Escrupuloso hasta la astenia, en las formalidades atentas que impiden la confrontación de ideas y de personas, el presidente emergente del PRI, Mariano Palacios Alcocer, recoge las interpelaciones periodísticas de Elías Chávez y las agosta para evitar querellas con cargo a la ambigüedad y la indefinición tan caras a la retórica de su partido.
Más que gatopardismo, el exgobernador se acoge a una especie de mulapardismo, rejego, moroso, a reatazos, para enfrentar las preguntas que más atosigan a la clientela priísta que a los ciudadanos. Fino en su decir, el rector universitario de antaño sabe de melindres expresivos para no asumir cabalmente la agonía de la institución que tiene “capacidad de transformación” para que no todo siga igual, sino empeorando.
Palacios Alcocer no admite que el PRI use cosmetología para aparentar o rubrique documentos para fingir posiciones ideológicas. Pero la mayoría de los ciudadanos, que votaron en su contra, no le cree ya ni el bendito.
Ya se declaran inclusivos, respetuosos, tolerantes y, según él, eso se advierte en Michoacán, Yucatán, Nuevo León, en donde les han tupido hasta en la madriguera; suponían que en esos estados a los electores los tenían, dicen ellos, “cinchos”.
A pesar de evidencias, el presidente flagrante aduce que su elección fue decidida con el Consejo Nacional de su organización. Priístas vetustos, como Víctor Manzanilla Schaeffer y Miguel Osorio, entre quienes se mueven para salirse del cortejo fúnebre, se inconformaron poco en contra de los procedimientos digitales para la sustitución del más reciente fracasado en la presidencia (un señor Humberto Roque Villanueva ya incinerado políticamente).
En la rabia de la frustración, al reconocer que el PRI ya es charamusca, el doctor Agustín Basave, junto con otros, emite un manifiesto que sí puntualiza la causa de sus infortunios y desquiciamientos, no sólo en Nuevo León. No se guarda Basave y su gente: proclaman una insurgencia en contra del gobierno a nombre del PRI.
Dicen verdades crasas: cada sexenio o trienio, los presidentes de la República o los municipales, los gobernadores, se conciben como dueños de su partido durante su gobierno, imponen sumisiones; la incrustación de la tecnoburocracia, junto con la subordinación incondicional, son los factores que “descapitalizan” políticamente al depauperado priato.
Proponen un decálogo para el renacimiento priísta: independencia del gobierno; democracia interna; estructuras no corporativas; organización descentralizada; carrera de partido; compromiso social; ética política; discursos para la sociedad; cultura política democrática, y new look: “que se aproveche lo mejor de la mercadotecnia política para que la sociedad perciba el renacimiento del partido con un nuevo nombre que sirva de catalizador de forma al cambio de fondo” –aquí el político neolonés se trepa al carro tecnoburocrático de la mejor cepa.
Piden que se haga de la 18 Asamblea prevista una asamblea fundacional; que los priístas vuelvan a soñar y se pongan a imaginar; que el pragmatismo no sea desesperanzador. Y lanzan su grito: ¡Que viva la independencia del PRI! Les faltó la exclamación: ¡Mueran los gachuprines!
El mismo Cesar Augusto Santiago ventea sigilos en un sentido parecido; sabe que como va su partido no cabe sino cavar la fosa.
No cabe esperar gran cosa renovadora. La aceptación de la digitación política a estas horas, la expresión sibilina, la indefinición ideológica y la sumisión a la tecnoburocracia, imponen la idea de una extinción y no de un alumbramiento.
Allá ellos.








