La llama herida

Resulta difícil entender, pero si no se retorna a los valores originales, un sindicalismo olímpico tendría lógica, razón de ser.
Sobre todo, porque el presidente del COI, Juan Antonio Samaranch, se ha encargado de etiquetar como una mercancía el sudor nacional de los atletas de todo el mundo.
Ya los deportistas olímpicos se han dado cuenta de las diferencias: los futbolistas, cuyo modus vivendi es su trabajo en los equipos profesionales, tienen garantizada una suma de dinero por parte de sus patrones. Y asisten sin problemas a unos Juegos Centroamericanos, Panamericanos u Olímpicos.
Para otros –como diría Adriana Loftus, la entrenadora mexicana de nado sincronizado–, competir es un peregrinar arduo: “a veces, ni nos proporcionan las competencias de preparación adecuadas para enfrentar los retos internacionales. Como ocurrió ante el compromiso de los XII Juegos Deportivos Panamericanos de Argentina”.
El caso más patético de mercantilismo se produjo en los Juegos de Barcelona, cuando el comerciante Samaranch decidió llevar a Cataluña al famoso Dream Team, para tragedia de la mayoría de los basquetbolistas participantes.
Por ello, la Federación Panamericana de Beisbol, presidida por el mexicano Alonso Pérez González, ganó votación mundial para evitar el profesionalismo en este deporte, encaminado a deteriorar las posibilidades de Cuba, campeón mundial y olímpico, así como de los países que carecen de una fuerte estructura profesional. Y, de paso, les deshizo un gran negocio.
El volibol, uno de los deportes que mayor auge mundial ha tenido, dirigido por otro mexicano, Rubén Acosta, ha podido conciliar la participación de sus jóvenes en Juegos Olímpicos y regionales y en la propia Liga Mundial.
Y un mexicano más, Mario Vázquez Raña, se pronunció la semana pasada por evitar que el deporte olímpico siga convirtiéndose en un semillero de atletas que compiten por la paga.
Como representante de los comités olímpicos del mundo, integrante del COI y presidente de la Odepa, pintó su raya: frenar el desmedido afán comercializador de Samaranch, a quien pretende sustituir cuando éste se retire antes de que comience el tercer milenio.
Vázquez Raña, sin duda, ha tenido intuición para prever ciertos movimientos sociodeportivos, gracias a su olfato de comerciante. Por lo mismo, advirtió los problemas que un sindicato de deportistas podría acarrear al olimpismo. Y desde luego, encontró el argumento más olímpico para iniciar su campaña rumbo a la silla primordial del COI.
Aseguró en Mar del Plata: el amateurismo no está en venta. Y con ello pretendió señalar que existen valores que debieran retomarse para evitar caer en el caos comercializador del deporte. Si bien no volver a los más puros ideales coubertinianos, al menos respetar el amor a la camiseta y que el atleta compita orgulloso por su país, sin necesidad del billete.
Al menos ahora, los deportistas, gracias al espíritu mercantilista de Samaranch, se dieron cuenta ya de que son utilizados por la ISL –la comercializadora del olimpismo– y la multinacional denominada COI. Y quieren que, si se profesionaliza todo, pues que les salpiquen de cariño económico, y en dólares.
Este podría ser el fin del olimpismo: la languidez de la antorcha.
A menos que se deje a las federaciones internacionales hacer sus eventos abiertos, pero que el movimiento olímpico mantenga, lo más apegado posible, aquel romanticismo que apasionó a los grandes campeones olímpicos, y que no se puede pagar con ningún dinero del mundo.