El DF visto por Elena Poniatowska: desorden, inseguridad, justicia por mano propia, abuso, desesperación, venganza, “en una ciudad sin centinelas ni resguardo”

El 6 de julio último, el PRI sufrió la mayor derrota de su historia: perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y tres gubernaturas. Sin embargo, lo que más llamó la atención nacional e internacionalmente fue el triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas como candidato a jefe de Gobierno del Distrito Federal. Detrás de esa victoria hubo un intenso trabajo previo, que se refleja en el libro Crónica de una campaña, editado por Plaza & Janés, que fue presentado el viernes 19 en el Foro Cultural Coyoacanense. En él aparecen textos de diez periodistas –Miguel Castillo, Edith Gómez, Elena Poniatowska, Alejandro Caballero, Guadalupe Báez, Agustín Martínez, Guadalupe Loaeza, Gerardo Albarrán, Rosa Icela Rodríguez y Carlos Monsiváis– y de una actriz-diputada, María Rojo. A continuación se reproduce un extracto de lo escrito por Elena Poniatowska, en el que habla del reto que le espera a Cárdenas para poder gobernar una ciudad inmersa en la violencia y donde la miseria “emana del asfalto”.

La mancha urbana

La Ciudad de México es la más grande del mundo, la más contaminada, la más violenta, la más insegura, la más sobrepoblada –más de 25 millones de habitantes–. Unos cuantos datos ayudan a entender la magnitud del problema. Tres cuartas partes de la población total del DF se encuentran en la pobreza extrema, más de un millón de personas en edad de trabajar perciben apenas un salario mínimo mensual y cinco millones más no sobrepasan los dos salarios mínimos (sin contar el alto índice de desempleo y subempleo en que se encuentra la mayoría de la población): El 75% de los ocupados en la zona metropolitana de la Ciudad de México trabajan a destajo. Más de dos millones viven hacinados o carecen de agua potable y drenaje. Al igual que en la selva chiapaneca, los mexicanos siguen muriendo de enfermedades curables: diarreas, intoxicaciones, vómitos, padecimientos gastrointestinales e infecciones respiratorias agudas.
En este caos que alguna vez se llamó “la región más trasparente” y que ahora responde al sobrenombre de “la mancha urbana” (que le viene como anillo al dedo) todos los programas de protección a la vida humana han sido de emergencia. Nos parecen normales los 200 Imecas diarios en la calidad del aire, ver pasar en cada semáforo verdaderos mercados ambulantes de vendedores de chicles, billetes de lotería, limpiaparabrisas, saltimbanquis, prestidigitadores (algunos con máscaras del expresidente Salinas) y angelitos de alas tiznadas que se acercan: “¿No me da para un taco? ¿no me da para un pan?”.
La miseria emana de la tierra, perdón, del asfalto. Más de 16,000 niños trabajan en la calle (la cifra no es exacta, ya que es imposible saber cuántos viven en las alcantarillas), y ni qué decir de la delincuencia y la inseguridad. ¿Quién no conoce a alguien víctima de un asalto o hecho violento? Hace sólo dos noches, en Miguel Angel de Quevedo, frente a la librería Gandhi, un señor con el semblante descompuesto, su portafolio abierto, nos abordó temblando aún bajo la impresión: “Me da vergüenza, no soy un pordiosero, pero me acaban de quitar todo y no tengo cómo irme a mi casa”.
No por nada Carlos Monsiváis tituló a su último libro Los rituales del caos. La ciudad vive un presente vertiginoso, no hay respiro para reflexionar sobre el pasado, no hay aliento para imaginar el futuro. Todo se repite peor y más grande, la calamidad se vuelve cotidiana y la única sorpresa es descubrir, cada mañana, que la ciudad sigue ahí, ofreciéndose a quien quiera comprarla. El DF es un gran mercado donde el que paga, manda. En ella persisten los contrastes más aterradores, la impunidad y el autoritarismo, el desafío y la explotación. El empresario pasa al lado del niño de la calle, chemo en mano. Aquí se concentran las sedes del poder, las Cámaras, las Secretarías de Estado, las universidades, las dependencias gubernamentales, las centrales de abasto. Gobernar esta ciudad es más que un reto, es una utopía. Carlos Monsiváis se quedó corto al pensar en “rituales”: Cada vez más, los rituales se desdibujan, pierden su poder de sacralización. Lo que permanece son el desorden, la inseguridad, la justicia a mano propia, el abuso, la desesperación, la venganza, el “a ver cómo te chingo” en una ciudad sin centinelas ni resguardo. Ahora sí que en la capital ya no podemos darnos ni las buenas noches ni los buenos días. Algún día llegaremos al extremo de dejar de barrer nuestro pedazo de calle –costumbre que nos enaltecía– por temor a que nos dejen sin escoba.
¿Con qué sociedad cuenta Cuauhtémoc para gobernar esta ciudad fragmentada, golpeada, incrédula? El subcomandante Marcos tiene razón cuando le pasa la estafeta a la “sociedad civil” para que actúe. Los zapatistas han demostrado que son la guerrilla más organizada y menos violenta, pero ¿con qué sociedad cuentan? ¿Cómo nos hemos organizado nosotros para dar cauce a sus demandas? ¿Qué hemos hecho? Salvo los jóvenes y sus caravanas, salvo el transplante del riñón de la comandante Ramona, sus cuidados intensivos, su manutención y su protección cotidiana, ¿de qué nos hemos responsabilizado a fondo?

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Con las elecciones del 6 de julio de 1997 se abrió un espacio que puede significar un cambio. Las elecciones son una vía para la democracia, pero no la democracia en sí. Los logros en materia electoral (por lo menos en la Ciudad de México) se deben a la participación cada vez más notable de la llamada “sociedad civil”, esa impredecible mezcla de todos los que conformamos la sociedad, que no militamos en ningún partido político y que apechugamos reformas, contrarreformas, impuestos, IVAS, modificaciones a la Constitución en beneficio de unos cuantos. A pesar de haber sido concebido por sólo cuatro partidos políticos y no desligarse del todo del Estado, sirvió para reflejar el descontento social y es ahora el espacio de la sociedad civil, el de la gente común y corriente, el de los estudiantes, el de las caravanas a Chiapas, el de las mujeres, el de los muchachos y muchachas, el de la protesta y el de la combustión de los huesos.