Pulp Fiction

¿Qué hace que Pulp Fiction sea algo más que la versión cinematográfica de la pulp, literatura barata de misterio y personajes sórdidos de los años treinta y cuarenta? Delirante, misteriosa, divertida, sádica, porno, terrible, alucinante, irascible, desflorada, la materia de Pulp Fiction –tristemente traducida como Tiempos violentos–, segundo largometraje del enfant terrible hollywoodense Quentin Tarantino, es un aparente disparate con un final excepcional que cierra un círculo perfecto.
Tarantino declara que en sus cintas no trata de mostrar nada sino de contar nomás una historia de gánsgters –porque son muy entretenidas–, pero quiéralo o no su segundo largometraje –triunfador en Cannes 94– es un agobiante canto a la violencia, esa violencia que acompaña al hombre desde tiempos inmemoriables, y que es incluso virtud de los dioses. Antes de matar, el negro Samuel (Samuel L. Jackson) recita a sus víctimas un pasaje bíblico de Jeremías, cuando un Dios iracundo anuncia el trueno de su venganza contra aquellos que lastimen a sus hermanos.
La sofisticación exquisita de la violencia que va de las hamburguesas casi crudas –bloody– a un refinado asalto bancario en el que en lugar de arma se usa un teléfono celular; la manera posmoderna de revivir a una muerta de look vamp a quien en lugar de estaca se le clava una aguja hipodérmica en el pecho; un asaltante que asalta a otro más experimentado; un masaje en los pies de la mujer de otro que se considera adulterio; que va de una mujer chípil que por un berrinche puede llevar a su amado a la tumba, a los sótanos sádicos de un ciudadano y a un policía aparentemente común y corrientes.
Pulp Fiction es la fábula delirante de la violencia cotidiana. Quentin Tarantino no deja en Pulp Fiction un sólo territorio de la vida sin minar. La paz fría que siguió a la guerra fría es un mito más de la ya mítica civilización neoliberal. Y el capítulo del boxeador a quien le quedan pocas peleas en el alma, pero que es producto generacional de distintos tiempos de guerra –el bisabuelo en la Primera Guerra, el abuelo en la Segunda, el padre en Vietnam, y él mismo, sin guerra, en el ring de la mafia– que se simbolizan en un reloj de oro heredado de uno a otro, un cronos literalmente cubierto de mierda –que su padre ocultó en el ano durante la guerra. Pulp Fiction es además, una sobredosis de cine. Hay que verla muchas veces, porque –a diferencia de la sobriedad de Perros de reserva– tanto los elementos visuales como la complejidad de sus distintas lecturas necesitan a un espectador con muchos estados de ánimo. Aunque hay que estar alerta porque puede producir un vicio. Es lo ominoso como fuente de placer. Y no hay nada más placentero que el delicioso twist que bailan en un café pop el matón a sueldo Vincent Vega (John Travolta actuando por primera vez en su vida) y Mia, la amante de su jefe –que nunca será “suya”– (Uma Thurman).
Otras delicias de Pulp Fiction son la presencia de Amanda Plummer, Harvey Keitel, Tim Roth, Bruce Willis y María de Medeiros; los diálogos sin trascendencia que convierten a los extras bañados en catsup en humanos que comparten la inconciencia de todos, incluso la inconciencia de matar; la música “surf”, los aretes en los pezones y los zapatos de suela alta en repisas… en fin.
Para el propio Tarantino y para muchos de sus detractores, Pulp Fiction no es más que un “rock and roll spaguetti western”. Puede no ser la gran película sobre violencia en la historia del cine. Pero es la ficción que mejor define hoy nuestros apocalípticos y tiernos tiempos violentos.