GUADALAJARA, JAL.- Sacudida en lo más profundo de su ser aquel primero de enero de 1994 cuando estalló la guerra en Chiapas, una guerra contra el hambre, la miseria y el cúmulo de injusticias que durante medio milenio han sufrido los nativos, Margarita Orozco Pointelin cambió el sentido de su pintura: de lo irreal pasó a lo real, a plasmar hechos, los más lacerantes que agobian a los más pobres de entre los pobres.
Hubieron de pasar semanas, tal vez dos meses, para poder compenetrarse de la situación chiapaneca o, al menos, para lograr interpretar en sus grabados y óleos sobre papel, el sufrimiento ese que llevan en su cuerpo y en su alma los indígenas, los niños, los más desamparados.
Y es que su mayor intranquilidad partió de no saber cómo transmitirles a sus alumnos de secundaria el mensaje total de Chiapas, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), dice conmovida Orozco Pointelin.
Pintora desde temprana edad, la autora de una serie de obras que simplemente ha denominado “Chiapas”, tenía antes como máxima aspiración los desnudos –que logra muy bien–; pero después del asalto de los zapatistas, su mundo pictórico se transformó, reconoce.
Activa, inquieta –”con mucha idea del oficio, pero siempre con el riesgo de ser muy directa en su pintura y en su denuncia”, dice el crítico de arte, Javier Ramírez–, Margarita es una promotora de los valores humanos y participa en un proyecto denominado “Fe y Justicia”, materia que imparte en la secundaria del Instituto de Ciencias que dirigen los jesuitas en esta ciudad.
El también crítico, José Luis Meza Inda, escribió recientemente a raíz de una reciente exposición que montó junto con Federico Luquín en la Galería Valentín Gómez Farías, que Margarita Orozco Pointelin “es una mujer que sabe y puede valerse de su solvencia como dibujante y pintora, sin lastres ni adherencias de ninguna especie para expresarse por sí misma y obtener un lugar muy importante en el campo de las artes plásticas…”.
La autora, que ha convertido su apacible residencia en el Bosque de La Primavera en una galería, dice a Proceso que al no tener más palabras para expresar a unos jóvenes clasemedieros y de nivel alto el sufrimiento de los indígenas chiapanecos, hubo de acudir al dibujo, a la pintura, y de paso “me ayudó esto a desahogar la desesperación que había dentro de mí ante una situación en la que lo único que se puede hacer es estar consciente de lo que pasa y transmitirlo”.
Uno de sus cuadros fue realizado con base en una fotografía del subcomandante Marcos tomada por Juan Miranda y publicada en una portada de este semanario.








