisis recurrentes, de la distribución del ingreso sin equidad y sin justicia, de las estadísticas aterradoras que registran el incremento de los pobres que viven en la pobreza extrema, frente a los ricos que aumentan la membresía de mexicanos en el club de los billonarios cuyas fortunas personales rebasan los mil millones de dólares.
Tal vez hay excesos de optimismo en la frase confiada de “quedaron atrás”, pero hay datos que pudieran sustentarlos. Los viejos sueños de Morelos, contenidos en Los sentimientos de la nación y en el intento profético del Congreso de Apatzingán, y de Madero en La sucesión presidencial, empiezan a convertirse en realidad. Las elecciones de julio reciente dejaron en ricos y promisorios residuales dos datos que toman forma y contenido: el sufragio libre y respetado y la división de poderes, y dejan evidencias de que el panorama político y social de hoy es radicalmente distinto al de 1810 y 1910. El de entonces fue de profetas, el de hoy es de instituciones. Chihuahua, Ecatepec, la penitenciaría, fueron escenarios del martirio de Hidalgo, Morelos y Madero. Ni las circunstancias, ni los tiempos, ni la vida personal les dejaron espacios para fundar instituciones políticas, partidos, que recogieran testimonio y herencia para fortalecer y realizar sueños y visiones de país.
Hoy, para bien, vivimos un México diferente. En 1939, con Almazán, se liquida la violencia y el caudillo como recursos para transitar a la democracia y a la justicia. En contrapartida, el mismo año, Don Manuel Gómez Morín lanza a los vientos su mensaje y profecía, para dar cauce, mediante el partido político permanente, a la vocación irrefrenable y generosa del pueblo mexicano para transitar en paz, en concordia, en perseverancia, en brega de eternidad, de la dictadura a la democracia, de la mansedumbre a la libertad, del poder absoluto al poder que en el pueblo reside, de los horrores del fraude a la elección limpia, honrada, confiable y transparente. Lo que era entonces sueño romántico, tarea despreciable en manos de “místicos del voto” en la cínica, feroz y grosera definición del presidente Ruiz Cortines, hoy es tarea sencilla, ordinaria, cotidiana del quehacer político en México.
En 1988 Cárdenas y Muñoz Ledo deciden separarse del PRI para fundar una coalición de fuerzas políticas dispersas y participar en las elecciones del mismo año. A pesar del fraude, monstruoso, de “la caída del sistema”, la coalición en la versión oficial obtuvo el 34% de los votos emitidos. Después de la elección desde el sistema se desató el acoso, la persecución, el desconocimiento feroz de las victorias. Frente al sistema insolente, la coalición se convierte en partido, el de la Revolución Democrática, y sin desalientos, sin prisas, sin descansos, consolidan la vida del partido, se suman a la edificación de la reforma electoral y llegan fortalecidos a la elección de 1994.
Frente a la presencia real, vigorosa, institucional, de partidos políticos permanentes, con programas, objetivos, doctrina y estrategia que les dan identidad y arraigo en la conciencia ciudadana, se fortalece el optimismo cuando se afirma que las sombras quedaron atrás y un horizonte promisorio se abre al imperio de la democracia y la justicia en México. Y con el mismo optimismo los mexicanos recogemos los dos vivas añadidos al Grito por el presidente de la República: a la democracia y a la justicia, para que unidos gobernante y gobernados les demos vigencia y fortaleza.








