Hombre de teatro de toda la vida, Ignacio Retes explica su incursión en la novela a los 76 años; “nostalgia de la tribu”, finalista del Premio Planeta

A sus 76 años, el dramaturgo y director de escena Ignacio Retes incursionó en la narrativa con Nostalgia de la tribu sobre sus recuerdos del zapatismo y la guerra cristera, obra finalista del IV Premio Internacional de Novela Planeta/Joaquín Mortiz 1995, 400 páginas inspiradas en la novela de la Revolución Mexicana.
En su estudio de Tlalpan, donde trabajó el libro cuatro años (“leyendo, investigando 100 libros y deshaciendo textos”), el fundador en 1946 del grupo teatral La Linterna Mágica muestra su álbum fotográfico familiar y exclama entre sorbos de café espeso:
“La influencia más sana a la que puede acudir un escritor hoy en día es a la lectura de Martín Luis Guzmán y Rafael M. Muñoz, los dos grandes de la novela de la Revolución Mexicana.”
El galardón Planeta/Mortiz de 150,000 nuevos pesos fue para La corte de los ilusos, de “Marquesa de Alta Peña”, seudónimo con que presentó su obra Rosa Beltrán. ¿Qué sintió Retes al enterarse que el jurado formado por siete intelectuales dio a Nostalgia de la tribu la segunda mejor votación de las diez finalistas?
“Me sentí descorazonado, suspira. Considero que el texto triunfador debe ser muy bueno porque si no, yo hubiera ganado. Así de fácil. Tal vez haya contribuido el que mi novela la juzgaron muy desbalagada, muy arbitraria, muy libre. Ese ir y venir en el tiempo y el espacio debió resultarles confuso. No lo creo. Me imagino que la novela ganadora es muy concreta, pues se refiere a los 11 meses del imperio de Iturbide.”
Retes, lúcido y de hablar fuerte, viste camisa invernal café a cuadros. De tez rojiza, relumbra con sus cabellos y bigotes casi porfirianos. Mira bonachón tras sus anteojos y se autodefine como un “narrador realista”.
“Nunca pretendí ser un escritor con problemas individuales, de “si no escribo me muero”. Me cuesta trabajo escribir, se me complica la vida; pero estoy encantado. No trato que la gente se entere de mi problemática interna, de mi sufrimiento, eso de “el manejo del lenguaje se me complica a tal grado que es una angustia permanente y no encuentro la palabra adecuada…”. ¡Eso no! Ese personalismo a mí no me late.”
Enseña el original redactado en tres discos de su computadora en Word Perfect (sistema que se le rebela y no logra dominar del todo) y acerca con palabras a quien considera otro de sus influjos literarios: Fernando del Paso.
“Mi admiración por Del Paso es concluyente, creo que es el gran novelista mexicano de nuestro tiempo. Y de mucho tiempo. Posiblemente José Trigo sea para mí su mejor novela, no tanto su bellísima investigación sobre el lenguaje sino más bien su hermoso manejo de los ambientes.”
Nostalgia de la tribu es una novela ruda, de rompimientos: puede pasar en pocos renglones de la Revolución a los años sesenta, e inmediatamente a la guerra cristera. En el fondo, la familia es el fondo duro que se resquebraja en el niño, en el Retes adolescente que se mete, oye, ve, vive las guerras de la traición y navega salpicado por ríos de sangre.
“A veces hay alguien ahí que ni siquiera soy yo, quien está narrando.”
En síntesis: la familia de su madre Teresa Guevara de Chilpancingo, Guerrero, simpatiza con los cristeros; la paterna, los Retes de Tepic, Mazatlán y Sonora, son anticlericales. El escritor se halla, como el Balsas donde ocurren algunos pasajes, enmedio de aguas irreconciliables. Retes se decide cuando escribe: “Dios se me fue de las manos” en la iglesia de la Sagrada Familia.
–¿Leyó usted La Cristíada de Jean Meyer?
–Sí, lo tengo “deshecho”. Jean Meyer habla de Guevara, de Retes y es documento primario para estudiar la cristíada: “salva” a los cristeros: son ángeles, dioses, héroes. Y los soldados federales son los canallas, pero no estoy de acuerdo con él.
–¿Mejor el proceso de escribir novela que el resultado?
–Me fue llegando mi país conforme fui escribiendo. No tenía idea tan clara de cómo fue México. Escribir me llenó.
Entonces regala su propio espejo: “quien escribe, plagia”.
“No me da pena meter una línea de un gran escritor como Rafael M. Muñoz. No se puede inventar un lenguaje nuevo. Nadie. Tenemos que asumir esa herencia. Manuel José Othón dice: Inmensidad arriba, inmensidad, inmensidad abajo…
“Esa línea yo la tengo clavada y simplemente la utilizo. Lo confieso textualmente: llega el momento en que uso palabras ajenas que hice mías y las digo textualmente: Muelles a la deriva, deslumbramientos, música amueblada por sus ojos…
“Es una frase textual de Vicente Huidobro que está en Altazor y yo se la aplico a una muchacha.”
El erotismo de Nostalgia de la tribu vibra en la prosa de Retes, como en el pasaje cuando se sienta, de chamaco, a escuchar cómo toca el piano su áurea Guadalupe:
Los dedos de mi prima tropezaban en las teclas conforme los míos recorrían su cuerpo hasta abarcar sus pechos increíbles y rozar una y otra vez con el pulgar, el índice y el cordial sus pezones enhiestos como flores salvajes.
Retes se echa hacia atrás en el sillón, cual niño travieso.
“Hay muchas personas que están vivas todavía de las tantas que menciono en la novela. Pero le aseguro que no hay afán autobiográfico de hablar de mí mismo, como usted dice. Estoy totalmente seguro de que no hay ningún prurito de vanidad atrás del texto.”

LOS MOTIVOS DE RETES

–Si en el teatro Retes se mueve como pez en el agua, ¿por qué ahora se decide por otro género y, además, mete el texto a concurso?
–Porque me dio miedo –dice– ponerme en el caso de ir con mi legajo bajo el brazo a buscar editor. Dije: “no, aquí de una vez: funciona o no”. Y pensé que me daría una enorme, enorme satisfacción sacarme el premio y haber sido finalista en una empresa de Joaquín Díez-Canedo. Fue el mejor y más entrañable amigo de mi juventud, lo sigo queriendo más que a un hermano.
Además, el diálogo dramático había “asqueado, aburrido” a este hombre de teatro:
–Había que matarlo (al diálogo). Maté todas las descripciones inocuas, inútiles. Narro y de pronto aparecen subrayados trozos de diálogo incrustados, elementos esenciales del diálogo y muchas acotaciones. Ahí sí es herencia del cine y del teatro: la edición, quitar y mover secuencias: la esencia.
–¿Qué piensa de la novela mexicana?
–No he leído mucho, no me atrevo a juzgar a los jóvenes, no tengo el menor derecho.
Pero el ahora novelista se decide:
–Es triste. Está sucediendo mucho que los individuos que hacen la cultura mexicana se sienten y están por encima de sus obras. Es el ego, es el yo. Los novelistas jóvenes saben del Támesis, del Bronx; pero no saben del Balsas, de los tlapanencas ni los amusgos. Digamos, todos los creadores de literatura light que es como la Coca-cola, un servicio a la comunidad. Eso no tiene nada que ver con la profesión honesta del escritor.
–¿Qué sucedió con quiénes debieron heredar la tradición novelesca de la Revolución Mexicana?
–Creo que se desvincularon del país. Esta corriente de la literatura que abandonó el realismo para enredarse en el estructuralismo, el objetivismo, en miles de cosas que han perjudicado a la novela porque no han pasado de ser aproximaciones, intentos de acercarse a un lenguaje que no nació con nosotros. Eso es muy claro también en el teatro…
–En novela, ¿qué ejemplos le gustan?
–Mire, yo estoy esperando la próxima novela de Fernando Del Paso. Si las novelas no adquieren esa dimensión que adquieren las de él, si la poesía no adquiere la dimensión que le han dado Octavio Paz o Efraín Huerta, como que no me satisface. Tal vez es una posición muy chocante, pero no: es muy concreta. Me gusta la novela que cuenta cosas, acontecimientos y no las novelas individualistas. ¿Cómo le diré? Las famosas “novelas río” a mí me encandilaron de joven. Las novelas que fluyen, que cuentan. Roger Martin du Gard (1881-1958), son ocho tomos de Los Thibault, una novela de la Francia de la primera posguerra. Son novelas en que el texto está por encima del que escribe, no al revés.
Retes, quien se declara zapatista, escribió ya su primera montaña narrativa y tiene el gusanito por subir de nuevo:
“Puede ser que haga otra novela, pero todavía ando medio confuso. Para mí sería muy fácil retomar una de estas corrientes que se mueven en mi novela y partir de ahí para irme a otra historia. El tema de las muchachas brigadistas de Santa Juana de Arco es increíble históricamente hablando. Apenas lo toco y nadie hay quien lo haya tocado como yo.”
Parpadea. Los ecos del histrión lo reclaman:
“Por ahí me gustaría ir para una obra de teatro. Es deslumbrante la acción de esas mujeres. Leí que Fernando del Paso está escribiendo sobre los cristeros, ojalá que trate a las brigadistas de Santa Juana con toda la dimensión que merecen.”
Hay alegría de vivir al terminar la entrevista:
“A mi edad me doy cuenta de que he conocido a mucha gente. El Negro Durazo, los Figueroa… Hasta Porfirio Barba Jacob y Octavio Paz aparecen en mi novela. A Jacob lo conocí, es un poeta muy importante. Llegó a Guerrero y le sucedió lo que le sucedió: se puso a sembrar mariguana en el corralito de atrás (suelta la carcajada), era el jefe de la imprenta del estado. Y Paz se ha de avergonzar ahora, pero estaba allá, haciéndole la campaña a Gabriel R. Guevara para gobernador del estado de Guerrero.”